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El mexicano de la foto imposible

Por Alejandro Morales




Desde que era apenas un niño, Santi, como le llamaban cariñosamente en casa, tuvo muy claro qué quería hacer en la vida: quería hacer lo que le gustara. Le entusiasmaba ir a la escuela. No para sentarse en un salón de clases y escuchar al profesor en turno discurrir sobre la Revolución francesa o los números cuadrados perfectos. No, eso le aburría enormemente, le incomodaba enormemente. Le gustaba ir a la escuela para estar con sus amigos, para estar en donde más cómodo se sentía: en el patio pateando un balón de futbol.


Santiago Garcés Villanueva nació el 6 de octubre de 1975 y desde que era muy pequeño entendió que para poder hacer lo que le gustaba tenía que esforzarse, tenía que disciplinarse. Por ello, todos los días, junto a su hermano Álvaro, tomaba una micro saliendo de su casa en Coyoacán para llegar al Colegio Madrid en Tlalpan. Usar el transporte público no le molestaba porque sabía que era simplemente el medio que le permitía hacer lo que más le gustaba: «echar la cáscara» con sus amigos.


No obstante, los tiempos en los que su única preocupación era patear una pelota pronto acabarían. Al terminar la secundaria tuvo que dejar el colegio que le vio crecer desde que era casi un lactante y halló su sitio en otra escuela fundada también por republicanos españoles, aunque a decir verdad nunca se hallaría realmente. Y no se hallaría porque atrás habían quedado los amigos, porque atrás había quedado volarse las clases para jugar futbol… porque atrás había quedado su infancia.


Si del Colegio Madrid aprendió a construir su «propio aprendizaje» y a ser coherente «con sus necesidades e intereses personales y colectivos», del Luis Vives aprendió a tomar «la responsabilidad de su propia educación». A pesar de las advertencias de sus profesores y seguramente de sus padres, decidió dejar la escuela. «Nunca fui un buen estudiante», confiesa, se ruboriza, casi imperceptiblemente. «Pero siempre fui un buen alumno», justifica. Optó por hacer la preparatoria abierta, consciente de que era el único medio para alcanzar lo que se había propuesto cuando su adolescencia fenecía: ser arquitecto.


Si antes había sido el transporte público ahora el medio a justificar era seguir estudiando, aunque no quisiera, aunque no le gustara. Sin embargo, pronto se dio cuenta que en realidad la arquitectura tampoco le apasionaba, al menos no lo suficiente como para «enfrentarse a las matemáticas» con la misma decisión, con la misma perseverancia, con la que se enfrentaba a los jugadores más habilidosos en un campo de juego. Así, el hijo de antropólogos, de investigadores, de académicos que consagraban su vida y su tiempo al estudio, abandonaba para siempre la escuela. El mal estudiante había ganado la batalla, pero no la guerra.






Lo que no abandonaría serían las ganas de seguir aprendiendo y muy pronto el buen alumno tuvo su revancha. Sin que mediara la casualidad o lo fortuito, empezó a trabajar con un amigo de la familia, el fotógrafo Bob Schalkwijk, un amigo que tiempo después se convertiría en su maestro, en su mentor. Un amigo que probablemente llenó de alguna forma u otra parte del hueco ocasionado por la partida de su padre, quien por desgracia «nos dejó antes de tiempo», se lamenta, en el único momento en el que su semblante se endurece, poco, pero se endurece.


Según Juan Villoro, la inmensa mayoría de las personas que van a los estadios lo hace porque sus padres alguna vez los llevaron. En su caso fue todo lo contrario. Aficionado a los Pumas, él fue quien llevó a su papá al Coloso de Santa Úrsula, una o dos veces. No más. Y aunque tuvieron «una relación un poco distante» porque sus padres se separaron cuando era todavía un niño, aunque no recuerda que haya ido más de un par de ocasiones a verlo jugar, aún así sonríe, sonríe al imaginar qué pensaría de que su hijo, el que dejó la escuela, acapare las portadas de los diarios alrededor del mundo.


Pero antes de acapararlas tuvo que picar piedra, mucha piedra, tuvo que meter la pierna y meterla fuerte, tuvo que aprender que el talento no sirve para nada si no está acompañado de sudor, de sangre, de trabajo. Expulsado de las aulas, se resistió a serlo de las canchas. Jugaba de medio de contención, hacía el trabajo sucio para que otros se llevaran la gloria. No era muy técnico. «En cuanto recuperes el balón, dáselo al que sabe», le decían sus entrenadores sin malicia, «Tope Cuadrado», le decían sus compañeros no sin ella. Y le decían así porque su falta de técnica la suplía con garra, con fuerza, con patadas si era necesario. Los topes están pensados para frenar la velocidad de los vehículos, no para dañarlos. Por eso son curvos. Por eso no son cuadrados. Enfrentarlo era como pasar sobre un tope cuadrado. Pasaba el jugador o el balón. Nunca los dos.


Poco le importaba no ser muy técnico, que se burlaran de él, porque sabía que al final si las cosas salían bien era en parte gracias a él, también si salían mal. Años después sigue haciendo el trabajo sucio, sigue metiendo la pierna. A diferencia de ayer, hoy nadie pone en duda su gran técnica, las burlas han desaparecido y el único responsable de que las cosas salgan bien, de que las cosas salgan mal, es él.


Nieto de exiliados españoles, decide exiliarse. Elige Barcelona porque «es la mejor ciudad del mundo para vivir» y empieza a buscar trabajo. No sin esfuerzo consigue un puesto en una editorial. Meses después conoce a quien a la postre se convertiría en su pareja, en su cómplice, en su confidente. Si algo lo ha caracterizado a lo largo de su vida es la perseverancia, la perseverancia, la perseverancia. También el trabajo. Gracias a lo primero logra montar una galería de arte, Fotonauta. Gracias a lo segundo logra montar un estudio fotográfico, Seltona. Si alguna vez en todos esos años quizá le había pasado por la cabeza la idea regresar, esa idea se desvanecería por completo con la llegada de lo que le causa mayor felicidad en este mundo: sus dos hijos.


Si de Schalkwijk aprende a ser disciplinado, metódico, de Petter Hegre aprendería a explotar su creatividad, su versatilidad. Sin poder imaginarlo, en la fotografía erótica encuentra un universo de posibilidades que le permite explorar nuevos derroteros. Derroteros que lo llevaron a trabajar para el Futbol Club Barcelona y, cuatro años después, a tomar la «foto imposible del partido imposible».







Imposible porque el Barça había perdido 4-0 en el partido de ida. Imposible porque nunca había remontado una desventaja tan grande en competiciones europeas en sus 120 años de existencia. Imposible porque al minuto 87 necesitaba todavía anotar tres goles para avanzar a los cuartos de final. Imposible porque faltando menos de 30 segundos necesitaba meter un gol más para no quedar eliminado. Entonces, ocurrió el milagro. Y lo imposible se hizo posible.


Con el gol de Sergi Roberto, el Camp Nou se convierte en un pandemónium. No sólo el estadio, también estallan la ciudad y, probablemente, Catalunya entera. En el césped los jugadores culés corren sin control, sin sentido, sin dirección, como «pollos sin cabeza», ríe al recordarlo. En las bandas, los fotógrafos salen disparados para inmortalizar al autor de la gesta, de la hazaña. En medio del caos, en medio de la confusión, Messi no corre a celebrar con sus compañeros, corre hacia la tribuna que se encuentra detrás de la portería donde Roberto acaba de pasar a la historia. Leo no será el único en correr en esa dirección y Sergi no será el único que pasará a la historia después de esa noche.


Sin embargo, antes de que arrancara el partido muy pocas personas creían en el milagro. Él fue una de ellas. Al igual que Luis Enrique, sabía que la remontada era extremadamente difícil, extremadamente complicada. Al igual que el entrenador blaugrana, el freelance que trabaja para el club tenía fe. Los días previos, un Piqué provocador como siempre, inspirador como siempre, azuzaba a la afición, «el que no venga se lo perderá». Voz de profeta.


«El don de la oportunidad se tiene o no se tiene» escribió en alguna ocasión David Trueba. No cabe duda que el miércoles 8 de marzo de 2017, Santi lo tuvo. Al día siguiente, el New York Times publica un artículo en el que el escritor Martín Caparrós se pregunta «por qué el futbol», por qué no otro deporte es el que fascina, el que cautiva, el que embelesa a miles, a millones de personas: «En una noche como la de hoy la pregunta sobra: fue por esto. Por partidos como este», responde.


Los principales medios catalanes parecen confirmar la hipótesis de Caparrós: «Sois leyenda» dirá el Sport, «Héroes» consigna Mundo Deportivo. También los internacionales parecen hacerlo: «El Barça entra en la historia», As; «Miracle at the Nou Camp», Mirror; «Barça da legenda», Corriere dello Sport; incluso el diario madrileño y madridista Marca se rinde ante la gesta heroica del Futbol Club Barcelona: «Apoteósico» se lee en su portada. No serán los únicos titulares.


Horas después de que el último espectador abandona el Camp Nou, aparecen tímidamente algunas notas. Notas que no hablan sobre el épico partido ni sobre el autor del gol del milagro ni, por increíble que parezca, sobre el máximo ídolo del Barça. No, hablan de una fotografía, hablan de un fotógrafo. Si la irrupción del gol de Sergi había provocado que el estadio, la ciudad y, probablemente, Catalunya entera explotaran, la irrupción de la fotografía de Santi provocaría que las redes sociales lo hicieran al día siguiente.


«La foto de Messi más vista de la historia», «Santiago Garcés: el fotógrafo de “la” imagen de Messi», «La foto de Messi que fa la volta al món», son algunos de los miles de encabezados que inundan los medios impresos y electrónicos. Una fotografía que toma por sorpresa a todo el mundo… menos al fotógrafo.







Instantes después de que Deniz Aytekin pita el final, intuye que en su cámara tiene algo importante, algo trascendental, algo histórico. Ruega porque no esté fuera de foco. ¡No lo está! Los jugadores corren a abrazarse. Él se apresura a mandar la fotografía que cambiará su carrera, quizá su vida, aunque en ese momento no lo sabe. Han pasado tres o cuatro minutos desde que terminó el partido. 30 segundos desde que envió la foto. Nada.


Los jugadores siguen abrazados. Llama a su compañero del Departamento de Marketing: «Lo has vuelto a hacer» le responde por whatsapp. 30 segundos más tarde el Departamento de Comunicación le manda un mensaje: «es LA FOTO». La intuición comienza a transformarse en certeza, en certidumbre. Tan sólo cuatro minutos después de ser enviada, tan sólo ocho minutos después del silbatazo final, la fotografía que le dará la vuelta al mundo llega al Instagram del Futbol Club Barcelona. Y el infierno se desata.


Si antes no podía ser consciente, ahora lo es. Ha tomado la foto de su vida. Sale del estadio y se dirige a casa. Descarga la fotografía en el ordenador, la edita correctamente y la envía en alta resolución a las oficinas del club minutos después de la medianoche. Ya en la madrugada, fiel a su carácter, a su esencia, le escribe a su madre escueta y secamente también por whatsapp: «acabo de hacer una foto que creo que hará historia», como si le estuviera compartiendo lo que acaba de cenar y no una de las imágenes deportivas más impresionantes de todos los tiempos.


Si su madre tardaría dos o tres días en leer ese mensaje, los medios internacionales tardan menos en destacar, no sin un dejo de sorpresa, que «tras la fotografía que inmortaliza la remontada del Barça», la «obra maestra», «la foto de las 70 millones de visitas», «la foto de Messi más vista de la historia» estaba un mexicano. Los medios nacionales no se quedan atrás y pronto hacen suya la noticia. Sin sorpresa. Con orgullo. «A los mexicanos siempre nos gusta sacar pecho de que lo somos», dirá el catalán con acento mexicano, como lo molestan sus colegas; el catalán de Copilco, como lo molestan sus amigos. Ambos sin razón.


Sin razón porque es normal que después de casi dos décadas de vivir en otro país, los acentos se difuminen, se confundan, se mezclen. A pesar de que en su casa usaban el vosotros y que «vivió una vida muy española», en Barcelona se ríen de su acento mexicano, así como en México se ríen de su acento catalán. Al parecer se encuentra en esa tierra de nadie, en donde no se es de ninguna parte. Un exiliado permanente. Quizá por eso, cuando se le pregunta si se siente orgulloso de ser mexicano, responde: «Soy mexicano, soy español, soy catalán, soy un habitante del mundo». Sí, de ninguna parte.







Sea como catalán, como español o como mexicano, siempre había estado detrás de la lente, detrás de las cámaras. Hasta ahora. Al igual que Sergi, en los últimos días Santi ha acaparado los reflectores, las portadas, los platós de televisión. Acostumbrados a desempeñar un papel más discreto, ahora son protagonistas. En una de las muchas entrevistas que concede mientras se dirige a las instalaciones de TV3, la televisora pública de Catalunya, alguien compara sus trayectorias profesionales. Se siente cómodo con la analogía y por enésima ocasión sonríe. «Una persona que le encanta trabajar, un trabajador innato, un luchador», destaca. Parecería que no está describiendo las cualidades del futbolista sino las del fotógrafo.


Con lo que no se siente cómodo es con el protagonismo, con la fama. Para él las entrevistas, los programas de televisión, los interminables artículos que se publican un día sí, otro también, son tan sólo «una consecuencia de la misma fotografía, del trabajo». Cansado de contestar llamadas espera que pronto «todo esto vaya a menos» porque lo único que desea es volver a hacer lo que más le gusta: «hacer fotografías». Desea también que los reflectores se apaguen, que su móvil deje finalmente de sonar.


Si tuviera que quedarse con algo de todo lo que ha pasado desde que decidió seguir a Messi y no a Sergi Roberto, desde que decidió correr hacia la tribuna y no hacia el autor del histórico gol, desde que logró capturar una imagen que le ha dado la vuelta al mundo y lo seguirá haciendo, se quedaría «con lo que se está diciendo de la foto», no del fotógrafo, porque para una persona que lee e interpreta el mundo «a través de la fotografía», eso es lo único que importa. Podrá parecer paradójico que al autor de la imagen del 10 blaugrana más vista de la historia, la que lleva más de 70 millones de visitas en todo el mundo, la que ha sido comparada con los míticos retratos de Pelé en 1970 y de Maradona en 1986, eso sea lo único que le importe. Pero no lo es.


Y no lo es porque esa foto es única, irrepetible, inmortal. Porque cuando los protagonistas de la misma se hayan ido, cuando los que atestiguaron la gesta heroica ya no estén, cuando nadie se acuerde del nombre del fotógrafo, la poderosa imagen de un Messi eufórico dirigiendo el puño al cielo mientras celebra con los no menos eufóricos aficionados que intentan desesperadamente tocarlo, la poderosa imagen seguirá ahí. Única, irrepetible, inmortal, como perfecta alegoría de un enxaneta realizando la anhelada aleta al momento de coronar un castell.


Santi no sabe si ha tomado la mejor imagen del mejor jugador de todos los tiempos. Lo que sí sabe es que ha tomado la foto de su vida. Y aunque no le guste, aunque prefiera que lo recuerden únicamente como un buen amigo, como un buen padre, como una «buena persona», Santiago Garcés Villanueva será recordado como el fotógrafo que tomó la imagen de Lionel Messi más vista de la historia. Será recordado como el mexicano que tomó la «foto imposible».


Colaborador: Alejandro Morales

Editor: Santiago Cordera


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