Cada cuatro años en JuanFutbol los Falsos extremos se juntan. Son creativos, explosivos, quieren la pelota, saben tratarla y ponerla en las redes. Leen el partido y lo rompen cuando la duda chispea en la mirada del rival. Uno por fecha, Fadanelli, Ortuño, Oliveira, Tizano, Jonguitud y Rabasa, saltarán con sus textos mundialeros a la cancha.

Antonio Ortuño

Paulette Jonguitud

Guillermo Fadanelli

Diego Rabasa

L.M. Oliveira

Rodrigo Márquez Tizano

JULIO 17
Recuperar el juego
por Diego Rabasa
La diferencia entre este tipo de juegos y otros como las competencias deportivas es que en ellas no hay una forma de ganar o de perder. Esta narrativa que traza violentamente el mundo entre los ganadores y los perdedores mucho tiene que ver con la forma en la que los gringos han exportado su mantra ideológico
En un proyecto de próxima publicación, el editor Julián Lacalle y el poeta Julio Monteverde titulado Invitación al tiempo explosivo, nos invitan a pensar en el juego como una de las formas definitivas de liberación de la mente. Invocando a los surrealistas, o a escritores como George Perec o Julio Cortázar, los autores recuerdan la tradición del juego autogestado (uno traza las reglas y luego se lanza a cumplirlas) como un espacio que nos permite reconfigurar las zonas de nuestra mente en donde suelen anidarse la costumbre o la rutina. Ir a una estación de autobuses o un aeropuerto y tomar el primer destino disponible sin importar cuál sea este, colocar una fotografía de la infancia en un vaso con agua, beber el contenido antes de dormir y anotar el sueño que esto produzca son sólo dos ejemplos de cómo los juegos (siempre necesitados de reglas claras para poder, dentro de ellas, jugar con los límites de la libertad).

Otro ejemplo de cómo los juegos revelan zonas veladas de nuestra mente puede observarse en los espacios de terapias psicológicas para niños en donde suele ser a través del juego que los terapeutas tienen acceso a la configuración emotiva y sensible del niño con el mundo.
La diferencia entre este tipo de juegos y otros como las competencias deportivas es que en ellas no hay una forma de ganar o de perder. Esta narrativa que traza violentamente el mundo entre los ganadores y los perdedores mucho tiene que ver con la forma en la que los gringos han exportado su mantra ideológico (motor del capitalismo voraz) a buena parte del mundo. Dicha actitud, representada en la célebre frase de Vince Lombardi que reza "ganar no lo es todo, es lo único", ignora la función que tiene el juego en la vida de las personas. Ante la tenaza del péndulo constante que nos obliga a estar del lado de la producción o el consumo, el juego nos ofrece un territorio de tregua, un espacio en el que el goce prima por encima de la lucha cotidiana, en donde el asedio del mundo que nos compele a "ser-alguien-en-la-vida", a ser reconocidos y a ocupar un lugar distinguido dentro del entramado social, obtiene un descanso y entabla la posibilidad de ser, sin más, de estar en el mundo, sin exigencias o medidas.

El futbol es el deporte más popular en el mundo. Se juega prácticamente en todos los rincones del orbe. Los ídolos del balompié (Messi, Ronaldo, ahora viviremos la fiebre -mbappéana) son adorados incluso en zonas devastadas por la pobreza o por la guerra. En fotografías provenientes del cuerno de África, la franja de Gaza o Siria, podemos ver a niños con camiseteas de sus ídolos deportivos. Corre el rumor de que incluso el Al-Baghdadi, autoproclamado líder del ISIS, es un fanático irredento de la Premier League.

El problema con esta todo-poderosa fuente de entretenimiento es que se ha transformado más en una industria colonizante y ha ido dejando detrás varios elementos lúdicos que fincan el territorio de la conciliación y la re-conciliación, más que la disputa y la división.
JULIO 15
Todos tristes
por Antonio Ortuño
Con excepción del país que levanta el trofeo al final, los demás participantes de un Mundial se quedan sumergidos en la frustración, haciéndose trozos el hígado por lo que pudo ser y no fue
Leo, todavía a estas alturas, a muchos compatriotas desalentados con lo que nos sucedió en el Mundial. Es decir que, según nuestra inveterada costumbre, perdimos en octavos de final y nos fuimos de Rusia a los veinte días de llegar. Pero no se crea que somos un caso único: con excepción del país que levanta el trofeo al final, los demás participantes de un Mundial se quedan sumergidos en la frustración, haciéndose trozos el hígado por lo que pudo ser y no fue. ¿Quieren algunas pruebas de ello? Vivo en Berlín desde hace unos días y he podido ver varias huellas claras del desaliento mundialista en futboleros de otras nacionalidades.

Los alemanes, por ejemplo, están bastante amargados. Se soñaban ganando el bicampeonato y ni siquiera pasaron de la primera ronda por primera vez en su historia. No hablan de hecatombe, porque son gente en general sensata y poco dada al dramatismo, pero muchos consideran que el rendimiento que dieron sus estrellas en la cancha fue vergonzoso. En las calles no quedan casi trazas de las promociones futboleras propias de una copa del Mundo y muchos prefieren ya no mencionar, de plano, el tema. "Para mí el Mundial duró un día", se queja Sebastian, un tipo güero de unos treinta años, que se pasea en chanclas porque el verano berlinés puede ser muy caluroso. "Perdimos el primer juego y ya nunca tuve esperanza de que fuéramos a mejorar", gruñe. Sin embargo, es muy alemán y muy cívico, así que me termina diciendo que México jugó muy bien aquel bendito domingo en que los enfrentamos y que merecimos ganarles, lo mismo que Corea del Sur.
Otro damnificado es Joao, un brasileño que lleva unos meses de residir por acá. "Aposté a que llegábamos al menos a seminfinales y acabé muy triste. Sobre todo porque no jugamos ni la mitad de lo que nuestros jugadores prometían", se queja. Aunque se pone de mal humor cuando le digo que Neymar es un payaso y que hizo el ridículo con sus exageraciones. "Le pegan mucho en cada juego y esa es su forma de ponerlo de relieve", se defiende.

Un taxista palestino, por su lado, me dice que como no tiene una selección en forma a la que le permitan competir, se consolaba con el buen paso de Croacia, pero que hace unos días tuvo a bordo unos pasajeros croatas que fueron groseros con él y le tomó ojeriza a su equipo. Puros dolores de cabeza, pues. Marco, un mesero español, dice que la culpa de todo la tiene el Real Madrid, que dejó a la selección de España sin entrenador dos días antes de su debut. "El único juego pasable que dieron fue contra Portugal, y ese todavía lo preparó Lopetegui", se lamenta.

Pero no hay nadie tan dolido como Ariel, un argentino de mediana edad, que piensa que con Rusia se va la última oportunidad de Messi de hacer algo grande en un Mundial: "Va a llegar casi de 36 al otro. A esa edad ya un jugador tiene más de comentarista que de crack", protesta. "Tuvimos al mejor durante quince años y no hicimos nada. Eso es lo peor que se puede decir de un equipo". Me dice eso y con mirada triste se pierde por el andador que lleva a la puerta de Brandenburgo.

El campeón se lleva la gloria. A los demás solo nos queda apretar los dientes y esperar.
JULIO 14
Forza Juve!
por Guillermo Fadanelli
Los dioses no existen en el futbol y menos cuando se aguarda su presencia con tanto fervor y precipitación. En este juego hasta el jugador más humilde que ocupa un lugar en la banca tiene importancia
La memoria está sitiada por destellos que el tiempo transforma en relatos que uno se cuenta a sí mismo, o a cualquier infortunado que nos quiera escuchar. El Mundial de Rusia 86 ha terminado para mí porque comenzó tarde -demasiados equipos- y ahora estoy un poco harto del ritual y del azar que ha definido tantos partidos y dejado fuera a selecciones que merecían mejor suerte. En un futuro y aún si fuera afectado por alzheimer estos recuerdos prevalecerán: el fracaso de la pavorosa publicidad de los ídolos al marcharse sin mayor brillo Lionel Messi, Neymar Jr y Cristiano Ronaldo.
Los dioses no existen en el futbol y menos cuando se aguarda su presencia con tanto fervor y precipitación. En este juego hasta el jugador más humilde que ocupa un lugar en la banca tiene importancia. No olvidaré la vulnerabilidad de los porteros exhibida con saña por los errores elementales que cometieron Fernando Muslera, David de Gea y Willy Caballero. Estos accidentes ponen en claro que no existe garantía en la vida y que un accidente es capaz de cambiar el rumbo del río más conservador. En esa memoria a la que me refiero guardaré la imagen del rockero y pintoresco entrenador argentino Jorge Sampaoli con quien los pedantes jugadores argentinos no quisieron establecer un buen diálogo como debe de ser en cualquier acontecimiento colectivo importante; y también recordaré la desenfadada alegría y letal velocidad del jugador francés Kylian Mbappé que recién iniciara su carrera en el Mónaco y continuara después en el París Saint Germain. Por otra parte es resaltable el hecho de que los pronósticos y quinielas fueron en este mundial ganados por locos y ciegos. Es la primera vez que no se requiere ser un conocedor de futbol para acertar los resultados de los partidos y sólo Francia mantuvo la cordura en ese terreno. Alemania fue eliminada y exhibida por una tercia de equipos menores; y Argentina y Brasil no cumplieron con las expectativas que despertaron sus poderosas plantillas. ¿Quién va a olvidar las contorsiones ridículas de Neymar Jr. a quien no se le podía tocar ni con la mirada a riesgo de que visitara nuevamente el césped? La gravedad de la ausencia de Italia, Chile y España fue refrendada por la presencia inútil de Egipto, Arabia Saudita, Islandia, Panamá y varias selecciones más. ¿Qué hace Arabia Saudita, un país retrógrada, déspota y autoritario con su sociedad en una gesta donde se pone de manifiesto la fraternidad humana? No comentaré el racimo de buenos goles que se dieron en Rusia, aunque personalmente las anotaciones de Luca Modric y de Ricardo Quaresma me conmovieron, pues tengo en buena estima a las selecciones a las que ellos pertenecen. Durante este mundial se puso de manifiesto que el mayor nivel de calidad en el futbol se encuentra en la liga de los campeones de Europa y que elevar aún más el demencial número de equipos es una idea de los hombres de negocios a quienes conviene extender la tienda a todos los confines del negocio en detrimento de este deporte. Un mundial tendría que debatirse en las eliminatorias y finalmente concentrarse en un duelo de dieciséis equipos que se lleve a cabo en un solo país. La absurda decisión de realizar en el futuro este torneo en el territorio de tres naciones (México, USA y Canadá) fulmina una tradición de más de casi noventa años. La ocurrencia, la innovación y la dispersión parece ser la estrategia de la actualidad. Aunque dos de mis equipos favoritos han llegado lejos en la contienda, Bélgica y Croacia, experimento la sensación de que todo se ha dado aquí un tanto al azar. Fue demencial la actitud del lenguaraz Chicharito -un jugador de mediano talento- arengando a la sociedad mexicana a creer que la selección de este país podía ser campeona, pero presenciar a un agotado Marcelo deambular por la cancha como un fardo en el juego ante los belgas, observar a un impotente Edinson Cavani anclado en la banca mientras eliminaban a su equipo, tuvo mucho de trágico. Lo anterior sin olvidar la sangre que brotaba del rostro del argentino Javier Mascherano mientras intentaba bregar para que la albiceleste no naufragara. Pese a que prefiero ver el futbol a solas, en estas semanas recientes mi rutina fue quebrantada porque una buena cantidad de partidos los vi desde una mesa rodeado de buenos amigos. Los horarios en que se transmitieron los partidos en tierras americanas asesinaron el buen gusto y la prudencia de un noctívago como lo soy yo. Todo retorna a la tranquilidad en mi quehacer cotidiano y espero que el siguiente mundial pase inadvertido y que mi equipo favorito gane por tercera vez la liga de campeones de Europa. Forza Juve!
JULIO 13
Adiós
por L.M. Oliveira
Antes de este texto me preguntaba el motivo por el que, ya en la última semana del mundial, cuando los partidos comienzan a espaciarse, me entra esta melancolía tan tremenda. Parece que me siento vacío, como si hubiera perdido a alguien
El futbol, pero sobre todo el mundial, es una ventana, una máquina de tiempo, un espejo que refleja al que fui, ese que, sin darme cuenta, conformó parte de mi carácter. Seguro que llevamos los dolores y las alegrías de la infancia en los pasos, las sonrisas y las ironías. ¿Qué tanto de mi lúgubre y melancólica cotidianidad se lo debo al penal que falló Sócrates, al gol que le anularon al abuelo Cruz? No lo sé, lo cierto es que los años tienden un manto sobre la infancia y ensombrecen su recuerdo. Hay veces que me parece que no tengo memorias: sentimientos sí, pero pocas imágenes.

El manto es grueso. Pero los penales errados, los tiros que nos habrían salvado de caer al abismo, los errores arbitrales (con todo y VAR), hacen que el manto se transparente. Y de pronto me veo en el jardín de los vecinos repitiendo goles fantásticos como el de Cheryshev, pases perfectos como el de Coutinho, atajadas definitorias como las de Courtuois y Lloris. Y también me veo sufriendo el error de Muslera.
El error de Muslera fue seguido, después de que la pelota saltara como un salmón y se incrustara en el fondo de la portería, por la imagen de una de las decenas de cámaras del estadio: vimos en la grada a un pequeño que vestía la celeste romper en llanto sobre el regazo de su madre. La televisión se volvió espejo y puerta al pasado y vi en un santiamén muchas lágrimas olvidadas: el día que me partí la cabeza; aquel cuando murió mi abuelo brasileño; ese otro en el que un asaltante le disparó a mi abuelo mexicano, el adiós a mi novia cuando me llevaron a vivir a Texas y ese otro adiós a otra novia, muy cinematográfico, en un aeropuerto de Barcelona. Vino a mi mente el dolor por cada uno de mis perros; recordé el berrinche de aquella tarde en que le rompí la cola a mi elefante de juguete con un pisotón accidental. Todo eso lo hallé en las lágrimas del niño que lloró tras el error de Muslera. Si no se hubiera equivocado el portero, seguro no habrían caído esas lágrimas y el manto seguiría sobre mis recuerdos de infancia.

Antes de este texto me preguntaba el motivo por el que, ya en la última semana del mundial, cuando los partidos comienzan a espaciarse, me entra esta melancolía tan tremenda. Parece que me siento vacío, como si hubiera perdido a alguien. Ahora entiendo a quien extraño: al niño que está detrás del manto y que raras veces viene a saludarme, pero que siempre se aparece con las alegrías y las tristezas del mundial. Adiós, nos vemos en cuatro años.
JULIO 12
El futbolista croata y la tradición (o los que visten con "manteles")
por Rodrigo Márquez Tizano
La máxima del "nacidos para ganar" es cada vez más patrañera: la camiseta no juega y su peso es inexacto. La tradición, en principio, atiende a los que no la ignoran. A los que no pretenden hacer de la gloria un negocio de viudez
Un par de meses antes de que diera inicio el Mundial, en esa franja catatónica en la que aún no rueda la pelota pero hay conocimiento sobre los rivales, los estadios, los grupos, los convocados y hasta las predicciones de las casas de apuestas, se viralizó un audio creado por un aficionado argentino que tenía como destinatario, supuestamente, a Jorge Sampaoli.

Además de aconsejarle un parado táctico menos conservador y animar al personal a ponerle huevos, el aficionado hacía un exhaustivo análisis de los rivales de grupo de la Albiceleste donde, entre otras cosas, llamaba a Islandia un país con "once habitantes", daba por sentado que "el negro de Whatsapp" es nigeriano, y que Croacia "no existe, no tiene ninguna historia futbolística y tampoco tiene camiseta" porque "juegan con un mantel".

Obviando el componente cómico y la caricaturización del porteño por sí mismo, el audio surte su pretendido efecto paródico mientras destapa las compulsiones del colonizado. Es cierto: entre ciertos aficionados al futbol existe un tufo de conservadurismo y genuflexión cuando se habla de "los grandes".

Afortunadamente, el inesperado arribo de la selección croata a la final de la Copa del Mundo pone en jaque la casposa idea de que basta tirar de aristocracia futbolera para ganar un Mundial. Vamos a tener que encontrar otro pretexto para paliar nuestras intentonas a medio fuelle.

La máxima del "nacidos para ganar" es cada vez más patrañera: la camiseta no juega y su peso es inexacto. La tradición, en principio, atiende a los que no la ignoran. A los que no pretenden hacer de la gloria un negocio de viudez. Ahí están los uruguayos y el Maestro Tabárez, que sin olvidarse del peso histórico de la Celeste ha conseguido formar un trabuco a base de trabajo, confianza y una planificación ejemplar. La desvinculación con el pasado inmediato es imposible y, sin embargo, más que un pedestal, la historia muchas veces resulta un peso muerto. Un saco de cemento en los hombros equivocados. ¿Cuántos nuevos Messis y nuevos Maradonas aparecen todos los días en las páginas de un diario? ¿Cuántos de ellos lograrán imponerse al nombre propio de la Historia? El propio aficionado argentino no le perdona aún a Messi que no sea Maradona. Eso sí: a las viejas glorias, por más pesadas que resulten, no se les remonta con el desdén. Hace unos días, en una entrevista concedida a la TV Pública argentina, el Bichi Borghi declaraba que muchos de los jugadores que hoy componen la selección argentina no conocen ni saludan a los campeones del 86.
Hay países que, sin contar con una tradición futbolística de galones, van en camino a construirla. El caso croata es único: ni fatalidad, ni afectación, ni máscara. Para ellos la tradición es un estado de tránsito, de cambio continuo, quizá arraigado en su propia historia nacional, que los ha llevado a ser vasallos de Francia, parte del Imperio austrohúngaro, del Reino de Yugoslavia y, más tarde, hasta antes de alcanzar la independencia, de la República Federal Socialista de Yugoslavia. Su patrimonio es, entonces, el universo. Con poco más de 4 millones de habitantes y apenas 27 años de existencia como país, su futbol se ha hecho de un nombre propio en las últimas décadas: un bronce y una final en suspenso. A diferencia de los héroes del 98, muchos de los cuales fueron también seleccionados con Yugoslavia, esta generación quedó marcada por la guerra desde la no menos dolorosa trinchera de la infancia. La historia cuenta que Luka Modrić, capitán y referente de Croacia, tuvo que huir de su pueblo natal con rumbo a Zadar luego de que asesinaran a su abuelo justo frente a él. El incansable Ivan Rakitić, ese espartano que nunca falla el penal clave, nació y creció en Suiza, luego de que sus padres se refugiaran de la guerra. A Inglaterra, la jactanciosa y autoproclamada creadora del fútbol, la mandó a casa un equipo que sabe sufrir -no sólo en la cancha- y robarle tiempo al tiempo, que se siente más cómodo en el umbral de la extenuación, de los minutos inexistentes. Ojalá hallan aprendido la lección: el fútbol no tiene origen sino acaso destino. Se los recordó Croacia, que combina la humildad y el sacrificio con el abandono "a ese sueño voluntario que se llama la creación artística".

P.D. El nombre de Modrić suena y resuena entre los quinieleros, y los radares del periodismo cansino -ese que ve el futbol como un podio con dos arcos y en ocasiones una pelota- ya lo colocan como el favorito para romper la dualidad Ronaldo-Messi en la disputa por el Balón de Oro. Un cuerpo alejado de la ridícula perfección que le hará perder millones a las marcas de ropa deportiva, un hombre que vive en un tempo particular. Croacia juega el domingo la final del Mundial y Modrić conduce la orquesta. Maravillémonos con la magia sensata de su oído, con esos cambios de ritmo y su sutil ralentización de la bocha, tan mística como austera. Luka Modrić forma parte de esos privilegiados que con apenas un toque de sus botas, puede ir de adagio a largo y larghetto, sin que nuestros ojos, tan poco acostumbrados a ver música, se percaten de ello.
JULIO 10
De asados y algoritmos adivinos
por Paulette Jonguitud
Aun cuando la FIFA asegura que los datos recopilados en este operativo serán estrictamente confidenciales, que se destruirán al terminar el evento deportivo y que no se usarán para fines ajenos a los del torneo, los escépticos pensamos que la tentación es mucha para un régimen que mantiene a sus ciudadanos bajo estricta vigilancia
Se nos acaba el gusto. Al mundial le quedan los tres últimos suspiros y luego de esta semana habremos de volver a cabecear con la Liga MX un domingo a mediodía. Hoy se juega la segunda semifinal entre Croacia e Inglaterra, un partido al que Rusia estuvo agarrado por las uñas hasta los penales. Con esa pelota que el mediocampista del Barcelona, Ivan Rakitic, estrelló en el marco, el incómodo equipo local que había sorprendido a todos avanzando hasta cuartos de final por vez primera desde 1970, tras un preparativo pre mundialista en el que se les había tachado como el peor equipo en la historia del país, el seleccionado de Stanislav Cherchesov dejó la cancha con la cabeza en alto.

Rusia se fue del mundial, pero el mundial, y los datos de todos los que a él asistieron, se quedan en Rusia. Del cuello de cada espectador que cruza las puertas de los estadios cuelga una tarjeta laminada, la Fan ID, requisito indispensable para entrar a los partidos de Rusia 2018. Muchos guardarán este documento que lleva su foto, como un recuerdo del año en que vieron a Messi y a Cristiano irse a casa antes de tiempo, del mundial en que Inglaterra rompió la maldición. A cambio de ese souvenir, dejaron en una base de datos rusa su número de pasaporte, fotografía, nombre completo, fecha de nacimiento, dirección, teléfono, correo electrónico y ciudadanía. Un millón y medio de estas identificaciones se distribuyeron en el torneo y la exigencia fue pareja: hasta el Diego tuvo que tramitar la suya y se la puede ver sobre su pecho cuando se abraza festejando un gol de Messi. Esta pequeña tarjetita abre puertas, actúa como visa, como localizador y es registrada en el Ministerio de Comunicaciones ruso. Es el primer mundial en que se usa la Fan ID y fue creada como una medida de seguridad para que la masa de turistas dejara de ser una marea anónima y se convirtiera en una base de datos de fácil manejo y clasificación. Las autoridades rusas hicieron investigaciones de antecedentes de todos los portadores de la Fan ID para asegurarse de que cada persona que entrara a los estadios lo hiciera de manera segura, legal y con el único objetivo de disfrutar un partido mundialista. Al menos eso dicen. Aun cuando la FIFA asegura que los datos recopilados en este operativo serán estrictamente confidenciales, que se destruirán al terminar el evento deportivo y que no se usarán para fines ajenos a los del torneo, los escépticos pensamos que la tentación es mucha para un régimen que mantiene a sus ciudadanos bajo estricta vigilancia.
Y ya si de sospechas se trata, en un edificio de oficinas a las afueras de Moscú, hace poco menos de un año, el Primer Ministro ruso, Dimitri Medvedev, se reunió con Michal Kosinski, profesor de la Universidad de Stanford. El investigador de 34 años llegó a la cita en un helicóptero enviado por Medvedev y habló con el Primer Ministro y otros hombres a quienes no pudo identificar, sobre su trabajo. Kosinski es un investigador de los que mueven el balón sobre la línea, ha desarrollado una herramienta de Inteligencia Artificial capaz de leer en fotografías de perfil tomadas de Facebook, características físicas que indican con certeza, sostiene él, la inclinación sexual y política de cada individuo. Michal dice que es casi infalible. Su trabajo de investigación de algoritmos que analizan rostros está relacionado con la creación de la empresa consultora Cambridge Analytica, especializada en recolectar y analizar datos para crear campañas políticas. Esta compañía fue acusada de utilizar la información de usuarios de Facebook, sin su autorización, para generar campañas electorales para la reciente elección estadounidense que resultó en la presidencia de Donald Tump. Kosinski sostiene en una entrevista con el periódico The Guardian que, si su algoritmo se alimenta con fotografías de rostros de personas, como las que todos tenemos en redes sociales, éste puede identificar emociones, coeficiente intelectual, preferencia sexual y hasta si alguien es liberal o conservador, con una exactitud escalofriante, alcanzando hasta 83% de aciertos. El trabajo de este profesor ha sido muy cuestionado y tiene más detractores de los que puede contar; el principal argumento en su contra es que gobiernos totalitarios puedan utilizar su trabajo para legitimar persecuciones políticas o actos de discriminación. Kosinski se defiende: este es un mundo en el que ya no existe la vida privada y es importante procurar que ese mundo sea más seguro; sostiene que su objetivo es alertar a gobiernos y personas sobre la importancia de la información que hasta ahora se consideraba inofensiva, como las fotos de perfil en redes sociales. En junio del año pasado el gobierno ruso quiso escucharlo directamente de Kosinski y lo invitó a exponer sus resultados ante un grupo de altos mandos que no se identificaron.

Cuando se anunció que el mundial de 2026 sería para Norte América, yo compartía mesa con un periodista inglés y una polaca que, entre risas, discutían sobre cómo se trasladarían los espectadores de un lado a otro del muro de Trump para moverse entre las ciudades sede del mundial: pondrán los estadios en las fronteras; será un muro plegable; rehabilitarán los narcotúneles para pastorear a los aficionados de un lado a otro de la línea; contratarán a los coyotes y los moverán en camiones de redilas; proponían estos periodistas a carcajadas. Hablando un poco más en serio, se preguntaban cuál sería la logística de visas para transitar entre México, Estados Unidos y Canadá. La respuesta que hasta ahora se ha dado es la Fan ID, que a pesar de las sospechas que despierta, parece que llegó para quedarse.

Nos estamos despidiendo del mundial. Yo voy a extrañar las mañanas escuchando el podcast World Cup Daily de la BBC, en el que los ingleses hicieron fiesta nacional gritando, a su modo grave y contenido, It's coming home!; los malabares logísticos para poder colocarme cerca de una pantalla a la hora de los juegos; el ponerle pausa al cerebro y a la vida para pensar en términos de noventa minutos y para ver memes de Neymar rodando como un culicagao de dos años. Voy a extrañar las historias de mi amigo Nico, francés chilango, que cansado de ver los partidos de su selección con el café del desayuno, se arriesgó a ver el Francia-Uruguay tres horas después del pitazo final y se quedó encerrado en su casa, el teléfono desconectado, las ventanas tapiadas, la novia reclusa junto a él, preparando un asado en el patio y con audífonos, sin salir a dejar la basura al camión por miedo a que los recolectores lo felicitaran o se lamentaran con él de un resultado de la selección gala. Vio el partido con un asado de tira y unas chelas, horas más tarde, y lo disfrutó como ninguno. Esos son los nervios de acero de un verdadero aficionado que entiende que el mundial no es sólo ver los juegos: es celebrarlos. Voy a extrañar este espacio y mi inescapable sentido de la sospecha que me tiene escribiendo de madrugada sobre bases de datos rusas y algoritmos adivinos. Nos vemos en cuatro años.
JULIO 9
En el mundial nada es lo que parece
por Diego Rabasa
Muchos analistas deportivos de ocasión, utilizan el mundial como un motivo para establecer una comparación que, creo, es cada vez menos sostenible: la realidad o tradición de un país con respecto a la selección que los representa. Hay que buscar explicaciones en otra parte
Hay que decirlo: hace mucho tiempo que el mundial dejó de ser la máxima vitrina del futbol internacional. Los combinados nacionales se arman de forma intermitente -cada fecha FIFA-, los jugadores participan en ligas cosmopolitas y salvo algunos países como España o Inglaterra, los miembros de cada selección no participan en competencias de su país ni militan mayoritariamente con o contra otros jugadores de su escuadra. No obstante lo cual, sigue siendo, por mucho, la gesta deportiva del futbol más importante que hay. En la época de la rentabilidad y de la economía fast food, resulta conmovedor que sea un torneo que se celebra cada cuatro años y logra movilizar, como ningún otro, viajeros, televisoras, prensa deportiva y la atención de casi el mundo entero. Pero esto no va de la mano con la calidad del torneo. Resulta difícil pensar qué selección podría competir contra los mejores equipos de la Champions League.

Expongo lo anterior no en demérito de la emoción sino como una de las razones que explican la irregularidad del torneo. Muchos analistas deportivos de ocasión, utilizan el mundial como un motivo para establecer una comparación que, creo, es cada vez menos sostenible: la realidad o tradición de un país con respecto a la selección que los representa. Hay que buscar explicaciones en otra parte.

Brasil, que curiosamente en este mundial coqueteó de nuevo con el jogo bonito, así fuera de manera esporádica, cooptado por una élite corporativa y reaccionaria, que depuso a Dilma Rouseff, envió a la cárcel al puntero presidencial, y Lula no se encuentra instalado de ninguna manera en la alegría o la colectividad.

Bélgica es uno de los artífices clavados de la tragedia africana. Las atrocidades del rey Leopoldo, nada menos que genocidas, dilapidaron el continente con un desprecio total sobre las poblaciones endémicas y sus recursos naturales.
Qué decir de Francia que para finales de los sesenta aún tenía colonias africanas, que tiene en el seno de su país incubándose a una de las fuerzas reaccionarias más álgidas de Europa (las de los Le Pen). Hoy ambos equipos cuentan con inmigrantes africanos entre sus filas en una especie de cruel oxímoron de la historia.

Inglaterra ha entrado con el sigilo de un submarino de guerra hasta la fase final del torneo. Sin desplejar, nunca salvo contra la débil Panamá, un futbol vistoso, ha sido eficiente y rentable. Nada que ver con la imagen del otrora imperio avasallador y virtuoso con el que los estereotipos asocian al Reino Unido.

Queda Croacia, un país joven con personalidad gitana que hace apenas cuatro años fue derrotada 3 a 1 por una selección de México que tuvo uno de sus partidos más destacados en los mundiales. Las generaciones que propulsaron ambas escuadras permanecieron más o menos intactas, con algunas ausencias y algunas adiciones, en ambos casos. Y los resultados no podrían haber sido más diversos. Por una parte, un equipo instalado con toda justicia en la semifinal del torneo tras haber ganado con categoría su grupo, soliviantado con entereza sus octavos de final y echado al incomodísimo anfitrión del torneo en cuartos. Un equipo serio y compacto que conoce muy bien sus fortalezas y debilidades.

El equipo mexicano, en cambio, tras esa cortina de humo tendida en el primer partido, encalló con toda justicia por una razón insoslayable: falta de calidad. Jugadores buenos, que nunca logran crecerse por encima de sí mismos y que fuera de los mundiales pertenecen a la segunda sección de la élite. No hay un solo jugador mexicano que milite en uno de los grandes clubes del mundo (como si hay en Uruguay, Chile, Argentina o Brasil, por no hablar de los cuatro semifinalistas). Los que juegan fuera suelen ser irrelevantes o irregulares. Por más que nuestra tradición nos empuje a octavos, falta la calidad necesaria para aspirar a los cuartos. Decio de María adució, exhibiendo una gran hipocresía, falta de mentalidad para explicar la falta de trascendencia. Y es posible que tenga razón, pero es la mentalidad de los dirigentes -rapaces, incapaces de poner lo deportivo por delante de lo comercial, inocuos e ineptos para producir sistemáticamente jugadores que compitan en lo más alto del deporte- la que nos tiene estancados en lo que parece ser nuestra eterna realidad. A ver si la esperanza de una nueva realidad mexicana termina por cristalizarse y por contagiar a su balompié aunque éste, al parecer, tiene ya su lógica propia.
JULIO 9
Bípedos con pelota
por Guillermo Fadanelli
México no fue eliminado en Rusia 2018, sino que llegó eliminado de la mano de un entrenador que ya desde el principio buscaba trabajo para después del mundial
"¡Pobre bípedo sin plumas y sin memoria!" Así se refería el filósofo francés André Glucksman (1937-2015) a los seres humanos en su libro El discurso del odio. ¿Podríamos exclamar hoy en pleno mundial: "¡Pobre bípedo con balón y sin memoria!"? No, no soy aguafiestas. La cuestión es que a pesar de que todo se halla relacionado con todo (política, guerra, futbol y vino…) hay que buscar un refugio a la locura, y el futbol en buena parte -sobre todo en lo que concierne al juego mismo más que a su circunstancia) es ideal para ello. Es la bella anestesia, un juego complejo y el entretenimiento deportivo consentido de la imaginación común. Uno se inventa momentos de felicidad, esparcimiento u olvido para no caer y tropezarse con el fango de las realidades violentas. Después de los atentados del 11 de septiembre en N.Y, por ejemplo, el cúter se transformó en un arma mortal dentro de los aviones, dice Glucksman. El odio anida en todos los campos donde el hombre o bípedo sin memoria se planta. La masacre en el el pueblo de Beslan (2004) no puede comprenderse sino como una lucha del de Estado terrorista contra el terrorismo per se, a costa de muchas vidas de niños e inocentes. Y Glucksman, refiriéndose a los episodios guerreros de Grozny (1999), y a la oscura masacre de Beslan cinco años después, ordenadas ambas por Putin, escribió: "Chechenia ha padecido una de las peores guerras que existen actualmente en el mundo".
El equipo de Rusia acribilló con cinco goles a los árabes en el comienzo del mundial y eliminó después a una España sin entrenador ni capacidad de respuesta. Tales guerras deportivas se soportan e incluso se aplauden aunque todo ello suceda bajo el ojo vigilante de la autoridad; el mundial ha resultado para Rusia y su gobierno más eficaz e intimidante que el desfile de tropas en Crimea hace cuatro años. El colosal estadio Krestovski, en San Petersburgo, diseño del arquitecto japonés Kurokawa, equivale a una "guerra fría" entre los estadios de futbol de los países y empresas más poderosos del mundo. Hasta la piara mexicana (cierta clase de aficionado de índole bestial que gusta de ofender a los porteros aludiendo a que sólo se divierte y sigue el mandato de sus tradiciones) se abstuvo de gritar "puto" en las gradas por temor a los castigos, luego de ser llamados al orden en un país que no teme reprimir con mano dura a todo aquel que no respete sus normas.

México no fue eliminado en Rusia 2018, sino que llegó eliminado de la mano de un entrenador que ya desde el principio buscaba trabajo para después del mundial. Brasil jugueteó después de los primeros 25 minutos con la selección mexicana quien buscó auxilio en las "pálidas" figuras de Jonathan Dos Santos y de Raúl Jiménez quienes entraron a vagabundear en una cancha plagada de espectros y jerigonzas tácticas. No entraré en detalles y sólo diré; no existen jugadores en México que tomen las riendas dentro del campo de juego, y su entrenador cree que la teoría es lo mismo que la práctica. Acostumbro repetir que no hay nada más práctico que una buena teoría, pero en este caso añadiría: "y nada tan impráctico e impúdico que una mala". Neymar es la clase de jugador que me repele: talentoso y payaso, el maromero Neymar se pasa la mitad del partido tirado en el piso, como gusano, y se revuelca bajo una cascada de cítricos. ¿Su virtud? Que después de contonearse en el césped y llamar la atención de todas las cámaras a su alrededor, se incorpora y hace un gol o realiza una precisa asistencia que define el partido a favor de Brasil. Tratándose del mundial de los ídolos caídos, las celebridades ridículas y las sorpresas inquietantes cualquier predicción ahora es un acto de arrogancia. ¿Francia? No sé, pero afirmo, al menos, que los bípedos sin memoria nos merecemos un momento (un mes) de asueto y no pensar en la mano dura de Putin, ni en su pasado (y presente) represor y autoritario.
JULIO 6
De garra y lágrimas
por Rodrigo Márquez Tizano
Hoy Giménez lloró las lágrimas más amargas del Mundial. Las que anticiparon la derrota con el balón el juego. Las que se adelantaron al pitazo. El viajo y trillado adagio dice que el futbol da revanchas. Revanchas como pañuelos. Como sables. Salido del predio hípico de Danubio, Giménez se ha transformado, por derecho propio, en el heredero de la histórica banda celeste. La próxima vez, se los juro, le toca llorar de alegría
Quien haya pisado alguna vez Uruguay sabe que los orientales sienten el futbol de una manera distinta. Más intensa, romántica, casi desesperada. Para ellos la pelota es una necesidad vital más que religiosa. No solamente en los estadios o en los campos de juego, el futbol uruguayo es sobre todo asunto de la calle y de la carne. Montevideo, como bien dijo Ángel Cappa alguna vez, es "un campo de fútbol con casas". ¿Cuál será ese bicho futbolero que picó sin piedad ni distinción a tres millones de habitantes? Según Eduardo Galeano se debe a que todo uruguayo, cuando recién sale del vientre de su madre, lo primero que hace es gritar gol aun antes de romper en llanto. Uruguay es un país que late al ritmo de la pelota. Y esa cadencia es murguera, de puerto y carnaval, a veces rebosante de candombe, de vida y de sal, muchas otras insuflada por un fuelle lento y quejoso, con esa zozobra que sólo puede exhumar un lugar que conjuga, por geografía y mar, el spleen francés, la saudade portuguesa, y la morriña de los gallegos. Sólo en Uruguay pudo darse un caso como el de Abdón Porte (que Horacio Quiroga inmortalizó como Juan Polti en su relato homónimo), centrojás de Nacional de Montevideo durante la primera década del siglo pasado, quién antes de perder su lugar en el club de sus amores prefirió quitarse la vida en el círculo central del Gran Parque Central. Sólo en un lugar como Uruguay pudieron nacer Alcides Ghiggia, Obdulio Varela, Rubén Paz, Enzo Francescoli, Paolo Montero, el Chino Recoba, minerales variados, lustrosos y opacos, que adornan por igual y con el mismo orgullo la humilde corona de los tetracampeones del mundo.

José María Giménez, el 2 de Uruguay, tiene cara de niño, una colección importante de tatuajes y 23 años, cinco de los cuales ha jugado en el Atlético de Madrid. Allí ha tenido que disputar un puesto en la central colchonera frente a jugadores contrastados como Toby Alderweireld, el brasileño Miranda, Stefan Savic, Lucas Hernández o su compatriota Diego Godín, capitán de la celeste. Es decir, a pesar de ser un gurí, Josema se ha curtido en la élite. Me acuerdo con rabia de ese derby madrileño en el que Sergio Ramos, un pedazo de central lo mismo que un pedazo de alcornoque, humilló a Giménez pidiéndole que se diera la vuelta para verle el dorsal y el apellido, porque no sabía quién era. Y Giménez, un botija con el sentimiento a flor de piel, se encendía y le buscaba la cara al sevillano, sin arrugar pero al borde de la lágrimas, cristalitos de pura frustración y casta. Me acuerdo de haberlo visto tendido en el césped, con los ojos calados a punto de hacer agua luego de lesionarse el abductor del muslo derecho frente al Alavés en un partido de liga. Me acuerdo también de las lágrimas que le emboscaron la garganta cuando, en la zona mixta del juego que le ganaron a los italianos en Brasil 2014, Giménez se quebró de pura felicidad frente a las cámaras de su país. Hoy, a cinco minutos del pitazo final del Francia - Uruguay, ya con el marcador estático en el 2 a 0, la impotencia materializó su aguijón y Josema volvió a a romperse.

Como si se tratase de una representación material del futbol uruguayo, Josema derrama lágrimas polisémicas, con intenciones en distintos tenores. Según Tom Lutz, autor de Crying: The Natural and Cultural History of Tears, el registro escrito más antiguo sobre las lágrimas data del siglo 14 a.c. y fue hallado en unas tablillas de barro canaanitas. Los textos de Ras Shamra, nombrados así en honor a la ciudad siria donde fueron encontrados, contienen un poema que cuenta la muerte del dios Ba'al. Cuando Anat, su hermana, se entera de las noticias, "llora y bebe lágrimas como si fueran vino". Podríamos agregar así la intoxicación la y ebriedad a la categorización de lágrimas de ira, congoja o dicha.
Tengo 9 mundiales de vida y aún me dan ganas de llorar cuando veo a un jugador fundido en llanto. No me olvido de la primera vez que vi llorar a uno: Toñito, un flaco esmirriado que nos llevaba a todo el salón por lo menos una cabeza, era mi pareja en la zaga del Colegio México. Los troncos al fondo, siempre. Teníamos 6, 7 años. Durante un entrenamiento después de clases, tratando de cabecear una pelota que iba directo al arco, Toñito se rompió la cara con uno de los postes. El impacto fue brutal. Incluso el entrenador, uno de esos tipos tan comunes en los colegios de varones de antes -creo que todos los colegios de varones son, de hecho, de antes- y que solían insistirnos con que los hombres no lloran (y menos los hombres que patean una pelota), tuvo deferencia con Toñito y su frente como granada, partida en dos. Hubo mucha sangre y más lágrimas. Luego de un rato y poco a poco, la tormenta devino en sollozo. Aún recuerdo la cara de terror que puso la mamá de Toñito cuando pasó a buscarlo y lo vio sumido en la banca igual que un balón Estrella sin aire, limpiándose los mocos, con un vendaje marrón por cabeza.

La segundas lágrimas que recuerdo fueron de plata: las de Maradona, en aquella final del 90 en el Olímpico de Roma que Argentina perdió contra Alemania. El 10 llevaba media hora alambicando el lagrimal, desde el instante en que Pedro Monzón, enceguecido quién sabe por qué furias, se llevó puesto a Klinsmann durante una jugada inocua, al filo de su banda izquierda, y a Codesal, el villano favorito de la épica futbolera rioplatense, no le quedó de otra que mandarlo directo a las regaderas, sin chistar. Quizá el lamento, entremezclado con la rabia, estaba instalado sobre la cabeza de Maradona desde mucho antes, cuando los tifosi italianos, aún heridos por la eliminación de su selección, pitaron el himno albiceleste al inicio del juego. Cinco minutos antes de cumplirse los 90 reglamentarios vino el penal sobre Völler, la segunda roja y el pasillo de la desgracia. Entre el torrente de alemanes que celebraban la victoria, las cámaras seguían con insistencia sanguinaria al Diego, que envuelto en llanto, repetía una y otra vez "hijos de puta, hijos de puta", y yo lo miraba por televisión tratando de comprender qué clase de dolor agudo, impostergable, era ése que hacia sufrir de aquella manera al mejor jugador del mundo, enfrente de millones de personas.

Hoy Giménez lloró las lágrimas más amargas del Mundial. Las que anticiparon la derrota con el balón el juego. Las que se adelantaron al pitazo. El viejo y trillado adagio dice que el futbol da revanchas. Revanchas como pañuelos. Como sables. Salido del predio hípico de Danubio, Giménez se ha transformado, por derecho propio, en el heredero de la histórica banda celeste. La próxima vez, se los juro, le toca llorar de alegría.
JULIO 5
Con la tolerancia en tiempos extra
por Paulette Jonguitud
Ando tan desesperada que un partido como el Colombia-Inglaterra, que se resuelve en penales, me devuelve la esperanza en las certezas: El que tira al centro y arriba nunca falla. Quiero ver un juego desde los himnos y si hay que discutir que sea sobre el VAR y las tres leyes de la robótica
No sé ustedes, pero yo estoy agotada. Después de la virulencia de las campañas electorales cuya savia tóxica se derramó sobre nosotros embarrando relaciones y dejándonos las manos y el espíritu pegajosos; tras meses de cuidar la credencial del INE con la vida y luego de la tensa calma de la jornada electoral del pasado domingo, cuyo resultado tempranero desató aún más encontronazos en redes y familias, traigo la tolerancia en tiempos extra.

El mundial es un descanso, decía yo hace algunas semanas, pero con la suerte que tuvimos de que arrancara en plena escaramuza democrática, lo último que hemos hecho es olvidarnos de lo que nos preocupa. Como si los nervios aguantaran yunques, la Selección Nacional empezó jugando tan bien que nos sorprendió a todos y nos obligó a suspender hostilidades ideológicas para sentarnos en torno al guacamole a imaginar cosas chingonas con el Chicharito. Cuando creíamos que si México jugaba el quinto partido podríamos incluso reconciliarnos con la tía que circulaba rumores disfrazados de noticias sobre si el crayón del INE se borraba o si la tinta indeleble se desvanecía al contacto con el gel antibacterial, el lunes ya con presidente electo y medio país de fiesta, Brasil nos mandó de vuelta a casa.

Tengo el alma acalambrada.
Cuando anunciaron que en este mundial se estrenaría el VAR quise revolcarme en el piso como Neymar. Me cuento entre quienes pensaron que la intervención de las pantallas haría del futbol un deporte lento, que le quitaría el ritmo y cierta calidad humana que sólo puede asociarse con los errores. Es cierto que los berrinches en la cancha ya están al nivel de un salón de preescolar en que los niños se han saltado el almuerzo y hasta la siesta. Las caídas, las pataletas, las manos mesándose los teñidos cabellos, los dedos sobando cejas depiladas, todas estas manifestaciones histriónicas por parte de los jugadores hacen más farragoso el tránsito de los noventa minutos de lo que podría hacerlo una revisión del VAR. Ahora que las campañas electorales y, sobre todo, las tías empoderadas con un teléfono inteligente han acabado con la poca paciencia que tenía, doy gracias al diosito del futbol por la certeza del quinto árbitro electrónico y quiero que con él se consulte todo, no sólo los goles, las tarjetas rojas, los penales y las confusiones entre jugadores. Todo. Busco seguridad en el futbol. Ando tan desesperada que un partido como el Colombia-Inglaterra, que se resuelve en penales, me devuelve la esperanza en las certezas: El que tira al centro y arriba nunca falla. Quiero ver un juego desde los himnos y si hay que discutir que sea sobre el VAR y las tres leyes de la robótica.

La vida cotidiana debería poder ponerse en espera por causa de mundial. En lo que llevamos hasta ahora de Rusia 2018, he visto cuatro juegos en vivo, completitos, desde los himnos hasta el pitazo final. Cuatro. Los dos últimos de México me tocaron a medias en la sala de cine de la universidad donde doy clase; el Argentina contra Francia lo adiviné en la pantalla del teléfono; los penales y la tunda a patadas del Colmbia-Inglaterra los sufrí sobre las cabezas de mis hijos en el salón de fiestas infantiles murmurando un desganado dale, dale.

Mientras escribo y me quejo como Neymar pienso en Mikel John Obi, capitán del equipo nigeriano, quien recibió una llamada horas antes de su juego contra Argentina, cuando iba en el autobús rumbo al estadio, en la que le avisaron que su padre estaba secuestrado, que debía hablar con los secuestradores para negociar el rescate y hacerlo todo en el máximo secreto para asegurar que nada le ocurriera al viejo. Así saltó a la cancha y no habló del asunto ni con su entrenador. Cuesta imaginarse el estado mental en el que estaba el nigeriano. No hay pausa, para nadie.

Los puristas dicen que la copa del mundo empieza en octavos. Los excesivos sostienen que hasta cuartos de final, cuando todos los colados van de vuelta a casa. Yo hoy voy a contarme entre estos últimos para sentir que no me he perdido mucho. Dale, Uruguay.
JULIO 5
Ya me da lo mismo
por Antonio Ortuño
El Mundial ha sido bueno, buenísimo incluso, pero para muchos de nosotros, en la práctica ya se acabó
Ya sea porque los malditos penales no favorecieron a tu equipo, o porque Neymar lloró y se torció como babosa cubierta de sal, y de paso te ganó el juego: el caso es que ya estás fuera. Eliminado. Echado de la mejor fiesta del mundo. Lo que sigue no es simple, porque viene la más negra depresión. El peor síndrome de abstinencia de emociones que un futbolero pueda concebir. Estas fuera. No tiene caso que finjas: ya nada sabe igual. No, no es cierto que el Suecia-Inglaterra o el Rusia-Croacia te volverán loco de nervios. No, no es verdad que celebrarás un gol de Coutinho, Lukaku o Mbappé como si hubieras estudiado la secundaria con ellos. Para ti, esos son señores que salen en la tele y nombres estampados en playeras carísimas. O monitos del FIFA 18. De este punto en adelante, solo te queda pasarla bien si el partido está bueno, y te bebes unas cervezas, o aburrirte si no. Pero todo con distancia. De lejitos. Que tu equipo quede fuera del Mundial te reduce a ser algo parecido al invitado de una boda: los reflectores y la cortada del pastel serán para otros, mientras tú nomás aplaudes y pones cara de que les deseas lo mejor.

No hay peor cosa que el adiós, pues. Atrás quedaron los días de vino y rosas: el morbo del sorteo de grupos y los emparejamientos promisorios o letales, el llenado paciente del álbum Panini, el espionaje en las noticias de la conformación de las listas de convocados de cada selección. Las discusiones sobre si se hizo bien al dejar fuera a Alanís o si Araújo alcanzaría a recobrarse de sus lesiones. Atrás quedaron los mejores días de Rusia 2018: los primeros juegos, las posibilidades que comenzaban a trazarse y desvanecerse, los goles de última hora, las heroicidades, las sorpresas, las goleadas… El Mundial ha sido bueno, buenísimo incluso, pero para muchos de nosotros, en la práctica ya se acabó.
¿Qué hacer si pelaste en la quiniela? Pues decir que ya ni modo. Claro: es probable que algunos de los juegos por venir (aún quedan ocho) sean ejemplares y hasta históricos. Sin ir más lejos, no creo que muchos de nosotros nos quedemos sin dormir por las selecciones de Bélgica y Japón y nos dieron un juegazo de octavos. Sí. Pero, insisto: lo que sigue ya es para las retinas y el cerebro. Todo buen aficionado al fucho quiere saber qué va a pasar en ese Brasil-Bélgica o en ese Francia-Uruguay. Pero ay, el corazón es otra cosa. Y el de un futbolero más, porque tenemos la víscera cardiaca más grande y sensible que los demás (¿A poco no?).

La neta, le aplaudiré al que juegue bien, al que luche como demonio hasta el último silbatazo, y me quitaré la gorra ante quien gane. Pero en el fondo me dará lo mismo. Lo que sigue, para muchos, ya será como las finales de los cien metros planos. Que gane cualquiera. Que gane el mejor (y ojalá no seas tú, Neymar, hijo de estirpe podrida de mimos epilépticos).
JULIO 3
Sueños de cambio
por Diego Rabasa
Como es sabido de sobra, ganar no es algo que deviene naturalmente tras la acumulación de méritos. Hay que saber ganar los partidos. Esta ecuación, la del triunfo, contiene muchas variables que pasan por supuesto por lo futbolístico pero también por lo mental, en ocasiones incluso por ciertas dosis de azar
Es difícil cambiar la historia. La tradición tiene su peso arraigado en la inercia, esta necia conducta de la materia que promueve la trayectoria andada a no ser que una fuerza externa actúe sobre el cuerpo en cuestión. Es una creencia aceptada con mediano consenso, que salvo aspectos puntuales, llegado un cierto momento en la vida las personas, éstas tampoco cambian demasiado. Sus neurosis y carencias, sus afectos y afecciones, sus padecimientos y talentos revolotean en diversas combinaciones que generan un simulacro de movimiento pero que en la mayoría de los casos opera como una coreografía sedentaria.

Es quizá por esto que los momentos de ruptura suelen inscribirse de manera tan contundente (y en muchas ocasiones heróica) en la historia. Las grandes revoluciones, los movimientos sociales que han cambiado el decurso de la vida de millones de personas, las curas a enfermedades devastadoras: los responsables de estos trastornos de lo normal suelen tener calles, monumentos y plazas nombrados en su honor.

Las elecciones del pasado 1 de julio, por ejemplo, configuraron una de esas rasgaduras en el tiempo. El PRI, tan enquistado en la escena política y pública de la nación que ha sido desde la Revolución Mexicana símbolo de las clases gobernantes del país, quedó relegado y reducido a un muy distante tercer lugar. Ganó sólo una de las gubernaturas que estaban en juego. Tendrá menos diputados que el Partido del Trabajo y siniestro Encuentro Social y casi los mismos que el cuasi-extinto PRD. Vamos, perdieron incluso algunos de sus bastiones más férreos como ese nido nefando de corrupción que es Atlacomulco.

Tras el primer partido con Alemania, la Selección Mexicana -siempre atrabancada, angustiante y angustiada-, nos presentó ante un territorio desconocido: el de la ilusión justificada. No sabíamos en ese momento que los teutones eran una fragata en curso de naufragio, ni menos aún que el resto del torneo jamás volveríamos a presenciar ese futbol eléctrico, desenfadado y vertical que vimos en el primer tiempo de aquel partido: acaso uno de los máximos registros que ha alcanzado nuestro futbol. Le ganamos al campeón del mundo y por un día, el país entero vibró al son de la misma frecuencia.
Sin dar un partido brillante, contra Corea se mostró otro elemento de rara avis en el tricolor: oficio. Juan Carlos Osorio dejó atrás su enigmático sistema de rotaciones y con apenas un par de cambio salieron a enfrentar a un rival incómodo pero impreciso, correlón pero desarticulado. Un penalti y lo que parecía ser el sello del equipo del colombiano, un contragolpe que terminó con un gol machucado de Javier Hernández, nos pusieron en una situación inédita en nuestra sufrida historia futbolera: 6 puntos de 6 posibles. Y aunque el golazo de Tony Kroos, uno de los mejores de la Copa, evitó que llegáramos al tercer partido clasificados -como habría sucedido en cualquier otro grupo-, el escenario era inmejorable: con un empate ante una selección considerada dentro de la segunda línea en Europa, podríamos asegurar el primer lugar de grupo, evitar a Brasil y andar por el sendero más accesible de la llave.

La hecatombe contra Suecia se comenzó a fraguar desde el minuto uno con una más que discutible tarjeta amarilla para Gallardo tras un balón dividido con una de las torres nórdicas. El partido fue catálogo de infortunios, todos desfavorables para nuestro equipo. Una mano polémica de Guillermo Ochoa, un resbalón que resultó ser una asistencia implacable, un penalti ultra dudoso y un autogol, nos pusieron en manos de de la época coreana. Que la selección asiática, eliminada con 0 puntos, lograra vencer a Alemania a la que le bastaba ganar por un gol para dejarnos fuera, muestra que la historia y la tradición tienen su peso: somos, junto con Brasil, la única selección que ha logrado clasificarse a los octavos de final en cada uno de los últimos 7 certámenes mundialistas. Desafortunadamente, en la siguiente fase, esta misma tradición e inercia histórica, resultó la lápida de nuestras ilusiones.

Como es sabido de sobra, ganar no es algo que deviene naturalmente tras la acumulación de méritos. Hay que saber ganar los partidos. Esta ecuación, la del triunfo, contiene muchas variables que pasan por supuesto por lo futbolístico pero también por lo mental, en ocasiones incluso por ciertas dosis de azar.
JULIO 2
Aplazamientos
por L.M. Oliveira
El único título de selecciones que importa es el mundial. Y, desde que tengo memoria, México y Brasil sólo se enfrentaron en el mundial una vez, en fase de grupos, y empataron a cero. Fue magnífico, nadie le hizo daño a nadie y los dos calificaron, de eso hace cuatro años
Llevaba diez años con un libro, Sale el espectro, de Philip Roth, en la pila de lectura. Cada vez que me tocaba leerlo lo posponía, me faltaba voluntad. Es la última novela de la serie Zuckerman, que cuenta la vida de un escritor desde su juventud hasta, supongo, su muerte. Lo dejaba para después porque me gustan tanto las peripecias del personaje que escogía dejar abierta su historia, no enterarme, no todavía, de su desenlace. Me decía: cuando muera Roth, lo tomo.

Hace unas semanas murió. Con su muerte, que me llenó de tristeza e introspección, abrí el libro y comencé su lectura. No he llegado a su fin, camino lentamente por sus 250 páginas porque en el fondo no quiero romper ese lazo que me ha unido a Nathan Zuckerman por años. Lo leo como si fuera un ritual mortuorio, un réquiem.
Toda mi vida he aplazado escoger entre Brasil y México, me refiero a lo estrictamente futbolístico, en todo lo demás no tuve duda nunca, en Brasil soy un turista con familia. Ni siquiera me he tomado la molestia de tramitar la nacionalidad. Soy mexicano con madre brasileña. Pero el futbol es otro mundo y en ese mundo mi corazón está dividido. Hasta hoy, Brasil y México nunca se enfrentaron en nada que me pusiera en aprietos: las olimpiadas, la confederaciones, los mundiales juveniles nunca contaron. El único título de selecciones que importa es el mundial. Y, desde que tengo memoria, México y Brasil sólo se enfrentaron en el mundial una vez, en fase de grupos, y empataron a cero. Fue magnífico, nadie le hizo daño a nadie y los dos calificaron, de eso hace cuatro años. Pero en unas horas se enfrentaran a muerte y esta vez no hay escapatoria, tendré que ver la batalla entre mis dos equipos y constatar la manera en la que uno agoniza mientras el otro celebra. Dicen que gano o gano, en realidad es al revés: gane quien gane pierdo.

Dudé hasta el último minuto si debería reunirme con amigos a verlo, como si fuera un partido más de la copa del mundo. Sin embargo, no lo es. La batalla entre dos anhelos excluyentes nunca es trivial ni resulta fácil tomarla a la ligera. Y es que, por más que busqué en mi interior, no hallé la respuesta a una pregunta fundamental: ¿qué vas a sentir si gana México y pierde Brasil o si gana Brasil y pierde México? Ante la duda preferí el encierro, la introspección, el ritual. Hay veredictos que más vale esperar en soledad. Así que a las 8:30 de la mañana apagaré el teléfono y me sentaré frente a la televisión a ver y escuchar las batallas que tendrán lugar tanto en Rusia como en el corazón. Luego leeré las últimas páginas de la novela de Roth. Hoy seré un ermitaño con menos aplazamientos y sabré si liberar espectros te hace un ser distinto.
JULIO 1
VAR, tapabocas y coreanos
por Guillermo Fadanelli
Ya la embajada brasileña se prepara por cualquier gesto de agradecimiento mexicano… (¡hermano brasileño, eres acapulqueño!) no sea que mis predicciones o pronósticos se hagan polvo otra vez
El VAR o video arbitraje es una herramienta más. Se utiliza para llevar la justicia al campo de juego. ¿Justicia? Es una palabra demasiada pomposa para un juego de pelota. Digamos que ayuda a que se cumplan las reglas correctamente y ya. No son Rawls, Sen, Nagel, Nozick o Dworkin edificando teorías morales. Es un hombre en calzoncillos viendo la tele en un estadio repleto de gente. La multitud -esa reunión de fanáticos que rezan a gritos- contiene la respiración mientras el árbitro consulta con la tecnología y observa desde ciertos ángulos visuales la jugada en cuestión. Es un hombre que duda y va al confesionario para ser absuelto. No lo será porque existe la crítica, su critica o criterio, y se halla condenado a la relatividad y a las consecuencias de su propia decisión. No está consultando al oráculo de Delfos ni al Aleph de Borges. Se consulta a sí mismo -como un ser que se desdobla en múltiples ojos- ya que él tendrá la última palabra. Y entonces exhibirá su rigidez o su blandura. Así, por ejemplo, se eximió a Javier Hernández, el chícharo parlanchín, de su culpa por detener el balón con el brazo dentro del área. ¿Culpa? Una palabra demasiado pomposa para utilizarse en un juego de pelota; mejor descuido, tontería o accidente. ¿Y quién exime a los integrantes del equipo mexicano de jugar tan mal en contra del tren escandinavo? Yo, que estoy acostumbrado a que así sea. A mí no me engañan jugando bien.

¿Por qué se cubren la boca con la mano los jugadores, entrenadores, doctores, asistentes, masajistas y demás equipo cuando hablan entre sí en el campo de juego? Parecen pandilleros a punto de asaltar a una anciana; ladronzuelos de esquina callejera. ¿Qué carajo dicen tan importante como para ser descifrado por los malvados lectores e intérpretes de labios? Yo escucho a los futbolistas hablar directamente ante las cámaras durante una entrevista y no los entiendo bien. Es como si tuvieran, la mayoría, la boca tapada desde el nacimiento. Otros sencillamente son indescifrables. ¿Quién podría leerle los labios a Jorge Campos? Requeriría a un conjunto de especialistas sagaces y aun así fracasarían en su interpretación. A menudo les sucede a expertos en economía egresados del ITAM y del CIDE también; no hay que avergonzarse.
Alemania me decepcionó y me exhibió. Un VAR arúspice -la realidad- que corrige mis predicciones me desenmascaró. Daba yo como un hecho que Alemania no sólo pasaría a octavos de final, sino que apabullaría a México (tal como después lo hiciera Suecia) y que también llegaría a la final. No fui capaz de imaginar que un equipo cuya meta resguardaban los tentáculos de Manuel Neuer, y cuya alineación cuenta con el aguerrido Hummels, el veloz Kimmich, el mesurado y preciso Kroos, más Özil, Müller, Reus, Rüdiger e incluso los mastodontes Boateng y el joven Süle, fuera expuesto por México y Corea y echado del mundial en la primera ronda.

El año pasado el gobierno en turno expulsó de México al embajador de Corea del Norte (sin por ello detener la relación económica y dejar de "intercambiar" petróleo por carne de cerdo) a causa de los ejercicios nucleares de este país. El miércoles pasado los fanáticos mexicanos se inclinaron agradecidos ante el embajador y pueblo entero de Corea del Sur. Eso se llama: coherencia y conocimiento de la geopolítica. "¡Coreano hermano, ya eres mexicano!" Gritaba la multitud. Pero… no se agradece a alguien deseándole la mala suerte. Sobre la selección mexicana no añadiré nada a lo parloteado en todos los horizontes. Simplemente los jugadores mexicanos no supieron cómo enfrentar a los suecos y nadie les aconsejó de qué manera hacerlo; ni ellos mismos supieron resolver enigma tan obvio dentro del campo; ni siquiera los hermanos coreanos que ya son mexicanos -vary que perdieron ante Suecia sólo por un gol y con auxilio del VAR- los aconsejaron en su extravío. En verdad estuvieron solos. Ya la embajada brasileña se prepara por cualquier gesto de agradecimiento mexicano… (¡hermano brasileño, eres acapulqueño!) no sea que mis predicciones o pronósticos se hagan polvo otra vez.
JUNIO 30
Sara no se llama Sara
por Paulette Jonguitud
Sara no se llama Sara, pero es el nombre por el que la conocen los medios occidentales. Vive en Irán y es activista. Su causa es simple: que las mujeres en su país puedan entrar a los estadios, situación prohibida desde 1979
Pocos consideraríamos desmañanarnos para ver un partido de Irán. El trayecto de la cama a la televisión, a deshoras, es mucha exigencia para la mayoría de los espectadores, a menos que sea contra España o Portugal. Y, aun así, el partido se ve en duermevela, el café en la mano, las pantuflas a medio poner.

Yo veo los juegos con mis amigas. A distancia, pero juntas. El chat se vuelve nuestra mesa de análisis y opinamos las siete, cada una desde lo suyo. Una tiene la cabeza llena de estadísticas y otra de memes; compartimos recetas de botanas y preparativos antes del silbatazo inicial; nos ayudamos a armar logísticas familiares para encargar o entretener a los hijos durante el juego; pasamos datos sobre qué jugador viene lesionado y cuál es la trayectoria mundialista que tiene con su selección; rolamos los links de lo que cada una ha escrito sobre la Copa del Mundo y nos pasamos también un par de fotos de Carlos Vela, que nunca sobran. Nos peleamos. Discutimos si está bien cantar ¡puto! en el estadio y si el avance de México a la segunda ronda es para festejar o para meter la cabeza en un agujero. Gritamos en mayúsculas. Nos volvemos a pelear. Nos dejamos en visto. Nos preocupamos por que las embarazadas no festejen los goles a saltos. Todas hemos ido a un estadio. Todas hemos tomado cerveza en las gradas.
Sara no.

Sara tuvo que viajar desde Irán hasta Rusia para ver jugar a su selección. Sara no se llama Sara, pero es el nombre por el que la conocen los medios occidentales. Vive en Irán y es activista. Su causa es simple: que las mujeres en su país puedan entrar a los estadios, situación prohibida desde 1979. Esto no significa que en Irán no haya afición femenina, en redes sociales circulan fotos de mujeres disfrazadas de hombre, ropas, barbas y pelucas, gritando gol en un estadio. Sara fue a San Petesburgo para entrar a ver el juego de su selección contra Marruecos, sin barba y sin peluca, con su ropa de mujer, para cruzar por primera vez los torniquetes y ver un juego del que yo ni me acordé.
Sara llegó con el boleto bien asegurado en su bolsa y se acercó hasta la entrada, con ganas de comerse el aire a mordidas, con ganas de gritar y de correr y de perderse entre las miles de mujeres que daban por sentado el acto de entregar su boleto en la entrada y cruzar los arcos de seguridad para estar, al fin, adentro. Entró al Krestovsky con la anticipación de un juego mundialista y con la responsabilidad de la afición femenina de su país. No te emociones tanto, pensaba, no te dejes llevar por las jugadas, esto es un asunto de activismo. Ella es una de las fundadoras del movimiento Open Stadiums, @openstadiums en tuiter, que desde 2005, busca que las mujeres tengan acceso libre a los estadios. El encuentro entre Marruecos e Irán se transmitió en Teherán en el Parque Azadi y solo pudieron entrar hombres. En las gradas de San Petesburgo se desplegó una pancarta que decía #NoBan4Women. El capitán de la selección iraní ha abogado por la afición femenina. El asunto ha llegado hasta la FIFA y se rumora que Infantino habló con el Primer Ministro de Irán, apenas en marzo, durante un encuentro futbolístico afuera del cual estaba Sara, protestando.

Para nosotros el juego entre Irán y Marruecos fue aburridísimo. Para Sara fue entrar en la televisión y ver el mundo en 3D, así lo dijo a los medios que la entrevistaron. Si hablamos de futbol, lo único notable del encuentro fue que en el minuto 95 Ehsan Hajsafi cobró un tiro libre y el marroquí Bouhaddouz lo remató de cabeza en su portería. Sara no vio a su equipo anotar, pero lo vio ganar y eso debe haberle sabido a gloria.

En el encuentro de su selección contra España, las mujeres iranís ya no pasaron desapercibidas. Las autoridades rusas las identificaron y a Sara el personal de seguridad la llevó a un cuarto especial donde fue sujeta a una revisión intrusiva y poco amable. El periódico The Guardian reportó que éste fue el primer incidente de revisión privada en la Copa del Mundo. Lo curioso es que Sara no es figura pública, muy poca gente sabe de su lucha. Los encargados de seguridad del estadio sí sabían. Otra mujer iraní fue despojada de la pancarta que decía #NoBan4Women aunque ya había sido autorizada por FIFA, le revisaron la ropa, la bolsa, la detuvieron en una zona de seguridad y finalmente la dejaron entrar, treinta minutos después de iniciado el juego y sin pancarta.

Hace mucho que no voy a un estadio y nunca he llevado a mi hija. Tiene cinco años y prefiere el tenis y el beisbol. Muy pronto, quiera o no, tendrá que acompañarme a gritar gol desde las gradas y, si me apuran, lo haremos con una camiseta que lleve el Sara sobre el número.
JUNIO 30
Dios nunca muere
por Rodrigo Márquez Tizano
Diego nunca muere. Es lógico. No es que sea inmortal, al contrario, Maradona ha muerto todas las muertes y por eso no va a morirse. Su divinidad no lo aparta del mundo sino que lo lanza contra él porque es epifanía del barro
Me quieren despertar y estoy despierto,
no me pueden tocar, me aman, me gritan,
me lloran como a un muerto y estoy libre.

Héctor Viel Temperley


El Diego ha muerto. Sucedió en San Petersburgo, rodeado por un puñado de colaboradores y los servicios médicos del estadio Krestovski, al término del juego que le dio a Argentina la clasificación a octavos de final. Murió Maradona. Le sobrevive un reino sin herederos y una religión cuya doctrina no contempla reencarnaciones ni trinidades. La noticia corrió tan rápido que en plena carrera tomó forma de verdad. Para morirse hoy no hace falta la muerte: alcanza con unos cuantos millones de clics y la voracidad incurable por ser parte de un suceso. El comunicado oficial se empeñará en hacernos creer que se trató de un paro pero las masas, las redes, los sabios aducirán sobredosis. Las cámaras nos dieron Maradona puro (el de las cámaras es el Maradona) hasta el final o casi: en trance, agradecido con Dios, bailando algo entre cumbia y vals con una aficionada nigeriana, gritando "tomen putos" hacia ningún lado, desde las alturas, con el mismo gesto enfurecido con el que Prometeo, sido de su hígado, esperaba todas las noches la impostergable llegada del águila. Maradona ha muerto. Otra vez, como tantas otras veces. Murió también cuando Menotti lo dejó fuera de la lista en el 78. Cuando Goikoetxea le rebanó esa gamba que terminó por pudrirse en el Foxboro Stadium. Cuando el jarrón. Cuando Hacienda. Cuando la policía allanó el departamento de la calle Franklin. Eso no se lo perdonan: que no muera por nosotros.

Horas después se confirma que Diego nunca muere. Es lógico. No es que sea inmortal, al contrario, Maradona ha muerto todas las muertes y por eso no va a morirse. Su divinidad no lo aparta del mundo sino que lo lanza contra él porque es epifanía del barro. Eso no se lo perdonan. Que muera y no se quede bien muerto. Que no pida perdón ni haga de buen salvaje. Que sea un hombre de su tiempo, fiel a sus contradicciones, a sus impulsos. Lo quieren muerto. Como un ejemplo muerto. Aunque lo maten o se mate y muera a diario para volver, potente y frágil, renacido, a morir otra vez, siempre la misma muerte. En las redes o en la cancha. En el potrero de Villa Fiorito o en la Curva B de San Paolo. A bordo de un avión privado o en una clínica de desintoxicación cubana. Pero entre tanta muerte hay una que no va a llegarle nunca: la suya.
En nuestra Latinoamérica hay epidemia de muerte y la inmortalidad, cuestión de salud pública y vaciamiento de mercado, está tan devaluada que tendemos a confundirla con supervivencia. Salvar el pellejo, no caer en la calle, llegar a criar canas: síntomas de eternidad. Es un bien codiciado aunque, de cierto modo, asequible. El dinero compra longevidad y la maquilla de infinitud. Los filántropos se construyen museos o fundan beneficencias y son inmortales mientras puedan deducir impuestos de su inmortalidad. Diego Armando Maradona no puede morir porque ya tiene a la muerte atrás, a veces vestida de enfermera y otras, tal y como lo imaginó Viel, de novia.

Su único escape de la vida, como reza el mito, sería que su propio hijo le diera muerte. Pero eso también tiene pinta de imposible, porque al gran antecesor es tan difícil desterrarlo como ignorarlo, y mucho peor es instalarse bajo su sombra. Aun así hay que luchar. Sin esa batalla, el embeleso es sólo sumisión. Borges mató a José Hernández luchando contra él de igual a igual, con respeto, tocado por la lucidez crítica, primero con sus numerosos ensayos sobre el Martín Fierro, y más tarde con "El fin", ese relato que es más bien una deuda de de facón saldada y en el que finalmente el fantasma errante de la gauchesca puede descansar en paz. Sólo así podría curarse de la vida, Maradona, y digo de la vida porque de la historia no tiene fuga. El Diego es la historia del juego. Desde que tengo memoria, Maradona es el futbol. No sólo inventó una manera de jugarlo: nos enseñó también que es una forma de vivir y de morir, la misma, adentro y afuera de la cancha. Eso también forma parte del juego y quizá sea su parte esencial: saber que la vida es, antes que otra cosa, un juego. "Oleoso, gordo, mortal y subrepticio", pero juego al fin. Hubo quien aprendió a escribir en la lengua de Borges. Pues bien: todavía no nace el que juegue en la lengua del Diego.
JUNIO 28
Nuestras cábalas
por Antonio Ortuño
Ante Suecia nos fallaron gacho las cábalas, y los rivales nos pegaron 3-0, pero en el fondo seguiremos observándolas, estoy seguro, porque Corea del Sur hizo el milagro, le ganó a Alemania y nos clasificamos a los octavos. Se logró el objetivo y la cábala sigue en pie
Mi vecino sacó a pasear a Godo, su golden retriever, vestido con la playera de la selección justo antes del juego que definiría nuestro paso a octavos. Es por cábala: Godo llevó la verde a su paseíto matinal antes de las victorias ante Alemania y Corea del Sur, así que se invoca a la suerte vistiéndolo con ella una vez más. Hice lo propio y mantuve mis cábalas personales: me puse la playera encima solamente diez minutos antes del juego, ocupé el mismo lugar en la esquina de la cama que he ocupado cada vez, encendí la tele en la hora precisa en que estaba marcado el silbatazo inicial. Saludé, en el primer minuto, a mis amigos del chat mundialista. Ellos estaban en sus propias casas, con sus playeras, en las mismas sillas o sofás de siempre. No quisimos mover nada, claro. A uno del chat que es menos futbolero que los otros y se mostraba más renuente a entrarle a la obediencia ortodoxa de la mística general, hubo que convencerlo paso a paso: primero, de que en vez de enfundar a su niño en la playera de Messi que ya tenía (es el puto Mundial, no la Champions, carajo) le comprara la playera mexicana. Luego, que se la pusiera y lo sentara a ver el juego. ¿Qué clase de mexicano crece pensando que su selección importa menos que, háganme el favor, Messi? ¿Qué clase de padre permitiría eso? Pura mala suerte, si lo permitíamos. Nuestro amigo se convenció, luego de horas de alegatas, y su hijo durmió con la playera antes de los juegos y la usó toda la primera ronda. Así se forja la fortuna. Ante Suecia nos fallaron gacho las cábalas, y los rivales nos pegaron 3-0, pero en el fondo seguiremos observándolas, estoy seguro, porque Corea del Sur hizo el milagro, le ganó a Alemania y nos clasificamos a los octavos. Se logró el objetivo y la cábala sigue en pie.

Esta locura, claro, no la inventamos nosotros. La cábalas son tan viejas como el futbol. Somos unos monos supersticiosos, qué más. Veamos si no: el equipo de mis amores ha perdido dos finales de Champions por culpa de mis viajes, porque he tenido que estar en el extranjero en ambas ocasiones y mi equipo solo gana finales si miro sus partidos en mi casa (ha funcionado con tres Europa League, una Supercopa europea y una Copa del Rey, así que eso es definitivo). Mi otro equipo, el más querido, solo gana la liga mexicana, en cambio, si estoy fuera de casa. Si el deber paterno o la fatalidad impiden que me escabulla, derrota segura. ¿Y cómo sé que los jugadores de mis escuadras van a fallar un penal? Porque no alcancé a contar del uno al cien en la mente antes de que lo pateen. Si llego al cien (y puedo contar muy rápido pero la cábala implica no apresurarse, sino contar intercalando el mil en medio de cada número, así: uno, mil, dos, mil, tres mil, etcétera...), anotan sin fallo.
La cábala más complicada que conozco era la que sostenían un amigo español y su mujer: si durante el juego tenían relaciones sexuales, su equipo anotaba gol, aseguraban. Pero debían ser precisos: si se encontraban en los juegos preliminares o en el relax posterior, la cábala no funcionaba. Era menester que se encontraran en plena faena, pues. Deben andar con la libido un poco baja , me temo, porque luego del periodo 2008-2012 en que ganaron todo y con brillantez, la selección española no ha vuelto a coronarse en un torneo grande.

¿Qué haremos ante los octavos de final? Allá ustedes, pero yo repetiré paso a paso lo que he hecho este Mundial, porque nos clasificamos y cábala que gana, repite. Y si perdemos, pues solo nos quedará la cábala principal, la que todos los que le vamos a México ponemos en marcha cada cuatro años: emborracharnos y quejarnos del equipo tricolor y del árbitro. Qué más.
JUNIO 27
La diferencia está en lo colectivo
por Diego Rabasa
El desarrollo del futbol mundial cada vez tienen modelos de entrenamiento y de preparación más semejantes y hoy en día es difícil -salvo contadas excepciones como las de Lionel- que un jugador gane un partido. Hoy, sin la colectividad, es cada vez más difícil aspirar a triunfar en un certamen como éste
Quizá uno de los rasgos más representativos de este mundial ha sido lo parejo de la contienda. Vimos a Alemania pasar porque dios, carajo, es alemán. Vimos a Brasil pasar las de Caín contra Suiza y resolver el partido contra Costa Rica in extremis en los últimos minutos del partido. Argentina agonizaba (junto con el miocardio, el pancreas, el hígado y el esternón de El Diego) y apreció una pincelada que los revivió. Italia, Holanda y Chile ni a la Copa llegaron y en cambio equipos "clase B" como Croacia o México han sido algunos de los que mejor futbol han desplegado.

Una de las explicaciones que encuentro tiene que ver con el tiempo en el que vivimos en el cual una aplanadora, totalitaria, parece orientar el deseo de todos los habitantes del mundo a una zona convergente en términos individuales y estéticos. El panóptico de las redes sociales, si hacemos caso a la teoría del deseo mimético de René Girard que dice que el hombre aprende a desear el deseo del otro, tienen mucho que ver. Esta forma tan obcena e insustancial en la que la vida de todas las personas que utilizan la red (o la gran mayoría) se pavonea haciendo alarde de una conquista en el life style que tiene que ver con lo que se imagina que producirá el reconocimiento pasajero y superfluo de las demás, más que con convicciones o anhelos propios. No es casual observar la forma en la que van proliferando cafés "buena onda", barberías, casas editoras de té, panaderías orgánicas, diseños locales y un sinfín de recintos de consumo que utilizan lenguajes e identidades muy parecidas entre sí, no sólo en distintos barrios de ciudades otrora diferenciadas y diferenciables, sino en distintos rincones del mundo. Esto va haciendo que las diferencias de una escuadra u otra sean cada vez más difíciles de notar porque los modelos son siempre los mismos. A través del genial y perverso ardid neoliberal de "divide y vencerás" el individuo -el bienestar de cada cual- se ha postrado por encima de lo colectivo de la misma forma que los ídolos (Messi, Cristiano, etc.) se han elevado por encima de los grupos a los que pertenecen. Al tener a los mismos íconos como medida, los recursos y los medios tienden a la convergencia.

Otro tiene que ver con otra de las características principales de la sociedad de consumo: la acumulación. Los países que tienen ligas potentes acumulan buena parte del talento del mundo. Los chicos se van cuando nenes a vivir a Francia, Alemania, Inglaterra, España y pierden la posibilidad de desarrollar un estilo, una identidad o una raigambre que los identifique con su sitio de nacimiento.
Y una más tiene que ver con que las escuadras más potentes suelen tener a los grandes cracks del mundo y por ende sus desempeños suelen orbitar alrededor de éstos. Uno de los aspectos más maravillosos del futbol, nos lo recuerda el periodista argentino Dante Panzeri, tiene que ver con las posibilidades de lo impensado. Con los gestos que razgan el guión y fincan una nueva narrativa de algo que se preconcebía de cierta forma. Pero resulta que el desarrollo del futbol mundial (por los grandes afanes colonizadores de la FIFA) cada vez tienen modelos de entrenamiento y de preparación más semejantes y hoy en día es difícil -salvo contadas excepciones como las de Lionel- que un jugador gane un partido. Hoy, sin la colectividad, es cada vez más difícil aspirar a triunfar en un certamen como éste.

¿Qué tienen en comun escuadras como Croacia o Uruguay? Que juegan en conjunto. Y esta es una de las esencias del combinado mexicano de hoy. Brilla Vela, tocado por la gracia, hechas las paces con su malcriado párvulo interior, asumido su sitio como el virtuoso que es; fulgura Herrera con esa cadencia continua con la que maneja los partidos siempre en trazos de inflexiones improbables, con la mente arrancada de la circunstancia jugando en una zona espectral sólo accesible para los grandes cracks; cintila el Chucky con su atolondrado desparpajo juvenil y la chirriante pólvora de sus arranques; consuela Memo con su temple y seguridad, pero en términos generales articulan la narrativa feliz los Gallardo e incluso los Layún, los Salcedo e incluso los Ayala, Moreno y Guardado, cumpliendo la expectación sobre ellos, con generosa y humilde sobriedad: si algo posee este equipo que nos tiene tan emocionados -escribo esto con absoluta convicción de que no nos romperán el corazón mañana cuando este texto sea publicado- es que contrario a la inercia que corre en nuestro tiempo y que arroba como no podría ser de otra manera a una de las expresiones económicas, sociales y de entretenimiento más poderosas y célebres en el mundo, el futbol, han aprendido que nadie es si no son todos.
JUNIO 26
Cascarrabias
por L.M.Oliveira
Ese gol metió el miedo y la inseguridad a mi alma futbolera. No sólo ando de cascarrabias, ando de llorón, diciéndome: no es para tanto, ya verás que México le gana a Suecia y que Brasil deja fuera a Alemania. Veremos, lo único bueno es que los grandes triunfos son los que cuestan. O como dijo Séneca: vencer sin peligro es ganar sin gloria. Qué mal humor
Hablemos de mi mal humor: me da cuando después de esperar que las cosas fueran de una manera, en el último momento resultan distintas. Por ejemplo: si una mañana quería escribir pero en su lugar debo reunir papeles para un trámite, lo hago refunfuñando. Si pretendía echarme a leer pero sucede que la fecha para calificar a mis alumnos no es la que tenía en mente, sino otra muy próxima, califico malhumorado. Si me topo con tráfico cuando no deberían estar tupidas las vías, quiero morder algo (un día le arranqué un pedazo al volante del coche con un mordisco). La falta de cerveza, si no tenía duda de que quedaba al menos una en el refrigerador, me lleva a pegar gritos de furia, peor si ya tenía en el paladar el gusto de la michelada. Y así me voy.

Supongo que mi mal humor es de lo más común, y que tiene un nombre que todo estudiante de psicología conoce. Seguro se relaciona con el mal manejo de la frustración en momentos en los que la realidad resulta distinta a las expectativas que alguien (yo) tiene. Y sin duda debe de ser un padecimiento infantil: los humanos maduros no pasan por esas cosas, saben controlar sus impulsos. Pero soy peor todavía, porque además me atrevo a juzgar a los malhumorados y les doy consejos: no es para tanto, relájate. Al rato te echas a leer, o a escribir, o te consigues tu chela o llegas a tu destino. Y sigo: además, si no puedes hacer nada para cambiar las cosas, mejor tómalo con calma, ¿de qué sirve tu malhumor?
Pues bien, el maldito mundial me hizo descubrir que incluso el futbol me pone de malas. Ahora mismo estoy de cascarrabias. Todo empezó en el último minuto del juego del sábado pasado, cuando vi la barrera del portero sueco y dije: no maaaaa, el pinche Kroos la va a clavar. Y dos instantes después la clavó. Lo supe al ver cómo el balón sacudió la red. Pegué un grito de dolor que se escuchó en todo el edificio. Fue tan desgarrador que el portero, cinco pisos abajo, tocó el interfón para preguntar si estaba bien. ¿Cómo voy a estar bien?: Suecia anotó primero y estuvo a punto de hacer el dos a cero. Y tengo culpa, porque cometí el error de pensar: que lindo sería que eliminen a los alemanes en el segundo partido. Además de enunciarlo, pude verlo, como michelada en cruda.

Tenía una fiesta aquella noche, me vestí a regañadientes, y fui con una cara de pocos amigos que no tiene ni el peor de los rusos. En la fiesta sólo hablé de lo mal que me sentó ese gol; de lo complicado que la tiene México; del infame y probable cruce entre Brasil y Alemania; de lo que pudo ser si el sueco la metía: ¡y no la metió!

Hoy sigo refunfuñando, es como si llevara días atrapado en el tráfico. Y lo peor es que ando fatalista: ese gol metió el miedo y la inseguridad a mi alma futbolera. No sólo ando de cascarrabias, ando de llorón, diciéndome: no es para tanto, ya verás que México le gana a Suecia y que Brasil deja fuera a Alemania. Veremos, lo único bueno es que los grandes triunfos son los que cuestan. O como dijo Séneca: vencer sin peligro es ganar sin gloria. Qué mal humor.
JUNIO 25
Los conocedores
por Guillermo Fadanelli
El gusto por un deporte no requiere de explicación, sino de cultivo, alimento y tiempo. No se fíen de nadie que alardea saber de futbol
Enciendo el televisor; busco algún canal deportivo para ponerme al tanto y me encuentro a un grupo de comentaristas y periodistas bailando, haciendo gracias y ensayando el desparpajo. Su divertimento me lleva a la depresión momentánea y decido buscar cierta información en periódicos o prensa escrita. Me defrauda la asociación entre diversión y juego, entre comicidad y deporte. ¿Acaso soy un triste a priori y requiero que los analistas sean chistosos o dancen ante mi? El entretenimiento es ideal para los aburridos o los asesinos en potencia. Yo no necesito por ahora que me entretengan (me espero hasta sentarme en una silla de ruedas). El juego es interesante en sí pues muestra o hace evidente la complejidad de la acción y de la imaginación humanas. Las añadiduras son parte natural de la rapiña que se ejerce cuando se tiene a un público cautivo, autómata o ataráxico. Cuánta payasada alrededor del futbol. Un tiempo que podría utilizarse para la difusión de otros deportes. En lugar de mirar un buen partido de volibol, waterpolo o seguir alguna competencia de atletismo, el espectador debe alimentarse con las gracejadas que se cometen al cobijo del deporte más popular del mundo.

Por el contrario, o como complemento o anomalía opuesta, tenemos al conocedor, al aficionado o hincha que se concidera experto. Cuando escucho a uno, cualquiera, alardear que sabe de futbol, una risa interior recorre mi persona. Esto sí es cómico. ¿Qué significa saber? ¿Acaso conocer las reglas de un deporte? ¿Ahogarse bajo un tumulto de estadísticas sin raíz, relación u horizonte? ¿El estudio, la investigación y la experiencia? El gusto por un deporte no requiere de explicación, sino de cultivo, alimento y tiempo. No se fíen de nadie que alardea saber de futbol; es posible que posea un mayor conocimiento sobre ciertos aspectos del mismo, sobre las tradiciones propias de este deporte o acerca de la circunstancia en que se desarrolla el juego; nada más. Y cuando relaciona y le da sentido a estos conocimientos entonces podríamos decir que estamos ante un conocedor cuyo gusto, saber y experiencia comparte con nosotros. El hartazgo se hace presente cuando el analista o el conocedor no cesa de acentuar la importancia de las formaciones, el 3-4-3; el 3-4-3, ¿Y qué les parece el 8-1-1? Es comprensible que cualquier entrenador utilice un bosquejo o una estrategia para comenzar un partido, pero en el campo de batalla lo que se da es la complejidad, el desarreglo, la sorpresa y el caos. Así que someter o constreñir un juego tan complejo a mocedades numéricas o a formaciones de escuadrón escolar resulta un tanto burdo. Es la habilidad singular del jugador, su talento innato, la circunstancia en la que juega, su experiencia, su capacidad para relacionarse con el resto de los jugadores, su edad, cansancio o entusiasmo, su flema y temperamento, su educación y disposición a adaptarse a situaciones de carácter extremo, la presión que ejerce el público en él y una multitud de factores lo que influye y da forma a un equipo, no una formación inicial ordinaria, militar y simplona que repetimos pensando que así sabemos como juega Croacia o Brasil.
Los días siguientes en el el mundial de futbol en Rusia serán cruciales para responder a algunas dudas personales. Ante la posibilidad de ser eliminado, pese a ganar sus dos primeros juegos, ¿México se asentará como el buen equipo que ha demostrado ser, o se desplomará ante la responsabilidad social y la carga sicológica, sumadas el acoso bárbaro de los suecos? ¿Los jugadores más importantes de Portugal retomarán su talento acostumbrado para acompañar a Cristiano Ronaldo y fortalecerse como conjunto? Aposté a que Argentina retornaría de la neblina en la que se encuentra perdida, pero en caso de que lograra avanzar a la siguiente fase tengo mis primeras dudas sobre su capacidad de competir. De Messi debe preocuparse el equipo contrario, no sus propios compañeros. El técnico Sampaoli no es Pinochet o Videla; los jugadores tendrían que conversar entre sí y hacer cómplice al "zurdo" sin importar que sea algo anarquista, romántico y aprehensivo. Argentina caminaba y cumplía modestamente ante una Croacia casi perfecta, pero los errores espectaculares lastimaron su vanidad y su prejuicio (el error de Willy Caballero llevó a mi mente y de forma automática los nombres de Agustín "mono" Irusta, Ubaldo Fillol, Hugo Gatti, Javier Goicochea, Nery Pumpido, el "pato" Abbonsanzieri, hasta el héroe de mi infancia, Miguel el "gato" Marín, quien incluso cometió uno de los auto goles más ridículos y celebrados en la historia del futbol profesional). Finalmente ratificaré mi idea de que las selecciones de Bélgica o Croacia (qué apostura, intuición y gol de Luka Modric) puedan ser campeones del mundo por primera vez en la historia (si Brasil lo permite). En fin, disfruten los partidos e ignoren por un rato a los conocedores.
JUNIO 25
Carnaval, palabra y alteridad
por Rodrigo Márquez Tizano
Un equipo en el que la norma había sido la incertidumbre, de pronto y, paradójicamente a favor de todo pronóstico, se internó en las aguas dulces pero abiertas del juego adaptativo, pródigo en variantes más no en caprichos
Luego de probar con 50 distintas formaciones en 50 partidos al frente de la nacional, al fin parece que Juan Carlos Osorio -a quien el Perro Bermúdez bautizó con inusual tino durante la transmisión del amistoso México contra Dinamarca como Juan "Cambios" Osorio- ha encontrado la fórmula exacta para calibrar la nave: moderación. Quién sabe si dicho atributo, en principio ignoto para el temperamento indoblegable (por no decir necio) del Profe, apareció de pronto entre sus cuadernos -ya sea en rojos o azules, parafraseando a Pedrito F. Miret- como una especie de revelación tardía o quizá fue acarreada a jalones por el núcleo duro del team, el caso es que entre el cuadro del debut contra Alemania y el que saltó al campo frente a Corea del Sur hubo, al menos en el dibujo, apenas una ligera variación: el Titán Salcedo pasó a ocupar su lugar natural de 6 y puso el flanco derecho (donde alinea comúnmente en el Eintracht Frankfurt) a nombre de Edson Álvarez, quien a pesar de no ser un futbolista con vocación incisiva, sí clutchea los cambios a una velocidad distinta que el tapatío. Vaya sorpresa. Cuando uno ya esperaba ver a Chuy Corona pegado a la banda, llega el carnaval de la costumbre, el carnaval a la inversa, y todo se trastoca.

Un equipo en el que la norma había sido la incertidumbre, de pronto y, paradójicamente a favor de todo pronóstico, se internó en las aguas dulces pero abiertas del juego adaptativo, pródigo en variantes más no en caprichos. Ya se sabe: una vez que comienza el carnaval, la suerte del rico vale tanto como la del pobre. Porque al igual que esa ficción abierta que ocurre en el Mundial, el carnaval suele ser un estado de excepción donde, como en un juego lúbrico de máscaras, risa y farsa, se suspende las normas y convenciones que regulan los marcos sociales para dar paso a una existencia grotesca, enajenada, real. Un segundo mundo, una segunda vida, idéntica a la que acaba de ganarse el profe Osorio. A diferencia del partido contra Alemania donde primó la táctica, la anulación sistemática de Kroos, el orden atrás y los latigazos eléctricos por las bandas, fue interesante ver al TRI -trazado prácticamente con la misma tiza-, jugar un fútbol de toque y posesión, reposado. México mostró tal dominio en el juego que, incluso con la espectral presencia de Giovani Dos Santos dando tumbos en el césped y la malaria que persigue a Miguel Layún, la afición, ya envalentonada, no reculó en cantar "ole" desmedidamente cada vez que cualquiera de atrás maltrapeaba alguna pelota en paralelo. Ambientazo, pues. Carnavalesco.

No sólo eso, quizá el partido contra Corea del Sur y todas las cosas chingonas que se imaginó Javier Hernández durante la semana sean al fin el punto de quiebre en la relación de amor-odio con el colombiano, un enamoramiento que ahora asoma ya más serio y tan maduro que, de pronto, justo al llegar la cenefa crepuscular del segundo tiempo, desde la tribuna comenzó a repiquetear una tonadilla con la que se solía reconocer Don Andrés Iniesta en las buenas noches europeas, ese himno no oficial de los cubanos que junto con el ron y los puros de Fidel, debe ser uno de los bienes más exportados, reproducidos y tergiversados que ha ofrecido la isla al mundo. ¿Quién fue el genio que mandó a fusilar los versos de Martí para loar al Profeeee Osoriooooo, Profeeee Osoriooooo con el acompañamiento de Guantanamera? Mejor que el "Eh, puto", sin duda. Detalle curioso (¿pero acaso no es el futbol una plástica concatenación de detalles?) que el grito simiesco haya caído noqueado en el preciso día en que se conmemora el orgullo LGBT en casi todo el mundo. Un día de carnaval en todo los sentidos. Sólo un detalle: tengamos cuidado con la máscara y el traje de pierroth-en el futbol, en el Mundial y en la vida- porque a veces se nos puede olvidar que detrás de toda la música y el color pululan elementos cuya función no es otra sino explicar la relación entre las fuerzas de la transformación y la hegemonía: no sólo la idea del cambio caricaturiza los principios regidores del conservadurismo, sino que estos también, a su vez, se permiten cierta laxitud durante el estado de excepción para perpetuar el orden de las cosas. Si la palabra y el cuerpo son libertad, el mismo número de veces serán también cárcel.
Aun así, de los procesos de cambio (y para el caso, de lo que ensayamos en el carnaval) surgen de las rupturas. De los conflictos entre base y estructura. Ahí el lenguaje y ahí también las imágenes. Dos postales descorazonadoras: primero la de Rafa Márquez apartado en los entrenamientos, a salvo de las garras de los patrocinadores, sí, pero dentro de un capullo emocional que quizá sea más bien un pozo. Sus declaraciones tras el juego frente a los alemanes, el tono quebradizo de su voz, el húmedo tintineo de sus ideas tropezadas: este Mundial, el de su despedida, puede interpretarse también como un dilatado juicio al estilo americano, mediático, un juicio dirigido por una jueza Judy con peluca de Ronald del que, esperemos, salga airoso. Un trecho complicado para un jugador extraordinario. Si en algún momento es declarado culpable de lo que se le acusa, tendrá que responder como la ley lo exija, pero mientras tanto el acoso resulta innecesario, casi sádico, incluso para los niveles de meretricio que se ejercen en la FIFA.

La otra postal se llama Son Heung-Min y conduce al llanto, como decía aquel poema de Ángel González. Con la selección sudcoreana virtualmente eliminada, la estrella del Tottenham Hotspur se quebró al ver al presidente de su país entrar al vestuario. Tristísimo. Pero más triste aún es la cantidad de medios en castellano que han reproducido información falsa sobre las lágrimas de Son. Debido a una ley instaurada en 1957, todo ciudadano varón entre los 18 y los 30 años debe cumplir con un servicio militar obligatorio de, más o menos, 24 meses, sí, pero nada tiene esto que ver con el sufrimiento de Son. En el caso del jugador, con 25, aún tiene muchas competencias por jugar antes de enrolarse y, en principio, una final de finales el próximo miércoles. Ganarle a los alemanes parece una gesta casi imposible pero quizá el Profeeee Osorioooo, sommelier exquisito de la shadenfraude (basta ver la manera en que lo miman ahora esos precarizados espirituales que practican en cadena nacional esa quimera llamada "periodismo deportivo"), pueda darle algúnun consejo al combinado sudcoreano de cómo se hace para tomar esos orines del Rhin sin hacer siquiera una mueca.
JUNIO 23
Hay que perder el alma en la cancha, no el cerebro en la tribuna
por Paulette Jonguitud
La afición defiende el ¡Puto! como no ha defendido la vida de los suyos contra el muro. No van a convencerme de que es un grito que no daña a nadie y yo probablemente tampoco los convenza de que lo encuentro impresentable
El segundo tiempo del México-Alemania lo vi en el aeropuerto. Cachete con cachete, los viajeros mexicanos huérfanos de tele nos agrupamos en torno a la tableta de un viajante, a la pantalla del negocio de comida rápida, al módulo de la Profeco que puso el juego en dos de sus pantallas. A lo lejos se oían los, ay, uy, ya pítalo, de quienes veían el partido en las salas premier o en alguno de los bares. Cuando faltaban tres minutos para que el árbitro pitara el final, el aeropuerto entero gritaba ¡México! ¡México!; guardias en la entrada, personal de aerolíneas en los mostradores, vendedores y viajeros cantamos el nombre de un país que encuentra pocas ocasiones para unirse y el mundial es una de ellas. Yo crecí escuchando que la mexicana era la mejor de las aficiones futboleras y ahí lo estaba comprobando, de algún lado salieron las banderas arrugadas y las máscaras de luchador, estábamos en el más aséptico de los estadios. El silbatazo final nos sonó a las campanadas de Hidalgo y nos abrazamos, pasaportes en mano, las maletas chocando, los radios de los guardias olvidados en una banca, nos estrujamos como si nos conociéramos y cuando nos dimos cuenta del desfiguro volvimos cada uno a lo suyo, un poco más ligeros.

Al entrar a suelo norteamericano el oficial de aduanas me felicitó por el triunfo de México y yo le dije gracias como si mi hijo fuera Ochoa. Luego me preguntó qué significaba puto. Así, de botepronto, sin importar los cientos de personas que esperaban para presentar sus documentos, el hombre se detuvo a preguntarme qué significaba eso que los mexicanos gritan al portero del rival porque, dijo, él nada sabía de soccer y, estaba seguro, no podía significar lo que él creía. ¿Qué cree que significa?, pregunté. Faggot, dijo en un murmullo avergonzado. Pues sí, le dije, ese es uno de los significados de la palabra. Llena de rabia hacia los agentes fronterizos por las recientes separaciones de familias migrantes al pisar suelo norteamericano, lo último que quería era explicarle a ese señor que aquel grito probablemente se había originado con el traslado del canterano del Atlas, Oswaldo Sánchez, del América a las Chivas. Jamás he gritado ¡Puto! en un estadio y no seré yo quien defienda lo indefendible. Estuve un par de días fuera de México acompañada por tres periodistas, un inglés, un italiano y un filipino, quienes tras asegurarme que la selección azteca pasaría en primero de grupo y cantarme las virtudes del Chucky, me hicieron la misma pregunta ¿Por qué gritan puto?

La FIFA estaba preparada para que el de Rusia fuera un mundial controvertido. Recién salida de los escándalos de corrupción de Blatter y buscando desmancharse un poco los pantalones, accedieron a exigir que los países sede del mundial cumplieran con un mínimo de estándares internacionales de derechos humanos y pusieron en marcha programas para evitar la discriminación de cualquier tipo en torneos oficiales. Incluso publicaron, hace un año, su Política de Derechos Humanos, en cuya introducción escriben a la Spiderman: con gran alcance viene una gran responsabilidad y reconocemos nuestra labor de mantener la dignidad y la igualdad de derechos de todos aquellos afectados por nuestras actividades. Justo a tiempo para embarcarse en dos mundiales asignados a países con serios problemas en este terreno: Rusia y Qatar. El mundial en Rusia, sabían, iba a poner a prueba todos esos instrumentos y en concreto tenían dos preocupaciones: discriminación hacia la comunidad L.G.B.T. y libertad de prensa.
Gritar puto en Rusia


En 2017, con la Copa del Mundo afinando últimos detalles, Human Rights Watch denunció que, en la República de Chechenia, sujeto federal de Rusia, se había dado una brutal persecución de homosexuales. Policías y oficiales de seguridad persiguieron y encarcelaron a casi cien hombres, les tendieron trampas, los sacaron de sus casas, los pescaron en la calle, y los encarcelaron en un sótano por al menos doce días. Según una declaración de Tanya Lokshina, directora del Programa Human Rights Watch en Rusia, a esos hombres los llevaron a centros de detención donde fueron golpeados, electrocutados, sumergidos en tanques de agua y hambreados, con el fin de que dieran datos de otros hombres homosexuales y poder así acabar con todos. Docenas de los detenidos desaparecieron. Otros fueron regresados a sus familias, a quienes se dio la instrucción de cometer asesinatos de honor. Algunos murieron en manos de sus padres o de sus hermanos, se desconoce la cifra exacta. El Kremlin o se hizo de la vista gorda o apoyó la medida, depende a quién se lea. El caso es que, hasta abril de 2018, Amnistía Internacional reportaba que no se había detenido a una sola persona responsable de esta purga anti-gay. Human Rights Watch escribió a la FIFA y ésta, por una vez, se tomó las cosas muy en serio. En una carta firmada por Fatma Samoura, su Secretaria General, FIFA explicó a Human Rights Watch las medidas que emplazaría para evitar discriminación en los estadios y para asegurarse de que todos los aficionados, oficiales, periodistas y jugadores, fueran tratados de manera respetuosa e igualitaria, sin importar su orientación sexual.

Se entrenó en Diversidad y No Discriminación a los árbitros, a los coordinadores de eventos, a los oficiales de seguridad, a los voluntarios y al personal que vende alimentos en los estadios; se implementó un operativo de seguridad que impidiera entrar a los juegos con "material discriminatorio", lo que sea que eso signifique; y se implementó un monitoreo en los estadios, en colaboración con FARE (Football Against Racism in Europe), plantando observadores en las gradas para reportar incidentes y llevar a cabo las sanciones adecuadas. No defiendo a la FIFA, que respondió a presiones externas y lo hizo a regañadientes, pero al menos hizo la luchita. Entonces jugó México y no hicieron falta los agentes encubiertos, la afición azteca gritó a todo pulmón el quince veces sancionado ¡Eeeeee, Puto!

México dio la nota. Tanto en el marcador como en las gradas. Corrió en la tribuna el Cielito Lindo junto al grito infame. Los mexicanos gritaron ¡Puto! en Rusia, donde se ha reportado que existen grupos de "vigilantes" que cazan hombres y mujeres L.G.B.T. y los encierran en un cuarto, los golpean, los humillan, los graban y suben los videos a Youtube, sin que se les haga responsables por lo hecho. Los mexicanos gritaron ¡Puto! en Moscú, donde el empresario German Sterligov, dueño de cinco tiendas de comida gourmet en esa ciudad y otras tantas en San Petesburgo, colgó en sus establecimientos letreros de "No se permiten putos." Así, con el mismo término que usa la porra mexicana. Existe la falsa concepción de que ser gay en Rusia es ilegal; en realidad la homosexualidad fue descriminalizada poco después de la caída de la Unión Soviética, pero gays, lesbianas, trans y bisexuales son sujetos a discriminación, persecución y asesinato con frecuencia escalofriante y con pocas, o nulas, consecuencias para los perpetradores.

Se argumenta que es un grito inofensivo, que no es homofóbico, que la palabra tiene muchos significados, que responde a usos y costumbres, que es cuestión de humor negro, que lo que pasa en el estadio se queda en el estadio, que es una broma entre hombres. La FIFA y la Selección ya pidieron que no se grite más en los partidos. La afición defiende el ¡Puto! como no ha defendido la vida de los suyos contra el muro. No van a convencerme de que es un grito que no daña a nadie y yo probablemente tampoco los convenza de que lo encuentro impresentable.

Lo que podemos hacer juntos es sacar la cabeza del agujero y mirar alrededor, ver dónde estamos parados, entender que activistas rusos se juegan el pellejo ayudando a perseguidos a salir de Chechenia y luego de Rusia; que como en México, los derechos mínimos nadie los tiene garantizados y que esto es más grande que una peda en el estadio. Que vale la pena perder el alma en la cancha, no el cerebro en la tribuna.

Estuve en el Azteca en aquella final del Mundial Sub 17 en que los mexicanos ganaron por dos goles. Afuera del estadio vendían réplicas de la venda ensangrentada de la Momia Gómez y cómo no comprarlas, mi marido y yo entramos al estadio con el turbante bien calzado. Era la época en la que en Youtube circulaba el video de El Fua y al despeje del portero, en lugar de gritar ¡Puto! aquel año la gente gritó ¡Fua! Todos nos reímos. Todos gritamos. Nadie se ofendió. Esa es la inventiva de la porra mexicana.

Hoy es la marcha del Orgullo Gay en la Ciudad de México. Hoy ondean los arcoíris en Reforma y con suerte ondearán también el águila y el nopal si la selección sale adelante. Hoy caminan y bailan muchos que han oído ese mismo grito usado para denostarlos, que lo han escuchado cuando van por la calle de la mano de sus parejas. Hoy juega México y en lugar de estar pensando si Osorio va a volver a salir con el confiable 4-4-2, andamos con el nervio de que la afición grite otra vez ¡Puto! y la FIFA cumpla la amenaza de quitarnos los tres puntos.

Ay, Oswaldo, por qué te fuiste al Guadalajara.
JUNIO 22
Los cracks del insulto
por Antonio Ortuño
Quizá aún no hayan podido mostrar su mejor futbol en Rusia 2018, pero, para mí, los argentinos ya son los indiscutibles campeones del insulto, la queja y el denuesto. Y nadie en el mundo se les acerca en ese deporte. Mi reverencia para su genio.
"Enzo Pérez, hijo de ochocientas civilizaciones de rameras bíblicas, ¡cómo carajo vas a fallar esa! No tenés piernas: tenés dos pólipos benignos. Que alguien vele a cajón cerrado a ese muerto, carajo". La puntuación es mía, pero este desesperado exabrupto digno de Quevedo es obra del tuitero argentino llamado @SolitaireWolf_. Y este lobo no está nada solitario en sus diatribas: cientos o miles de argentinos como él han tomado las redes por asalto, cual hooligans ilustrados, para expresar su frustración ante el mal torneo que, hasta el momento de escribir estas líneas, está cursando su selección. Lo han hecho y, de paso, han dado forma a todo un subgénero de la invectiva: ese que, de ahora en adelante, debería ser conocido como "el insulto argentino".

No se andan con chiquitas los hinchas. No se conforman, como solemos hacer los mexicanos, con el chiste autoexecratorio o el meme graciosón. Porque su equipo, después de todo, ha sido dos veces campeón del mundo y un alto porcentaje de los aficionados al futbol en el planeta piensan que su estrella, Lio Messi, es el mejor jugador de este deporte en la historia. Es decir, que las expectativas de su participación en el Mundial eran altas y se están cayendo a trozos. Por otro lado, la tradición literaria argentina es una de las principales de toda nuestra lengua y su sombra inmensa se refleja en las calidad de muchas de las letras del viejo tango y el viejo rock de aquellos lares. Allí no hay novedad: si algo les sale bien a los argentinos es hablar y escribir. Combinemos, entonces, talento verbal con furia futbolera incontenible y obtendremos un resultado majestuoso.
Basta que la albiceleste salga al campo y las cosas no le salgan bien para que las redes, ante nuestros ojos, se repleten de mensajes incendiarios, escritos casi siempre en destempladas mayúsculas, letras que en la ortografía digital indican, siempre, gritos y bramidos. Entonces ocurre la magia. Y asistimos a la creación de frases como: "Higuaín: nave indistrial de canelones". O: "Higuían, cementerio de alfajores". O: "Higuían , vaciador de neveras", dedicadas a un delantero con tanta tendencia a ponerse corpulento como a errar ante la meta rival. O "Messi, cenicero de hormonas". O: "Messi, no te pido que resuelvas una ecuación". O: "Messi, una cuchara de plástico tiene más peligro que vos", dedicadas a la estrella del equipo. Y hay más. Para el entrenador existen reservas enteras de ponzoña: "Sampaoli, pelado mogólico, ponele vaselina a Caballero en la cabeza y metételo milímetro a milímetro en el orto". O: "Sampaoli, adobo putrefacto". O: "Sampaoli, tobogán de piojos, termita alérgica a la madera"... Llega el momento en que hay que detenerse, por risa o por admiración. Sí: la exasperación deportiva linda, de pronto, con el talento puro. Como si cada argentino albergara un Thomas Bernhard, un Fernando Vallejo, un Celine interior, presto a saltar a la yugular de su seleccionador y sus jugadores cada vez que sus esperanzas se ven defraudadas.

Basta con asomarse a tuiter para paladearlo. No, no se resistan. Leer estos mensajes es un placer contagioso, adictivo y tan feroz como sentarse a escuchar Death Metal del bueno o a contemplar cintas de horror en una noche tormentosa: "¿Cómo vas y empatás con Islandia, ese país inventado por Netflix?". O: "No podes perder con Croacia, un equipo que en vez de camiseta usa el mantel de mi abuela". O: "Caballero, fosa séptica de chinchulines".

Quizá aún no hayan podido mostrar su mejor futbol en Rusia 2018, pero, para mí, los argentinos ya son los indiscutibles campeones del insulto, la queja y el denuesto. Y nadie en el mundo se les acerca en ese deporte. Mi reverencia para su genio.
JUNIO 21
Demoler las barras y los barrotes
por Diego Rabasa
Sea como fuere, qué maravilla que México juega de local, sobre todo este México, el de los apaches al frente y los mariscales detrás, mas si por alguien debe jugar esta selección, si a alguien debe representar, no es a los mirreyes hijos de políticos, sino a los niños que hoy están enjaulados, separados de sus padres por cometer el crimen de huír de un país que vive con la bota puesta en el cuello de los desclasados y los obliga a transitar el infierno en pos de un futuro más digno.
En diciembre de 1985 la ONU adoptó la Convención Internacional contra el Apartheid en los Deportes que incluía una serie de medidas para estimular el boicot deportivo a la Sudáfrica racista. Una de las medidas que instrumentaron las Naciones Unidas, por ejemplo, consistió en elaborar una lista -y hacerla pública- de los deportistas que decidían, pese al boicot, competir en alguna gesta en territorio sudafricano o vincularse de cualquier forma a alguna institución deportiva de aquel país. No implicaba castigo alguno, pero constituía una fuerte presión moral que funcionó de manera contundente.

Cuando en los sesenta la Federación Sudafricana de Futbol propuso competir por un lugar en el mundial del '66 con un equipo de blancos, y en cambio permitir que para el del '70 buscaran su pase un equipo de negros, la FIFA no lo permitió.

A pesar de los escándalos de corrupción asociados tanto al Comité Olímpico Internacional como a la FIFA, ambas instituciones han desempeñado un papel político importante en diversos momentos de la historia. Es una pena que los Estados Unidos hayan quedado fuera del mundial, habría sido interesante ver qué papel adoptaban la organización del torneo o los rivales de los sobrinos del Tío Sam ante el repugnante acto de discriminación, el despliegue del fascismo más prepotente y a ultranza que las nuevas políticas migratorias de Donald Trump están llevando a cabo en nuestra frontera norte. Los audios de los niños encerrados en jaulas y centros de detención son simple y llanamente desgarradores. Arrancan de tajo cualquier capacidad de obnubilar el juicio sobre la realidad y nos escupen en el rostro lo peor que la humanidad tiene que ofrecer sin miramientos.

Es sabido que cuando México asiste a un Mundial, no importa si es en Rusia, Qatar o Brasil, juega de local. Decenas de miles de compatriotas se descuelgan como si fuera el Rollo en Semana Santa. Unos (varios) con estipendo al erario, otros con cargo a las tarjetas de crédito de sus generosos padres, unos más con ahorros y trabajos que acumulados en el cuatroenio que separa cada justa. El video que muestra al enorme locutor argentino Pablo Giralt narrando el gol del Chucky con el sonido ambiente le enchinaría el cuero hasta a Anaya: evoca una manada de leones rugiendo en un tunel. El problema viene cuando vemos cuáles son algunos de estos aficionados que con tanto fervor patriota asisten a apoyar a los muchachos. El hijo de Felipe Caderón, exhibiendo la inteligencia trilobítica de su estirpe, mostró una pancarta que decía "Si gana el Peje me quedo a vivir aquí". Las dudas que me había ocasionado la alianza con el PES se disiparon ante semejante motivación.
Sea como fuere, qué maravilla que México juega de local, sobre todo este México, el de los apaches al frente y los mariscales detrás, mas si por alguien debe jugar esta selección, si a alguien debe representar, no es a los mirreyes hijos de políticos, sino a los niños que hoy están enjaulados, separados de sus padres por cometer el crimen de huír de un país que vive con la bota puesta en el cuello de los desclasados y los obliga a transitar el infierno en pos de un futuro más digno. Hoy ese futuro se ha esfumado y en su lugar está el rencor y la franca estupidez de un tipo ínfimo e infame en cuyos complejos de inferioridad se está vejando el destino de millones de personas en todo el mundo.

Así que vamos muchachos, por ellos, por los chicos, a seguir adelante.

En la cancha, el toreno se ha abierto como loto. Casi todos los partidos han sido parejos y salvo esa enfadosa máquina con bronceado de luz artificial que es CR7, han sido pocos los partidos o los jugadores que han sonado las notas que la partitura les había conferido. El mundial tiene espíritu y fuelle. Las quinielas están en manos de los kamikazes o de los desentendidos. Se conjuran territorios inexplorados, nada más excitante.

Apd. Hablando de formas representativas, los aficionados de Senegal y Japón limpian su sitio tras ver el partido y en cambio circula la imagen de un mexicano simulando que "penetra" en el suelo la bandera alemana… no comment.
JUNIO 20
Nada de Verdeamarelha
por L.M. Oliveira
Mi amigo Guillermo, que vio conmigo tanto el juego de México como el de Brasil lo había advertido justo antes de que empezara el duelo contra Suiza y tras celebrar a grito pelado el triunfo sobre los alemanes: no hay felicidad completa. Claro que no, no si te pones la Verdeamarelha
Cuando era pequeño tenía supersticiones: por ejemplo, los sábados me escondía de mi madre al momento de salir a jugar futbol; nada podía ser peor a que me deseara buena suerte. Y es que si lo hacía sólo quedaba perder. Todo el camino a la cancha me lamentaba por la mala suerte que había echado encima mío. Y solíamos perder. Luego, la superstición se amplió a todo partido de futbol que me importara. Supongamos que iba a ver un Pumas vs. América y mi madre me deseaba suerte: pues perdían los Pumas.

En el mundial del 86 eliminaron el mismo día a México y a Brasil, que son mis dos equipos. Perdieron en tanda de penales. Yo era un niño y aquel día fue tremendo. Como usé la camisa de Brasil para ver los partidos, esa tarde decidí entre lágrimas no volver a usarla durante un partido mundialista. De todas formas, en 1990 nos eliminó Argentina, no puede haber peor derrota que frente a ellos, rivales acérrimos. Aún así mi temor supersticioso siguió vivo: nada de Verdeamarelha.

Mi decisión pagó frutos en 1994, cuando Brasil se levantó con la copa del mundo después de que Baggio mandó su tiro penal por las nubes. Recuerdo que aquella copa seguí religiosamente todas mis supersticiones: la ya mencionada de la camisa, que mi madre no me deseara suerte, no apostar a ningún marcador e incluso no decir públicamente quién creía que iba a ganar. Si lo decía y era el equipo de mis amores: perdía. Romario y Bebeto levantaron el trofeo. También Ronaldo, aunque creo que no jugó.
Cuatro años después, en pleno París, pese a que la final la disputaba Brasil, no pude contenerme y me puse la Verdeamarelha. Iba alegre por la fiesta mundialista y, por qué no decirlo, por todas las cervezas que el verano incita. Recorrí con mis amigos las calles entre miles de aficionados de les Bleus. No me miraban raro, se divertían y brindaban.

El resultado final de aquel partido fue apabullante: mi querido Brasil cayó derrotado por la Francia de Zidane 3-0. De vuelta en las calles, ante la marea azul que las colmaba, no pude más que quitarme la camisa, triste y humillado. Al final, entre la euforia y las cervezas, terminé celebrando en la plaza de la Bastilla como si fuera uno de ellos: ¡Allez les Bleus! ¡Allez les Bleus! Pero el corazón me quedó adolorido, lo supe, además, en medio de una resaca memorable. Regresé a la superstición, pese a que ya era estudiante de filosofía y un filósofo supersticioso nunca pinta bien.

Aunque Brasil se volvió a coronar en 2002, decidí no comprarme una nueva camiseta de la selección pentacampeona. Las que tengo en el guardarropa apenas tienen cuatro estrellas. El domingo pasado, después del gran triunfo de México, confiado en el cambio de aires, me quité la camisa blanca con dos franjas horizontales y me puse la azul que usó Romario. El resultado es público: Brasil empató con Suiza, Neymar salió tocado y el árbitro, con todo y VAR, que no usó, dejó que subiera al marcador un gol obviamente inválido, por la falta sobre Miranda: "eso me pasa por volver a ponerme ese maldito uniforme", pensé. Mi amigo Guillermo, que vio conmigo tanto el juego de México como el de Brasil lo había advertido justo antes de que empezara el duelo contra Suiza y tras celebrar a grito pelado el triunfo sobre los alemanes: no hay felicidad completa. Claro que no, no si te pones la Verdeamarelha.
JUNIO 19
Felicidad efímera
por Guillermo Fadanelli
En la actualidad el mundial de futbol es una máquina de producir felicidad y adicción, cama en las nubes, belleza que se expande como epidemia. Sí, pero a condición de que la felicidad sea efímera, puesto que tal es su naturaleza
Dedicaron su vida a confeccionar máquinas para producir felicidad. ¿Quiénes? Un puñado de pensadores del siglo XVIII, entre ellos Helvétius, Bentham y algunos otros locos ilustrados. "No me importa que sean viciosos, mientras que sean inteligentes." Afirmaba Helvétius. Los legisladores deben construir las cercas y los establos para que dentro paste el ganado humano, tranquilo y amansado. Se trataba de utopías políticas. Un siglo después los alemanes edificaron máquinas para construir castillos abstractos e inalcanzables. En la actualidad el mundial de futbol es una máquina de producir felicidad y adicción, cama en las nubes, belleza que se expande como epidemia. Sí, pero a condición de que la felicidad sea efímera, puesto que tal es su naturaleza. Uno no es feliz cuando está dormido (aunque anoche me soñara sumido en una orgía con una sola mujer, una sola: y la orgía no terminó hasta que abrí los ojos y me encontré con la orgía real y contundente, es decir con el mundial de Rusia 2018 que esta vez me ha obligado a despertar a horas poco recomendables para un hombre que desea holgazanear). El equipo de México le receta un gol a Alemania jugando uno de los mejores primeros tiempos de su historia. En la segunda mitad del partido impera la desesperación alemana y las jitanjáforas o germanías del entrenador colombiano Osorio, creador del realismo mágico en el balompié. Cae el campeón del mundo ante el modesto equipo mexicano. Y a celebrar.
La ausencia de una casa -o un país seguro- donde organizar la fiesta, o a donde volver después del aquelarre torna la hazaña, el triunfo, un poco más efímero y triste. "Los pobres, tienen equipo, pero no tienen país", diría yo, pero incluso me resultaría a mí mismo antipático. Hay que saber separar la recámara del baño. Mi admirado Charles Bukowski, uno de los mejores escritores del género cómico, exclamó en una entrevista que odiaba a las multitudes porque le hacían perder energía. Esas multitudes se lo chupaban, lo exprimían y lo dejaban como a un níspero seco. Es normal, las aglomeraciones se levantan sobre los cadáveres del individuo. Me sucede algo similar que a Carlitos y por eso yo veo el futbol tirado en la cama o acompañado por amigos frente a una pantalla. Pasaron los tiempos en que acudía a un estadio. El día que me vean abrazar a un desconocido después de un gol del Pipita o del Chucky Lozano, puedes comenzar a destriparme.

Ver jugar a Ronaldo es un privilegio, pero si uno sólo se concentra en él (como en Messi) entonces es que tiene anteojeras o es un fanático sin recursos que sólo quiere asesinar su aburrimiento. Portugal le empató a una selección española de un alto nivel mecánico; pero a ello también contribuyeron otros jugadores de calidad probada, como Guedes, Guerreiro, Carvalho y Bernardo Silva (aunque éste no conservó el nivel que muestra en el Manchester City); e incluso Quaresma y Andrés silva que acudieron a la cancha ya cuando el partido languidecía. El campeón de la Eurocopa 2016 irá en ascenso durante este mundial al igual que Brasil (desde mi punto de vista la plantilla más intimidante del mundial) aunque contra Suiza haya jugado sólo quince minutos. Y sigan a Bélgica y a Croacia. Apenas estamos comenzando, sin embargo elegiré sólo algunos partidos para concentrarme en ellos y practicaré la distracción saludable; de otro modo, si ejerzo la glotonería y muero de indigestión futbolera dormiré dentro de una lata de atún y me venderán en el súper mercado. La FIFA ha tomado el papel de la ONU y en el futuro convocará al mundial a todas las naciones del mundo; por fortuna, estaré bajo tierra y no tendré boleto para otro disneylandia étnico y mediático cuyos fines son más económicos que éticos. No me olvido que la selección mexicana ha ganado a Alemania, y ello es noticia mayor y hazaña histórica en el futbol, aun sin que contemos en México con una casa segura donde celebrar y los asesinatos impunes afloren en esta temporada de elecciones. Pero quien comience a tañer las campanas desde ahora terminará, quizás, agotado y deprimido. Recuerden que el mundial es hoy una máquina de producir felicidad pasajera.
JUNIO 18
Por el amor a perder
por Rodrigo Márquez Tizano
Estoy seguro, esta victoria histórica no sólo formará parte de nuestra memoria colectiva, sino que, además, será un antídoto para aplacar esa manía que tenemos de perder por adelantado. Ayer la selección mexicana traicionó nuestra hambre de derrota. Linda traición esa que la luz potente, cegadora, no nos deja anticipar
En una entrevista transmitida por ESPN el 11 de junio, David Faitelson discute con Javier Hernández sobre las posibilidades del combinado mexicano en Rusia 2018: "Tu hablas de ser Campeón del Mundo, Javier, pero, vamos pongámonos serios, México no está para Campeón del Mundo", dice el comentarista, terrenal, ante la mirada de Hernández, primero atónita y luego enfurecida, o enfureciendo, de 0 a 100 en apenas tres segundos. "Y por qué no podemos ser el Grecia de la Eurocopa, el Leicester de la Premier?", responde el 14, mientras se apropia del micrófono y revira el inquisitorio. "Imaginémonos cosas chingonas, carajo, imaginemos, échenle, ¿por qué no podemos pasar en primero de grupo?". A lo que Faitelson, como un buda hinchado pero igualmente famélico, sentencia: "Por Dios, Javier, ¿en primero? Alemania tiene el grupo asegurado". No nos engañemos: hoy todos somos Zague y le decimos de vuelta Profe a Osorio - casi imitando ese acento dulce del eje cafetalero-, y HH nos parece más guapo que Oribe, pero hace apenas apenas dos días no éramos más optimistas que aquel Faitelson que suda el maquillaje bajo las luces de un set.

Mis primeros recuerdos de la selección mexicana en un Mundial: Centro de Galindo al 87, desde la banda derecha, con el marcador en contra por la mínima, un balón dividido que le cae a Ramón quien amaga una, dos veces, y ya con la defensa noruega encima y el ángulo de tiro reducido, decide centrar para la cabeza loca de Zague. El poste. Claudio recupera un balón en el mediocampo irlandés y cede a Luis García, que ha bajado hasta el círculo central para participar de la jugada, luego el toque retrasado de Hermosillo para que el mismo García la mande a guardar. Otra vez Hermosillo como torre y sujeción, y Marcelino, luego de amagar ligeramente con la zurda para sacarse la barrida de Signori, se acomoda la pelota con la diestra y conecta, a media distancia, apenas un par de metros luego del límite del área grande, el alambrazo que va a alojarse en un resquicio del arco que defiende Marchegiani. Balakov coloca el balón sobre la mancha de cal: luego camina hasta la media luna, mira un segundo hacia las tribunas, después al balón, otra vez a las tribunas o quizá a algo que está detrás de ellas, imperceptible, hace todo lo posible por no mirar la portería, por no delatar la trayectoria de su disparo, y finalmente arranca, con el impulso, y cruza el cuero hasta ese punto que nadie, salvo Campos, sabe cuál es. El cansancio, la sed, el sol tremendo de Nueva York en verano. Los tiros que el mismo Bernal, el Beto y Jorge Rodríguez cedieron. Los cambios archivados de Mejía Barón. Almaceno con cierta nostalgia los peores momentos que mi filiación futbolera me ha hecho pasar aunque ahora, al enumerarlos y mezclarlos de manera aleatoria con los buenos y también con los menos malos, sin apenas otro orden que el cronológico, caigo en cuenta de que la nitidez de las pequeñas victorias es insuperable, por más que la brújula de la memoria haya sido siempre calibrada por el fracaso y sus tenebras.
El derrotismo no es un cálculo histórico sino predictivo. En la memoria compuesta del aficionado rara vez aparecen primero los resabios de las derrotas pasadas porque, antes que cualquier otra cosa, desfilan las derrotas por venir. Casi como un trámite. Casi como el partido de ayer: una goliza de trámite. Como oráculos de nuestra propia desgracia, nos anticipamos a los hechos. Así, por el amor a perder. Un amor, por cierto, correspondido casi siempre por las circunstancias.

Nadie pudo haber presagiado una victoria como la que el día de ayer consiguió la selección mexicana frente a Alemania, salvo los mismos jugadores. Nadie pudo anticipar las verticales afiladas del Chucky, su frialdad para recortar a Özil y herir a Neuer en su propio palo. Nadie imaginó que Herrera y Guardado, recién recuperados de distintos males, saldrían a hacer del mediocampo un cuadrado íntimo, diminuto. Nadie pensó que Vela, al que se suele acusar de apático, tendría los arrestos para dejar que su clase le saliera por las grietas. Quizá Osorio, pero nadie más. Tribuna y prensa llevamos escuchando durante meses esa cantaleta de "México, Campeón del Mundo", como una especie de eslogan ideado en las libretitas de espiral, una frase escrita con plumas de dos colores que no tenía cabida en otro mundo que no fuera ese en el que el colombiano es amo y señor, el de las ideas rotatorias al ras de un césped que por lo general suele "traicionar" las ilusiones del aficionado. Pero rara vez reparamos en que no se puede traicionar lo que ya se ha dado por perdido. Lo que tal vez nunca existió. Apenas comenzamos este recorrido, cierto, pero si había una mejor forma de comenzar nadie la imaginó tampoco. Porque si alguna vez nos traicionó este equipo fue ayer, cuando no había un solo mexicano que, en el fondo, no se sintiera derrotado de antemano. Y estoy seguro, esta victoria histórica no sólo formará parte de nuestra memoria colectiva, sino que, además, será un antídoto para aplacar esa manía que tenemos de perder por adelantado. Ayer la selección mexicana traicionó nuestra hambre de derrota. Linda traición esa que la luz potente, cegadora, no nos deja anticipar.
JUNIO 17
En el futbol la pregunta no es quién lo hizo sino quién va a hacerla
por Paulette Jonguitud
Quiero pensar en CR7 y no en polonio 210, quiero saber cómo llegan los ingleses a la Arena Volgograd en lugar de leer que Reino Unido expulsa a diplomáticos rusos por un supuesto ataque con un gas nervioso. Un merecido descanso del mundo nos llega cada cuatro años y, en colectivo, vamos a aprovecharlo
La puerta de su departamento estaba abierta. Luke Harding, periodista inglés del diario The Guardian, llevaba tres meses en Rusia encargado de la oficina de esa publicación en Moscú, cuando una noche al regresar a casa vio que la puerta no tenía echado el cerrojo. Pidió a sus hijos que esperaran en el pasillo y entró solo. Recorrió el espacio con la mirada: ropa de los niños sobre los sillones, juguetes en la mesa, libros en el piso esperando la compra de un librero; todo como lo habían dejado horas antes. Caminó hasta la habitación de sus hijos y sintió un temblor helado subirle por las manos. La ventana estaba abierta. No emparejada, no se había quedado mal cerrada: estaba totalmente abierta. Si algo sabía Harding era que esa ventana no se abría nunca, siendo padre de dos niños pequeños tenía muy claro el peligro de que uno de ellos cayera hacia su muerte desde el décimo piso en el que se encontraban. Los seguros blancos que él mismo había instalado sólo podían liberarse desde dentro. Aun así: la ventana estaba abierta.
¿Nos robaron?, preguntó uno de los niños.

Harding iba a revisar el resto del departamento cuando un ruido llamó su atención. Sobre una mesita encontró una vieja grabadora dentro de la que giraba la cinta de un casete. Los niños seguían afuera. Su esposa estaba de viaje. La cinta silbaba en el silencio invernal del departamento moscovita. Aquel casete duraba media hora por cada lado. Supo así que los intrusos acababan de marcharse.

No era un allanamiento común, todo estaba en su sitio, no faltaba ni un centavo de los miles de dólares en efectivo que Harding guardaba con descuido en el cajón de la cocina, junto a las espátulas. Los intrusos habían estado ahí para hacerle llegar un mensaje: podemos entrar cuando queramos; podemos volver cuando nos dé la gana. Habían entrado por la puerta principal y quizá escondido algunos micrófonos en el departamento. Para Harding eso era lo de menos, incluso hasta lo esperaba, pero habían entrado al cuarto de sus hijos; habían estado entre sus camas y liberado los seguros de la única ventana en esa habitación. Harding comprendió el perverso simbolismo de aquel acto. Mensaje recibido. Días antes su nombre había encabezado un artículo en The Guardian que el gobierno ruso encontraba muy incómodo y aquel allanamiento, supo, era su respuesta. Este pasaje es el inicio del libro Mafia State, en el que Harding narra su experiencia como periodista en Moscú, bajo un régimen que opera con sus propias reglas; los hechos que describe en el texto hacen pensar en el novelista Raymond Chandler, a la rusa, con Luke Harding jugando el papel del detective y de la víctima, un investigador como Philip Marlowe pero con dos hijos y una esposa que se juegan la libertad y hasta la vida.

De Rusia suelen llegarnos noticias a la Chandler donde lo que está en riesgo es el pellejo de mucha gente; espías encubiertos que cruzan informaciones en la banca de un parque; falsos culpables; ex oficiales envenenados con tazas de té radiactivas. Sin ir más lejos, en mayo de este año y con la Copa del Mundo a punto de empezar, se difundió el caso del periodista ruso Arkady Babchenko, disidente y exiliado en Ucrania, cuya muerte a la entrada de su casa, víctima de un asesinato con todas las trazas de haber sido llevado a cabo por profesionales, fue anunciada en la prensa internacional y pronto circularon fotos de Babchenko desplomado boca abajo en el charco de sangre resultante de tres balazos en la espalda. Nadie dudó de la veracidad de esa noticia. El asesinato de periodistas es acontecimiento común en tierras rusas, aunque no tanto como en suelo mexicano. Con la noticia del atentado contra Babchenko, todos recordamos la muerte de la periodista Anna Politovskaya, en 2006, asesinada cuando entraba a su edificio en Moscú. Sólo que en este caso la cosa se pone chandleresca, o más aún, sherlockiana, pues unos días después del anuncio del asesinato de Babchenko y cuando el Primer Ministro de Ucrania había señalado al gobierno ruso como posible culpable, el servicio de seguridad ucraniano convocó a una rueda de prensa para dar detalles del atentado en contra de Babchenko y quién sino él mismo, vivo, calvo y vestido con una sudadera negra con la leyenda journey (casual indicador de su travesía de la vida a la muerte y de regreso) apareció frente a las cámaras ante los gritos de sorpresa de los periodistas que tenían frente a sí a un colega cuya pérdida ya todos habían llorado. En esa conferencia escucharon a Babchenko explicar que el gobierno de Ucrania había descubierto una conspiración para matarlo y habían decidido fingir su muerte para capturar al asesino; Babchenko se cubrió el pecho de sangre de cerdo, dejó que le pusieran coágulos de la misma sangre en los agujeros de la camiseta y se acostó en el charco previamente preparado a que le hicieran la foto que todos hemos visto: su cuerpo tirado en el suelo con tres agujeros en la espalda. La operación resultó en el arresto de dos personas, hasta el momento en que escribo esto. Ante la ola de críticas y cuestionamientos éticos sobre fingir la muerte de un periodista, el Primer Ministro de Ucrania admitió, según un artículo publicado en The Guardian, que el engaño había podido herir la susceptibilidad de algunas personas pero que incluso Sherlock Holmes había fingido varias veces su muerte para resolver los crímenes más complejos. Babchenko fue también muy criticado por sus colegas quienes le acusaron de desvirtuar la lucha del gremio por detener los crímenes en su contra y él contraatacó diciendo: me avisaron que iban a matarme y yo hice lo necesario para sobrevivir.
A mí, que soy lectora de a pie y no sigo las noticias rusas más allá de las que alcanzan titulares de este lado del mundo, hasta hace unos días al pensar en Rusia me venían a la cabeza Babchenko y Luke Harding; tazas de té contaminadas con polonio 210; persecución a disidentes; posibles golden showers y, sobre todo, aquella reunión en Trump Tower que desató la investigación que le costó el puesto a James Comey, ex director del FBI. Todas estas historias de persecución en las que la gente real es la que se desploma.
El mundial todo lo cambia y si no lo cambia, lo suspende

Con la ceremonia de inauguración la historia se desdobla, se divide en dos rutas paralelas; por un camino corren las noticias que nos duelen y por el otro avanzan los misterios de noventa minutos que a todos nos apasionan y en los que nadie, o casi nadie, muere. (Escribo esto y pienso en el colombiano Andrés Escobar en el 94) Misterios en los que está en juego el sudor y la esperanza colectiva, no las libertades políticas, los derechos humanos o la vida de los niños. Y eso se agradece. Al menos yo, en este verano de pesadilla mexicana, quiero escuchar salir de Rusia historias de campeones de goleo y si hay sangre que sea en la ceja de Raphaël Varane por un cabezazo defensivo o en los muslos del seleccionado iraní Ramin Rezaeian por una barrida fuerte pero necesaria.

Quiero pensar en CR7 y no en polonio 210, quiero saber cómo llegan los ingleses a la Arena Volgograd en lugar de leer que Reino Unido expulsa a diplomáticos rusos por un supuesto ataque con un gas nervioso. Un merecido descanso del mundo nos llega cada cuatro años y, en colectivo, vamos a aprovecharlo.

Nadie va a convencerme de que el partido España-Portugal no fue el más hermoso de los misterios, con su prólogo que me enganchó en la historia de un técnico despedido días antes del mundial. En el futbol la pregunta no es quién fue sino quién será. Apenas al minuto cuatro vimos a Ronaldo caer frente al defensa español Nacho Fernández, quien se llevó las manos a la cabeza en ademán de estas piernas no son mías. Se le concedió un penal al portugués y lo cobró con la arrogancia del detective Philip Marlowe entrando a un bar a media noche; consiguió el primer tanto para su país y el cuarto gol en el camino mundialista de Cristiano. A estas alturas yo ya había olvidado todas las noticias salidas de Rusia en los últimos diez años y sólo pensaba en Diego Costa en el minuto veinticuatro, engañando a toda la defensa portuguesa y emparejando el marcador. Las fuerzas en el campo se equilibraron y al filo del medio tiempo un balón se le escurrió al arquero español entre las manos. 2-1 portugués y Rusia, para mí, ya no se extendía más allá de aquel estadio en donde el portero español quedó en cuatro patas en el campo y yo sentía su desplome. Regresando del descanso, Costa marcó para España y ahí iban mis nervios para arriba con las manos de Fernando Hierro quien, como buen protagonista de un misterio, tuvo que entrar en una historia que a él no le tocaba. Entonces vino Nacho Fernández a cerrar su hilo de subtrama y pagar la que estaba debiendo con el 3-2 para España. La vuelta de tuerca fue a dos minutos del final, cuando Cristiano resolvió el caso con un tiro libre: adiós, muñecos, y un balón que libró las cabezas de los defensores españoles. Una aventura deliciosa. Un antídoto. Un refugio. Una persecución donde lo único que sangra son las rodillas contra el pasto.
JUNIO 16
Elogio del juego indiferente
por Antonio Ortuño
Lo que más disfruto del Mundial es justamente lo que otros, esos fanáticos de espuma en la boca y manos crispadas, odian: los juegos de primera ronda en los que no te importan los contendientes
Uno de mis primeros recuerdos del Mundial proviene de España 82. En una de las semifinales, Francia y Alemania empataron 3-3 y se fueron a penales. Aquel juego es merecidamente famoso. Alemania se fue abajo en los tiempos extra 3-1 y empató con uno de sus acostumbrados alardes de espíritu guerrero. En los penales sobrevino el drama. Stielike, de Alemania, falló un lanzamiento. La cámara se quedó fija en sus lloriqueos. Mientras, Francia erraba a su vez, fuera de cámara (el portero Harald Schumacher, que durante el partido agredió impunemente al delantero galo Battiston, se vistió de héroe, tapándole tiros a Six y a Bossis). Ganó Alemania, al final. De tanta tensión como había en el aire, me puse a llorar como un bendito: estaba por cumplir seis años. Las selecciones de Alemania y Francia nunca me han simpatizado, pero el drama de la cancha me poseyó. Rara vez he llorado tanto, en el resto de la vida, por cosas que de verdad me importaran.

Quizá por las secuelas de aquella tragedia, abomino de los juegos importantes: los de mis equipos y los de eliminación directa. Los veo, si no me queda más remedio, callado, resignado y sufriente, como si se tratara de una penitencia. Estoy convencido de que cada eliminación de México en octavos de final, Mundial con Mundial, me cuesta al menos un año de vida en sobresaltos, amarguras y depresión. Fuera de mi selección, mi afecto está con España, el país de mi madre. La final de Sudáfrica 2010 la vi pasar ante mis ojos como ha de haber visto San Juan ocurrir el Apocalipsis en su isla de Patmos: desencajado y tembloroso. En los tiempos extra no pude más y me salí a dar vueltas a la calle (unos vecinos, que le iban a Holanda, daban tanta lata con sus gritos que aquello hubiera podido acabar a golpes). El golazo de Iniesta con que España triunfó lo vi en la tele de la miscelánea de la vuelta y lo celebré, antes que nadie, con don Pacho, el tendero.
Por eso lo que más disfruto del Mundial es justamente lo que otros, esos fanáticos de espuma en la boca y manos crispadas, odian: los juegos de primera ronda en los que no te importan los contendientes. Por eso me la pasé de fábula mirando la paliza de Rusia a Arabia Saudita en el juego inaugural. Y por eso me entusiasma tanto la posibilidad de asomarse a los juegos de Australia, Irán, Corea del Sur o Islandia, repletos de jugadores que nunca volveremos a ver. A veces suceden en ellos cosas admirables: si nadie ha visto el gol que Said Al Owairan, un saudirárabe, le anotó a Bélgica en el Mundial de 94 (uno de esos cotejos que harían que pusiera morrito de asco un "conocedor"), se los recomiendo muchísimo. Búsquenlo en Youtube. Es el hermano gemelo del gol de Maradona a Inglaterra en México 86 pero quizá sea más plástico aún. Puro arte elusivo y vertical. Y sin hacerme padecer ni un segundo. Ya suficiente tengo con lo que me hace sufrir el equipo tricolor.
JUNIO 15
El juego contra la meritocracia
por Diego Rabasa
El mundial es un estado de excepción y uno puede permitirse despojar un poco el sentido común de la mente y renovar nuestra conmovedora adicción al desazón
Una de las grandes trampas sobre las que descansa el sistema de dominación social y político contemporáneo tiene que ver con su muy perversa idea de lo que es la justicia. Meritocracia, es el término que acuñan los barones del capital para explicar el orden de las cosas. En un mundo tan lleno de posibilidades, si uno está jodido, es seguramente porque así lo desea (se lo merece, pues). Hay muchos ejemplos de personas que han logrado salir de la miseria o la ignominia: ¿quieres salir de tu ghetto de pobreza y/o mediocridad? ¡Muy fácil! Sólo tienes que jugar futbol como Messi o rapear como Jay Z. ¿Quieres volverte putrimillonario de la noche a la mañana? No esperes más, sólo es necesario tener una idea como la de Mark Zuckerberg. Es precisamente esta idea, la de meritocracia, la que empuja las agendas de "desarrollo social" de los nuevos paladines del neoliberalismo: curiosa trampa del destino, al igual que con la dupla Thatcher-Reagan, son una mujer (Theresa May) y un cretino histriónico (Donnie T) los que vuelven a la carga, meritocracia por delante, para lavar las culpas de los potentados: vivimos, nos dicen, en un mundo en el que cada quien tiene lo que se merece.

Un artículo titulado "Meritocracy: the great delusion that ingrains inequality" publicado el 20 de marzo del 2017 por el periódico The Guardian, ataja el tema y nos muestra cómo uno de los instrumentos de los que se ha valido el sistema antes referido para cancelar sus contrapesos ha sido, como ya nos advertía Orwell, la manipulación conceptual.

En los cincuenta, nos recuerda la autora Jo Littler, el término "meritocracia" se usaba para condenar un sistema que ya perfilaba su obscena y criminal distribución de la riqueza. "¿Por qué alguien querría vivir en un mundo en el que se premia a los que más tienen, a los que más han tenido, en detrimento de los que nunca han tenido si quiera la oportunidad de tener algo?", se preguntaba entonces el sociólogo Alan Fox. Hannah Arendt, decía a su vez sobre la meritocracia que ésta "cancela el princpio de igualdad de la misma manera que lo hace la oligarquía". Hoy es uno de los términos favoritos de los neoliberales: meritocracia: el mundo ideal en el que uno es el capitán de su propio destino.

Todo esto viene a cuento porque el futbol se ha convertido, de unos años para acá, en uno de los hobbies preferidos de los oligarcas. Y aunque el juego establece condiciones equitativas para todos, las bases de la competencia son todo menos parejas. El Real Madrid y el Leganés obedecen el mismo reglamento y, bajo una óptica muy semejante a la planteada en términos sociales, se sugiere que ganará el partido el equipo que reuna mayor mérito entre sus jugadores. En este terreno, en el del futbol de clubes, es donde uno puede ver lo aberrante del argumento en toda su dimensión. ¿Compiten los equipos en igualdad de circunstancias? Por supuesto que no. No es lo mismo un modesto club que es operado por una cooperativa local, que uno operado con capitales que se obtuvieron a partir de prácticas mafiosas (como es el caso de casi todos los grandes clues del mundo).
Salvo honrrosas excepciones (como aquella maravillosa épica del Leicester City) y leves matices en el futbol no gana el mejor sino el que tiene (o invierte más dinero).
El Mundial de Futbol escapa de cierta forma a esta lógica. Uno de los grandes favoritos es Brasil, un país secuestrado por una clase política que descabezó el proyecto socialista que lo gobernaba, lastrado por unos índices de pobreza y criminalidad alarmantes incluso para estados fallidos como México. Uruguay puede competir en cualquier campo, cualquier día con Alemania. Costa Rica se metió a cuartos de final en el mundial pasado. Y no es del todo descabellado pensar que la Conmebol pueda meter el mismo número de equipos a la fase de cuartos de final que la UEFA. Lo fascinante de este torneo tiene que ver con que se desenvuelve en una especie de marco atemporal que justifica un periodo de excepción para todo: lo mismo para las horas en las que uno puede comenzar a beber sin ser lapidado por la culpa, que para la hipócrita idea de meritocracia deportiva que solemos observar en los torneos de clubes. Son las grandes historias las que definen los mundiales y las de éste comenzaron a escribirse incluso antes de la patada inicial.

España corrió a su técnico por su actitud frívola y desleal unos días antes del arranque y se creó un caldo de cultivo para una gran historia en donde los jugadores pueden demostrar que es más importante la autogestión y el autogobierno que la dinámica vertical de control de grupo. Estoy convencido de que España será uno de los mejores equipos del mundial y quizá a través de esta épica, los españoles (y de paso los no españoles también) podremos recordar lo que la acción colectiva puede hacer ante la adversidad.

El chico consentido del futbol mundial, Mohamed Salah, sucumbió ante la marrullería del mejor central del mundo (Sergio Ramos) y puso en riesgo su participación en la Copa. Hoy se anuncia que mañana alinea contra Uruguay y ofrece a la gente de un país que sufre, Egipto, la posibilidad de reclamar su derecho a la alegría y, por qué no, a la esperanza.

Y ya para terminar, no podía soslayar un comentario sobre los nuestros. Siempre asincopados, los representantes mexicas vuelven a demostrar que el timing es una molécula que brilla por su ausencia en el ADN nacional. Quizá conscientes de que no habría muchos motivos para festejar después, los nuestros se entregaron a los ardides de Baco antes. Es un lugar común decir que las crisis también son oportunidades. Pero a qué más podemos arrimarnos ante una selección tan flemática, carente de personalidad, chata e indescifrable como la nuestra sino a insulsos manantiales de fe. Pero ya decíamos que el mundial es un estado de excepción y uno puede permitirse despojar un poco el sentido común de la mente y renovar nuestra conmovedora adicción al desazón. Para despecharse como los dioses de la tragedia exigen, primero hay que aprender a cancelar la realidad a través de una creencia no justificada. Y ahí vamos otra vez como cada cuatro años. Corriendo rumbo al muro con la idea, tácita o explícita, de que ahora sí la Historia nos paga todas las que nos debe: el domingo empatamos: he dicho.
JUNIO 14
¡A llorar!
por L.M. Oliveira
Durante el mundial resultará que pejistas, priistas y frentistas celebran juntos los goles de la selección. No digo los dirigentes, digo la gente, las familias. Detesto el nacionalismo, porque en general es nocivo, pero hay cierto orgullo propio que es necesario para enfrentar la vida
Unos dicen que el futbol es el opio del pueblo, que distrae de lo importante, que embrutece la mente de las personas y ayuda a que marchemos como ovejas tras las consignas de líderes maléficos: "quien ve futbol no piensa", desdeñan el entretenimiento "simplón" de la pelotita. Si escucháramos ópera, me imagino que argumentan, sería distinto: sopranos y tenores son alta cultura, no los cabezazos ni las chilenas.

Pero no es tan sencillo clasificar la altura de los placeres: John Stuart Mill creía que era posible y ofreció una prueba bastante mala. Y, claro, desde que la propuso en su libro sobre el utilitarismo, le llovieron críticas. Los europeos del siglo XIX como él, eran muy duchos para desdeñar las culturas de los demás. Los ingleses victorianos despreciaban como "primitivas" todas aquellas costumbres que se topaban en sus viajes de colonización. Con lo dicho ¿no les parece ridículo que parte de "la izquierda progresista" del siglo XXI actúe como inglés decimonónico y desprecie el mundial de futbol? Es curioso que no vean que ser "izquierda progresista" y desdeñar las costumbres de los demás es una contradicción. La izquierda es inclusiva o no es izquierda.

El futbol no está ligado con la desigualdad y la falta de crecimiento. Se puede ser un país futbolero y tener altos índices de desarrollo: Alemania, Francia, Italia, España son buenos ejemplos. El problema es ser tan miope como para creer que la costumbre de ver futbol es responsable, aunque sea en parte, del estado de cosas en el que vivimos. Además, ante las campañas políticas y esta realidad tan sórdida, lo único que muchos queremos es que empiece a rodar la pelota. Y no porque seamos incultos, indiferentes a la realidad, faltos de civismo, sino porque las campañas han sido una vergüenza y la violencia es una pesadilla que no queremos seguir pensando. ¿Por qué no vamos preferir sentarnos a ver un partido contra Alemania, que ver las amargas noticias o los insulsos debates? Al menos en el mundial tenemos la esperanza y la posibilidad (baja, pero posibilidad al fin) de ganarle a los brasileños. En la vida cotidiana sólo avistamos los fracasos de una sociedad que no cree en sí misma y se descompone ante el individualismo de casi todos.
Ya verán que durante el mundial resultará que pejistas, priistas y frentistas celebran juntos los goles de la selección. No digo los dirigentes, digo la gente, las familias. Detesto el nacionalismo, porque en general es nocivo, pero hay cierto orgullo propio que es necesario para enfrentar la vida. Si algo nos podrían enseñar los jugadores del tricolor es que es posible estar orgullosos de esforzarnos, de mirar al rival a la cara, de jugar con enjundia. Se puede perder con la cabeza en alto y también se puede ganar como cobardes. Depende de la forma en la que luches en la cancha y eso, luchar, depende de nosotros. La vida es lo que hacemos de ella.

Por supuesto que la FIFA, Putin, la Federación Mexicana de Futbol, las televisoras, las marcas de cerveza, de refresco, de lo que ustedes se imaginen, tienen intereses económicos y políticos en el juego. ¿Eso lo ensucia? No lo sé. Es fácil idealizar el deporte amateur, esa pasión y entrega por el mero placer de la competencia, y a partir de ahí juzgar el futbol profesional, lleno de intereses. Es fácil querer que los futbolistas sean seres humanos admirables que pregonen la humildad y el juego limpio. Yo preferiría que los futbolistas no fueran nunca tan soberbios como Cristiano Ronaldo, ni consumidores de prostitución como, se dice, nuestros seleccionados. Pero eso lo preferiría no sólo de los futbolistas, lo prefiero de cualquier persona. No me parece que tengamos que juzgar a los futbolistas con un criterio distinto. Son personas millonarias y famosas, pero personas al fin.

El futbol, como muchos otros deportes, enseña a esforzarse, a desarrollar el cuerpo y la concentración, a jugar en equipo, a triunfar y a perder. Distraerse unas horas no es distraerse de lo importante. Es más, el futbol puede ser absolutamente político: el doctor Sócrates, por ejemplo, lideró al Corinthians a ponerle cara a la dictadura brasileña. Revisen lo que fue la democracia corinthiana. Puedes escuchar ópera todos los días y ser un cruento dictador, y puedes dedicar el día a ver partidos de futbol y ser un luchador social. No es el futbol el culpable de nuestro talante moral.

¡Que ruede la pelota! y sea un mundial de juego abierto, de remontadas tremendas y de goleadas aleccionadoras. Que los jugadores lloren en la cancha el día de su eliminación y que lloren los campeones. A llorar señores y señoras, que el futbol es hermoso.