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Aún le duele a Argelia
También los alemanes hacen trampa 
30-06-2014
 
The guardian
Los alemanes hicieron un trato con Austria para echar a Argelia del Mundial en 1982
 
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Los alemanes hicieron un trato con Austria para echar a Argelia del Mundial en 1982The guardian

Por: Raúl Garrido


Antes de que Alemania despachara a Chile 4-1 en la primera fase de grupos del Mundial de España ’82, cayó sorpresivamente con la Argelia de Madjer y Belloumi 2-1 en el primer partido del grupo 2, con goles de ambos cracks y el descuento de Rummenigge. El grupo tuvo su sede en Asturias. Argelia cayó frente a Austria por 2-0, lo cual le dio el pase a los austriacos a la siguiente ronda mientras Alemania quedaba empatado en puntos con los africanos pero con mejor diferencia de goles.


La última jornada se jugó el miércoles 23 de junio entre Argelia y Chile con triunfo para los argelinos con doblete de Assad y gol de Ben Saoula, con lo cual Argelia quedaba con seis puntos y con una diferencia de goles de cero. Los alemanes necesitaban ganar por un gol para pasar de la mano con los austriacos que no tenían que perder por más de un tanto para clasificarse. Dos naciones que comparten orígenes y que alguna vez fueron una sola…


Por aquel entonces la última jornada no se jugaba el mismo día ni a la misma hora, de hecho lo ocurrido entre Austria y Alemania desencadenó que la FIFA decidiera empalmar los últimos partidos de la fase de grupos. Al minuto 10 Hrubesch marcó el gol con el que los teutones ganarían el encuentro, mismo instante en que el juego terminó y pasó a ser una de las peores vergüenzas futbolísticas de la historia.


“Unas 40 mil personas presuntamente estafadas por 26 súbditos alemanes y austriacos”, tituló el diario gijonés El Comercio. La indignación del periodismo español y mundial era tal que se pensó en dejar la portada del día siguiente en blanco. Dicha vergüenza no pasó desapercibida entre la prensa alemana y austriaca, hubo comentaristas de radio que concluyeron la narración en el transcurso del partido e incluso algunos pidieron a la audiencia que apagaran el aparato y no siguieran el partido.


En el papel sería un juego interesante por el liderato del grupo entre dos buenos equipos. El encuentro empezó con rapidez y dinamismo, Littbarski desbordó por la banda y mandó un centro al corazón del área que cabeceó con éxito Hrubesch para el 1-0 en 10 minutos. La defensa austriaca no tuvo reacción ante la jugada y el gol que abrió el marcador también terminó con el partido, a partir de entonces ambos equipos bajaron su intensidad y comenzaron los pases horizontales, sin llegada, sin profundidad y sin peligro.


Después del tanto, el portero Schumacher, aquel que en las semifinales ante Francia hiciera una entrada tan brutal que merecería la cárcel ante Patrick Battiston, se colocó una gorra de color blanco, lo cual se piensa que era la señal para que los jugadores bajaron los decibeles del encuentro y se limitaran a rodar el balón sin intensiones de incrementar el marcador, o los austriacos de empatar el encuentro.


El público presente en El Molinón se dio cuenta de inmediato y comenzó a silbar el encuentro, “que se besen, que se besen”, gritaba la afición desde las gradas, además de mostrar su apoyo hacia los argelinos que de este vil modo estaban eliminados. Un sector argelino que se encontraba en el estadio intentó saltar el alambrado para entrar a la cancha e interrumpir semejante vergüenza pero no hubo éxito. Los alemanes y austriacos presentes se sentían defraudados y algunos quemaron las banderas que llevaban.


Por la noche algunos aficionados se congregaron en el hotel de los alemanes para protestar por la bajeza ocurrida en El Molinón; lo único que ganaron fue el desprecio del portero Schumacher que les arrojó basura y agua desde su habitación.


El árbitro escocés, Bob Valentine, no podía hacer algo dado que no había reglamentación que prohibiera lo que en la cancha sucedía. Fueron los 80 minutos más largos que el futbol había visto en la historia, quitando los primeros 10 minutos de juego.


“Yo estaba desesperado porque no entendía nada al ver cómo nuestro delantero centro, Krankl, se ponía de líbero, y cómo el alemán Briegel me decía que no corriera tanto, hasta que llegó un momento que dejaron de pasarme el balón”, diría años después el austriaco Schachner. “Entre todos tomamos la decisión de no esforzarnos demasiado”, confesaría Briegel a un diario africano 25 años después.

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