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Mundial 2026

Cuando juega México, jugamos todos…

México de nuevo hizo retumbar el estadio Azteca, y esta vez nuestra experiencia en el Mundial 2026 fue única.

Juanfutbol
Cuando juega México, jugamos todos…
© Nancy PastorCuando juega México, jugamos todos

Jamás pensé que iría a un Mundial, mucho menos ver a la Selección Mexicana a pesar de que siempre fue mi mayor sueño, hasta que Visa me contactó para hacerlo realidad. Sin embargo, el destino decidió poner a prueba mi fe. 

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Mi vuelo desde Dallas, la conexión que me llevaría a presenciar historia, sufrió un retraso de más de seis horas. El tiempo se detuvo y, honestamente, también mis esperanzas. Cuando por fin aterrizamos en la CDMX, tenía menos de dos horas para el silbatazo inicial contra Chequia. El panorama era casi imposible, pero si algo tenía seguro, era que haría todo lo que fuera por estar en ese partido.

Fue entonces cuando comenzó la verdadera magia, esa que no ocurre en la cancha, sino en el alma de nuestra gente. En medio de la desesperación por salir del aeropuerto, unos perfectos desconocidos del avión se convirtieron en mis primeros ángeles guardianes. Ellos habían conseguido una persona que nos llevara y, al ver mi angustia, sin preguntarme nada más que si iba al partido, me dijeron que si quería irme con ellos. Me adoptaron como a una hermana en su travesía sin siquiera saber mi nombre.

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Pero la odisea no terminó ahí. Al acercarnos al Estadio Ciudad de México, el tráfico estaba completamente parado. El caos era total y los minutos volaban. Desesperada, bajé del coche y le pedí ayuda a un motociclista de delivery de comida. Él, con una amabilidad que no esperaba realmente, me dio un casco y me dijo: “Agárrate y ponte cómoda, que vas a llegar”. Hizo todo lo humanamente posible para sortear el tráfico, metiéndose entre coches y camiones para acercarme lo más que pudo.

Cuando las ruedas ya no pudieron avanzar más, me tocó correr. Fueron el kilómetro y medio más eternos de mi vida. Con un reloj que marcaba diez minutos antes de las 7PM, mis pulmones, piernas y corazón estaban dándolo todo y un poco más.

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Crucé los accesos justo a tiempo para escuchar las primeras notas de nuestro Himno Nacional. Lo había logrado, las lágrimas salieron solas. Ver a México por primera vez en una Copa del Mundo, tras haberlo dado todo por sentado y perdido, fue una experiencia que no puedo describir. Incluso cuando la adrenalina bajó y el cuerpo reclamó haber comido nada en todo el día, el sistema Tap In de Visa dentro del estadio me salvó la noche: pude comprar algo de comer en segundos y sin filas, asegurándose de no perderme más que unos pocos minutos del partido.

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Ese día entendí que esto es mucho más que fútbol. Llegué a esa tribuna porque una cadena de personas decidió darme la mano para cumplir mi sueño desde que tengo memoria, demostrando que los mexicanos nos ayudamos sin pensarlo dos veces; cuando juega la Selección, nos unimos todos dentro y fuera de la cancha. Los sueños sí se cumplen, sobre todo cuando los empuja el corazón de extraños sin pedir nada a cambio.

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