Del extravío al delirio 

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Por: Farid Barquet Climent


A Rodolfo Vázquez,

inspirador de estas líneas,

hincha de Boca

que portó la del Lobo

y algo tiene de Puma


Fue durante el Mundial Corea-Japón’2002. En ese tiempo yo estudiaba y trabajaba. Es más, trabajaba donde estudiaba o estudiaba donde trabajaba, según se quiera ver. Esto viene a cuento porque una mañana, después de mi primera clase, tempranera, que iniciaba a las siete de la mañana y terminaba hora y media después, me dirigí al cubículo del profesor e investigador universitario para el que yo colaboraba como asistente, condición la mía que obedecía más al intento generoso de él de ayudarme a dar mis primeros pasitos en el mundo académico del Derecho que a auténticos auxilios que yo efectivamente le pudiera proporcionar y que le fueran realmente necesarios.


Nomás crucé la puerta de la casa que alojaba —y aloja— las oficinas de algunos maestros, me encontré a Noé, a quien todos llaman, Don Noé, con cara de preocupación. Detrás de él estaba Araceli, cuyo gesto no hacía más que multiplicar el clima de angustia. Después del saludo —en el que omití la frase “buenos días”, pues no parecía propicia— les pregunté:


—¿Qué está pasando?

No les pregunté qué pasó, sino qué está pasando, pues sus rostros no reflejaban abatimiento ante algo consumado, sino contrariedad por una situación presente que podía y tenía que enmendarse.


—Algo se le perdió al Doctor allá arriba —fue la respuesta que recibí, preñada de consternación.

Subí deprisa las escaleras y lo que hasta la noche previa había sido una oficina forrada de libreros que albergaban obras jurídicas y filosóficas, ordenadas meticulosamente por su dueño en estricto orden alfabético por apellido de cada autor, era un desbarajuste sólo comparable —para que se den una idea aproximada— con la defensa brasileña durante la primera media hora de la semifinal del martes pasado ante Alemania.


—¿Pues qué se le habrá perdido al Doctor? —me pregunté.

Lo primero que pensé fue en un cuadro de unos africanos, entrañable para él, pues fue pintado por su hijo menor, que coronaba la pared detrás del escritorio y que ofrecía una muestra del talento plástico inversamente proporcional a la edad de su vástago. Por fortuna, de inmediato me tranquilicé, pues advertí que el cuadro seguía en su lugar.


—¡Claro! —pénsé. ¡Se metieron a robar en la noche y se llevaron la computadora! —fue mi conclusión devastadora. Me sobrecogió pensar que se hubiera perdido el respaldo digital de muchos años de riguroso trabajo académico en teoría y filosofía jurídicas, así como investigaciones en curso sobre temas en los que el Doctor había sido pionero en México o cuando menos uno de sus más decididos impulsores, como las relaciones entre la bioética y Derecho. Entonces giré la cabeza y vi que la computadora mantenía su acostumbrada posición, incólume en el centro, como si se tratara de Daniel Pasarella conteniendo los embates holandeses en el Mundial’78.


Entonces mis especulaciones acerca de porqué aquella habitación había sido vapuleada como la defensas que suele desquiciar Juan Román Riquelme, viraron hacia otras hipótesis: ¿Habrá extraviado el Doctor su inseparable agenda, que además de servirle para imponerse a sí mismo una disciplina como la de Bilardo a sus equipos, contenía notas tan valiosas para la metodología jurídica como Los apuntes de Valdano (1)  para el futbol? ¿O será que no encuentra esos folders tan maltratados como ricos en anotaciones, que son el fruto de su vocación docente y de varias décadas dedicado a la enseñanza del Derecho? ¿Habrá perdido un libro autografiado por un autor renombrado —Hart, por ejemplo, y no me refiero desde luego al actual portero inglés? ¿Será que no encuentra alguna edición especial, quizá un incunable?

En eso subió Noé.


—¿Qué más sabes, qué lograste averiguar? —le espeté con la premura que ameritaba el momento pero con el cariño que desde entonces le tengo.

—Que se perdió una foto... —me contestó.

—¡Ay, la foto! ahorita la encontramos, no te preocupes —me apresuré a decir no sólo porque confiaba en el éxito de la búsqueda, sino para levantar los ánimos de Noé y Araceli, que andaba tan decaídos como brasileños en el Maracanazo.


Pero cometí un error: di por descontado que la foto extraviada era una en la que aparecían el Doctor y varios colegas, entre ellos la cabeza de nuestra institución educativa y el entonces jefe del área de estudios en Derecho —hoy prominente miembro de la judicatura— además de destacados académicos internacionales, como Luigi Ferrajoli y Manuel Atienza.


Yo había visto cientos, quizá miles de veces esa foto, muy próxima a la entrada de la oficina. Pero esa foto, que retrataba a los tótems académicos de mis años estudiantiles, tampoco se había movido de su sitio a pesar de que el cuarto estaba, como dijera Eduardo Galano, literalmente patasarriba.


Decepcionado por haber creído que había resuelto el misterio de la instantánea desparecida, empecé a rastrear cuanto papelito pudiera ser el objeto que tanto deseábamos hallar. En eso escuché a mis espaldas la inconfundible voz del Doctor:

—¡No encuentro la foto de Diego! ¡No sé dónde está! —exclamó recriminándose a sí mismo, como Goyco cuando no pudo atajar el penal que le lanzó Brehme en la final de Italia’90.


Quizá Araceli y Noé pensaron que se trataba del retrato del algún colega muy querido o de un pariente, pero por las resonancias afectivas, por el aliento casi familiar con que pronunció aquel nombre, toda hacía parecer que hablaba de un hijo más, de cuya existencia —pensaron ambos— se estaban enterando en ese momento.


—¡Mañana nos jugamos el pase contra Suecia y la foto de Diego, justo hoy, no aparece! —remató el Doctor en la cumbre de la desesperación.


Entonces caí en cuenta de cuál era la foto que estábamos empeñados en rescatar de aquella montaña de revistas científicas internacionales, clásicos de la filosofía del Derecho y páginas de prometedores juristas contemporáneos. Tratándose de un argentino que llegó muy joven a México en los años setenta —amigo y discípulo de personajes que tuvieron que exiliarse en universidades de varios países durante la dictadura argentina, y compañero de ruta de varios que se empeñaron en la reconstrucción y consolidación democrática posterior— y que ya asentado en este país y con tres hijos nacidos aquí, fue testigo de las hazañas de su paisano más universal precisamente en esta su nueva tierra, el Diego de la foto entonces más buscada en San Ángel y alrededores no podía ser ningún otro más que uno: el 10.


Entonces improvisamos una discreta alineación —conformada por compañeros del servicio social que eran amigos míos— e ingresamos en aquella oficina con el firme objetivo de encontrar el retrato cuyo extravío, a juicio del doctor, reblandecería las piernas de los jugadores albicelestes que al día siguiente en Asia (durante la madrugada en México) disputarían su tercer partido de aquel Mundial.


Filósofo del derecho de corte liberal, alejado del tomismo confesional y conocido defensor de la necesidad de la laicidad, el Doctor se dio a sí mismo una pequeña licencia y se abandonó a la superstición, encarnada en aquella foto sin marco del astro del Nápoles en el estadio san Paolo, so pretexto de aquella Copa.

—¡Aquí está! ¡La encontré! –gritó uno de los voluntarios, y como si se tratara del segundo tanto que el de la foto le marcó a los ingleses en México’86, se escuchó un grito de alegría que —dicen— fue escuchado hasta la cafetería de la escuela.


La tan apreciada foto-amuleto apareció acá en México, pero no el futbol brillante de Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, Juan Sebastián Verón y Ariel Ortega en donde tenía que haberlo hecho: en el Estadio Miyagi de Japón. Como todos los de aquella Copa, el partido Argentina-Suecia (1-1) se transmitió en México durante la madrugada, por lo cual, cuando entré a la oficina a la mañana siguiente, vi al Doctor con un desgaste que ni los jugadores padecieron.


Sus ojos enrojecidos y el alboroto del peinado evidenciaban que el Doctor no había podido dormir después de aquella eliminación de Argentina en primera ronda, rompequinielas imposible de creer. A pesar del descalabro, él hacía su trabajo como todos los días: contestaba llamadas para la organización de algún seminario, daba órdenes de qué hacer con el siguiente número de la revista que fundó y dirigía, negociaba con el editor de las colecciones de libros que coordinaba, etc. Pero algunos de sus interlocutores telefónicos se despedían con un pésame, y otros de plano —sobre todo algunos paisanos suyos— le llamaban exclusivamente para condolerse por el empatito que los dejó fuera.


Me imagino que semejantes dolencias el Doctor se bancó (aguantó, en argentino) tras las eliminaciones consecutivas de Argentina a manos de Alemania en los mundiales de 2006 y 2010, por lo que pasado mañana, domingo 13 de julio de 2014, es tiempo de revancha para él y los suyos.


El escritor argentino Alberto Manguel —conocido menos por sus obras eruditas que por haber leído libros al oído a Borges en los peores momentos de su ceguera—, recuerda que la dictadura argentina, para buscar quitarse el estigma de lo que realmente eran —una junta de asesinos y represores— solía incurrir, entre otras de sus muchas atrocidades, en desvirtuar y corromper el lenguaje, por ejemplo, mediante la acuñación de un lema publicitario del Mundial Argentina’78 que decía: “los argentinos somos derechos y humanos” (2). Otro escritor argentino, Andrés Neuman, atribuía a ese lema que Diego Armando Maradona, el hombre de la foto invaluable para el Doctor, no hubiera estado en la selección argentina de aquella Copa, pues resultó no ser derecho ni humano, sino zurdo y sobrehumano (3).


Yo sí conozco un argentino —y también mexicano— que es derecho y humano como pocos, y que a pesar de no tener la zurda sobre humana del crack cuya fotografía tanto atesora, cuenta con su propio retrato futbolístico, a cargo de un amigo suyo a quien quiso entrañablemente, quien dijo del Doctor: “En él siempre he visto la figura de un centrodelantero natural, nació con el número 10 en la espalda. (Su) principal virtud consiste en ser un armador de juego, un prodigador de buenos pases y sobre todo consolidador de espíritu de cuerpo” (4).


Como si de la devolución de una pared se tratara, de un toco-y-me-voy como dicen los entrenadores sudamericanos o de un tiki-taka al estilo del Barcelona de Guardiola, el Doctor le devolvió el elogio a su amigo desparecido y dijo: “de los seres queridos, cada cual intenta guardar o conservar la imagen, el perfil, la situación con la que se quiere seguir recordándolo” (5). Yo del Doctor Rodolfo Vázquez quiero que me regale una imagen este próximo domingo; una muy diferente a las muchas que tengo de él; una que no se parezca a la del profesor elocuente, a la del expositor persuasivo, a la del autor fecundo, a la del docente que sistematiza el pensamiento ajeno y lo transmite, a la del editor entusiasta, a la del tejedor de una red mundial de filósofos del Derecho en beneficio de los abogados mexicanos. Nada de eso: la imagen que quiero no es la de la ecuanimidad del aula, sino la del delirio futbolero: quiero verlo el próximo domingo, en las calles de la colonia Anzures, enfundado en la camiseta albiceleste y cantando con su bandera una versión particular del cántico clásico de la hinchada sudamericana:


¡Vamos! ¡Vamos!

¡Argentina!

¡Vamos! ¡Vamos!

¡A ganar!

¡Que Rodolfo! ¡Y su familia!

¡No te dejan, no te dejan de alentar!



_____________

1 VALDANO, Jorge, Los cuadernos de Valdano, El País-Aguilar, Buenos Aires, 1997.

2 MANGUEL, Alberto, Conversaciones con un amigo, La Compañía, México, 2011, p. 127.

3 NEUMAN, Andrés, Una vez Argentina, Anagrama, Barcelona, 2003, p. 36.

4 SAURET, Alberto, Textos atorrantes, Ediciones Coyoacán, México, 2008, p. 367.

5 VÁZQUEZ, Rodolfo, “Alberto Sauret in memoriam”, texto leído por Rodolfo VÁZQUEZ el 29 de febrero de 2008 en la Junta de Facultad de Facultad del ITAM.

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