Por Raúl Quintanilla

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Desde que recuerdo, hay una bipolaridad discursiva en torno al Barça. La opinión del aficionado y de la prensa catalana está marcada por una radicalidad donde no entran matices. Se está de un lado o del otro, con una postura o con otra, pero pocas veces, en medio. Ejemplos sobran. Cruyff llegó como instaurador de una filosofía de juego y se alejó con el Camp Nou tapizado de pañuelos blancos. Ronaldinho fue un bálsamo de alegría cuando llegó y su traslado al Milan fue gris, opaco, casi indiferente. Rossell ganó la presidencia arrasando en las urnas para luego renunciar y ser detestado por gran parte de los socios. El inicio de la temporada pasada fue espectacular, con una primera vuelta invicta en la Liga, pero el final fue humillante en la antesala de la Liga de Campeones contra el Bayern. Y esto no se da sólo en estos grandes sucesos. Intuyo que también se da en varios aficionados que alabamos a un jugador, un partido, y al fin de semana siguiente se exige que sea vendido a cualquiera que tenga interés por él.


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No sé si esto se deba a una condición histórica de un equipo que de 1928 a 1989 ganó diez ligas y en los siguientes veinticuatro se ha coronado en catorce ocasiones, o si es una cuestión de carácter que se ha tenido que construir de acuerdo a los constantes golpes políticos, y que incluso le ha servido para tener capacidad de cambio, que ha reforzado su identidad, y le ha permitido tomar decisiones arriesgadas que han dado grandes resultados. 


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Esta bipolaridad, supongo que por tiempos de crisis y cambios, se ha incrementado en la actual temporada. Desde la llegada de Neymar han existido voces que celebran su fichaje y otros, como Cruyff, que incitan a pensar que sólo ha descompuesto el equipo y no es más que un estímulo comercial (aunque sea el único jugador que le ha anotado al Atlético este año). Martino llegó acompañado de muchas dudas provenientes de varios sectores (me inclino a pensar que hasta de algunos jugadores) que con resultados, especialmente contra el Manchester City y la ida en el Calderón, fue disipando, pero sus decisiones en Anoeta, y el no poder ganarle al equipo de Simeone, fomentaron un discurso en relación a su salida aún con la Liga en juego. Para la prensa, parece que el FC Barcelona compite con un DT caduco y perecedero desde hace meses. El debate sobre quién tendrá que llevar la responsabilidad del arco culé la próxima temporada se ha llevado a extremos . Se critica si es deber del club procurar o no la comodidad social de Messi dejando a Pinto en el equipo; hay una radicalización digna de Crepúsculo que podría dividirse en equipo “Equipo Ter Stegen” y “Equipo Courtois”; existe una esquizofrenia deportiva en varios jugadores: el bajón de juego de Cesc en el último tramo de la temporada es notorio, Messi es determinante en el Bernabéu pero luego corre sólo un kilómetro más que Pinto en la vuelta de los cuartos de final de la Champions, Mascherano, que llegó a ser uno de los mejores centrales del mundo, se nota lento y sin el timing que lo hizo brillar.  Todo esto puede resumirse en dos portadas del Sport que sólo tienen un día de diferencia. La primera del 4 de mayo posterior al empate contra el Getafe: “Se acabó esta Liga, se acabó este equipo.” Al día siguiente, el mismo periódico titulaba: “El milagro es posible, vuelve la ilusión por la Liga”. ¿Cómo se le puede exigir a este equipo que gane el siguiente sábado si sólo se habla de sus posibles salidas y fichajes? ¿cómo se pretende que el director técnico esté sólo concentrado en el Atlético si desde hace meses se afirma que está fuera de la institución? ¿cómo se gana una Liga que se dio por perdida hace sólo unas cuantas semanas y que llevó a solo cubrir notas de asados y comidas?

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La crisis del equipo ha sacado a flote las batallas de clanes, la soberbia de los “ismos” (Cruyfismo, Guardiolislo, etc), y ha generado un agotamiento emocional de los jugadores (sólo hay que ver la entrevista de Masche al terminar el partido contra el Elche). Y, en medio de toda esa radicalidad, la tibieza de Zubizarreta, incapaz de trasmitir si está trabajando con una dirección, algo de carácter, de personalidad. Totalmente gris. Sin aceptar responsabilidades y, por tanto, sin poder tomar decisiones con un discurso que sólo provoca bostezos y que, de mantenerse el próximo año, el equipo está destinado al fracaso.


Por esta inconsistencia deportiva el Barça no merece esta Liga, de lo contrario se estaría maquillando una crisis en lugar de evidenciar (aún más) la necesidad de un cambio deportivo e institucional. No obstante, los tragos amargos que ha sufrido este equipo desde que se le detectó el cáncer a Eric Abidal han sido varios, y, una alegría, tan inesperada como sería ganar el campeonato, no le caería mal a ningún sector de la masa social culé porque nunca se debe decir no a un título, menos a  una Liga tan extrema, tan revuelta, tan bipolar, donde el equipo más constante podría perder el título en la última jornada. Y si así sucede, si el Barcelona gana el próximo sábado, los aficionados azulgranas celebraremos con mucho entusiasmo. Así, una columna que empezó hablando del no merecimiento del campeonato y terminó confesando su deseo por un título, demuestra la bipolaridad blaugrana que hoy habita en el corazón culé.

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