Por: Ana Cruz Manjarrez 

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Una nueva investigación por racismo se ha abierto en el futbol inglés. Hace un par de semanas, el incidente en el metro de París fue condenado en todos los foros posibles; un hombre negro fue empujado del vagón por aficionados del Chelsea, al tiempo que lo ofendían con cánticos que reconocían su repudio sin temor. 

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Tras el campeonato del equipo de Mourinho en la Capital One, se repitió la combinación; aficionados Blues están bajo investigación por protagonizar acciones violentas y racistas también en el metro.  En el primer caso, Mou defendió los valores del club, el equipo se disculpó con el hombre agraviado, y hasta recibió una invitación para acudir con su familia a un encuentro en Stamford Bridge. Los culpables fueron identificados y se mantendrán lejos del estadio. 

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Sin novedades, el futbol inglés no ha viajado en el tiempo, sólo es más de lo mismo. Entre 1970 y 1980, sus canchas fueron testigo del acoso a los futbolistas negros, a pesar de que su incorporación a  los equipos locales ocurrió casi un siglo antes. Cáscaras de plátano eran lanzadas, poco importaba si el jugador pertenecía al propio equipo, las burlas se apoderaban de las tribunas.

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El  juego se mantiene, espectáculo mejorado, el que presume estar a la altura de las exigencias, pero la hostilidad sigue ahí, también en el activo: los jugadores. En temporadas recientes, John Terry y Luis Suárez fueron sancionados por lanzar insultos contra Anton Ferdinand y Patrice Evra, respectivamente, (sin olvidar que el defensa francés se quejó a su llegada al futbol inglés por los comentarios racistas de un funcionario del Chelsea). En ambas ocasiones, los clubes intervinieron para proteger a sus futbolistas, la FA ordenó suspensiones de hasta 8 encuentros y debieron pagar miles de euros por la “falta”. 


La Federación aparece para condenar los actos, reconoce la necesidad de nuevas iniciativas, pero el racismo está lejos de abandonar los campos y las evidencias aparecen jornada tras jornada. La diferencia con el pasado es la apertura de los futbolistas para hablar del tema, abandonaron el miedo y algunos encaran a los aficionados, acusan a los compañeros de profesión. John Barnes puso el ejemplo cuando, en los 80, pateó una cáscara de plátano que le fue arrojada desde las gradas.


¿Qué si es común en otras ligas?


De la tribuna a la cancha es la provocación fácil para las aficiones rivales,  el afán de minimizar el talento y orillar al error. Con la pasión como excusa burda. Pero es imposible aislar al futbol de la realidad social, el de aficionado es uno de tantos roles, el resto se desempeñan lejos de un estadio y sin camiseta; el racismo expresado en el estadio es reflejo de la discriminación cotidiana.


Culpar de inacción a las Federaciones es ignorar la urgencia de protocolos en conjunto con los gobiernos. Desde aquellas décadas los pusieron en marcha, motivaron a los equipos para iniciar sus propias campañas, evitar la difusión de propaganda racista alrededor de los estadios y castigar cualquier manifestación. Se mantienen, pero ¿son efectivos? Los cambios han sido pocos, van lento, no al paso de la transformación de la industria del juego.


La FIFA y la UEFA colaboran con las iniciativas, señalan y castigan los actos racistas que al balompie respectan. Sin embargo, el discurso se debilita cuando, desde lo más alto, los clubes defienden al jugador y días después condenan al aficionado.


Si Ronaldinho fue recibido en México entre la polémica por el tuit de un funcionario que lo llamó simio. Y en Italia, el ex entrenador Arrigo Sachi se queja de la pérdida de orgullo e identidad en el futbol local y culpa a la mayoría de jugadores negros en las fuerzas inferiores. El reciente caso de Luis Tejada, quien abandona un partido Perú por los insultos raciales de la afición.


O en Chile, cuando el encuentro se suspende porque un futbolista venezolano rompe en llanto al escuchar el grito “mono de mierda”, proveniente de la tribuna. España lo vive cada vez con mayor frecuencia, mientras el técnico de la Selección los considera hechos aislados. Y Rusia, que reduce la importancia de actos violentos y abusivos, a pesar de que muy pronto recibirá la Copa del Mundo: “hay problemas en todos lados, pero en Rusia no es tan serio”, de acuerdo con el ministro de Deportes. 


El futbol no salvará al mundo. Exhibir y vetar de por vida a quienes acosan con sus prejuicios tampoco va a terminar con el estereotipo negativo, sin embargo, sería un gran paso mantenerlos alejados del deporte que concentra millones de miradas apasionadas alrededor del mundo. 

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