El Tepito de Cuauhtémoc

Por Santiago Cordera




Alfonso Hernández nació en Tepito. Es el cronista del barrio y un hojalatero social, como se describe a sí mismo. En la actualidad dirige el Centro de Estudios Tepiteños, en donde enseña a los chicos a describir la barriada folclórica que los ve crecer.


En Tepito no sobrevive el que más dinero tiene, o el más valiente, o el más alto, o el mejor peleador, o el más vago, o el más violento. Sobrevive el que mejor se adapta al barrio.


Cuauhtémoc Blanco es uno de ellos. Nació en un lugar sui géneris, rodeado de personajes como la reina del albur, Lourdes Ruiz; o como Las Gardenias, un equipo de futbol compuesto por travestis y transexuales que cada 4 de octubre le rinden un homenaje a San Francisco de Asis y encueran a sus oponentes en la cancha, después de motivarse con unos tequilas previos al encuentro, ante la mirada de los tepiteños. Ahí, en ese barrio en el que la piratería reina y las marcas originales se camuflajean con la imitación, en donde los olores a tacos, quesadillas, tortas, garnachas, penetran los sentidos y activan los gustos embrutecidos y culposos, en donde Doña Queta limpia todos los días y mantiene en buen estado el altar local a la Santa Muerte, en donde se puede comprar de todo, desde un rifle de origen ruso llamado kalashnikov, pasando por una botella de Blue Label Johnny Walker adulterada, un gramo de cocaína, unos Jordan igualitos a los originales, una michelada escarchada con chile y sal y con mangos en su interior, un DVD pirata, un CD que aún no sale al mercado, camisetas de futbol de cualquier equipo, original o pirata, unos lentes Ray Bay, un celular robado, una esposa, sí, una mujer de verdad, e incluso para los que no quieren invertir en un artículo de dudosa procedencia pueden alquilar un sicario para desaparecer del mapa a un enemigo como en esas películas hollywoodenses en las que abundan los crímenes pasionales.


Ahí, en ese barrio con una cultura exquisita, en donde el arte urbano se observa en sus callejones, en donde se han forjado boxeadores y campeones como el Ratón Macías, o luchadores como El Santo (es originario de Tulancingo, Hidalgo, pero creció en Tepito), o cómicos como Cantinflas, nació Cuauhtémoc Blanco, el futbolista que mamó su barrio para desenvolverse con picardía en el tan codiciado mundo del balompié mexicano.


Cuauhtémoc es Tepito. Predica Tepito. Según el diccionario, arrabalero es la persona que en su forma de vestir, hablar o comportarse, demuestra mala educación. Cuauhtémoc es así. Y es auténtico, porque nunca ha pretendido demostrar ser otra persona, sobre todo en el campo, en ese rectángulo verde donde no importa el color de los zapatos, ni los buenos modales, ni el lenguaje refinado, ni la educación, ni los valores familiares. Ahí, en ese universo, Cuauhtémoc fue una de las especies que mejor se adaptó. Por eso fue el elegido, como diría Darwin en su concepto de adaptación darwiniana.


En el Maracaná de Tepito tuvo que haber aprendido a cubrir el balón a base de patadas. En el puesto de quesadillas tuvo que haber aprendido a encontrar los espacios que no había entre tanta gente para no comer al último. En las calles oscuras tuvo que haber aprendido a regatear driblando maleantes. En las fiestas de San Francisco de Asis a pasárselo bien dentro del campo. La picardía que lo caracterizaba en el campo la tuvo que haber aprendido en la calle con sus amigos, en la vecindad con el pollero, en las tardes de futbol con el dueño de la pulquería. Y esa visión periférica para encontrar la mejor opción en el momento preciso tuvo que haberla encontrado a través de la experiencia de vivir en uno de los barrios en donde todo está a la venta menos la dignidad, en donde la palabra “despiste” significa “pena de muerte”, en donde un abrazo fraternal de un desconocido es la principal señal de un robo articulado con bisturí. Ese es el Tepito de Cuauhtémoc, un 'paraíso' de folclor.

Autor: Santiago Cordera

Curador: Jaza


Copyright © 2018 | juanfutbol