Osorio, la obsesión de una libreta

Por Fabían Mauricio Rozo Castiblanco





Si Luis Augusto García hubiese visto aquel tablero de acrílico sobre el que se trazaban tantas líneas y que parecía más bien una obra abstracta que el análisis táctico de un rival, seguramente habría tenido esa vez una razón para calificar a Juan Carlos Osorio como ‘Recreacionista’.


Así lo tildó cuando el entrenador, harto de incumplimientos, desorden administrativo y sobre todo, del boicot a su labor en Millonarios, hacía maletas de un día para otro y emigraba de nuevo a Estados Unidos, el país donde descubrió que la dirección técnica antes que una profesión, sería su razón de ser.


Sólo así se explica cómo en aquella primavera de 2008, siendo técnico de los Red Bulls de Nueva York, una simple solicitud de entrevista terminase convertida en una lección de estrategia pura. Y es que para entender la forma de ver y vivir el fútbol de Osorio, se requiere de tiempo. Mucho en realidad. Y los que se lo han dado terminaron celebrando.


Al equipo de la Gran Manzana había llegado luego de revivir al Fire, también de la Major League Soccer. Apagó literalmente el fuego desatado por los malos resultados en Chicago, a donde llegó casi que de refugiado, luego de que en Millonarios, el mánager de aquel entonces, ‘Chiqui’ García justificara su salida asegurando que era más un recreacionista que un entrenador.


Fue un acto de ingratitud absoluta. Pero en el DT no hubo espacio para el reclamo, sólo ilusión de volver al país donde conoció su verdadera vocación. En apenas dos años, ya se había ganado el respeto en la MLS. Y no de forma gratuita. De ahí el interés, de quien escribe, por conocer su particular forma de dirigir.


Bastó una llamada para tener un sí como respuesta. La cita era en la Universidad de Montclair de Nueva Jersey. Práctica abierta, sin nada que esconder. Saludo protocolario y luego la invitación al salón, que parecía de clases. Frente a mí estaba ese tablero de acrílico atiborrado de rayas. A duras penas se distinguía una cancha de fútbol de fondo.


Pero en aquel recinto, que contaba incluso con un comedor improvisado porque por pedido del entrenador, el plantel se quedaba a almorzar después de la práctica, había espacio para hacerle un honor a la academia y Osorio rindió tributo. Ese aparente mamarracho era el reflejo de un concienzudo estudio al Galaxy liderado por David Beckham.


El equipo de Los Angeles se hacía indestronable en la Liga estadounidense y especialmente en su casa. Sacarle un punto era proeza. Ganarle como visitante, casi utopía. Pero Osorio analizó los cobros de pelota quieta que eran propiedad privada de ese guante de seda que tenía el inglés en su botín derecho. Sabía que eran el punto de desequilibrio en juegos cerrados. Por derecha, desde la izquierda, frontales. Revisó todos y les dijo a sus dirigidos cómo contrarrestarlos.


El resultado no pudo ser mejor: triunfo y un paso más hacia el título de conferencia que lograría por primera vez el equipo neoyorquino. De ahí que ese tablero fuera el trofeo que sólo el entrenador quisiera compartir con aquellos que indagaran sobre su estilo. El suyo es tan simple como efectivo: no obviar detalle alguno.


Eso se lo aprendió a Octavio Zambrano, el ecuatoriano que dirigió al naciente MetroStars de la MLS y que le abrió las puertas a Osorio cuando llegó sin muchos dólares en el bolsillo pero sí rebosante de ilusiones al sueño americano. Desde entonces, un factor común marcaría sus etapas de técnico: arribar como desconocido y salir con el reconocimiento por delante.


De Nueva York saldría a trabajar al Manchester City, que no era el Todopoderoso de la actualidad, pero al menos se mantenía en la prestigiosa Premier League. No ofició de entrenador, se encargó más de la preparación física, pero eso en lugar de cambiarle el camino, le abrió el espectro. Se hizo más completo.


Fue entonces cuando la directiva de Millonarios le apostó a un nombre que en Colombia no tenía ni siquiera pasado a nivel de futbolista. Apenas jugó unos partidos en primera con el Deportivo Pereira, la referencia profesional más cercana a su natal Santa Rosa de Cabal. Llegó en medio del escepticismo, propio de su desconocido pasado, pero sobre todo por la crisis financiera e institucional del albiazul bogotano.


Eso en lugar de desmotivarlo, lo llenó de razones para sobreponerse. Y lo logró. Al punto que hizo regresar a la siempre exigente hinchada embajadora a El Campín. Pero justo en el momento del idilio, apareció el malo, léase García, para torpedear el proyecto y acelerar su marcha hacia Norteamérica.







Allí, a lo ya conocido de Chicago y Nueva York, le sumó otro paso importante, el Puebla mexicano. Efímero, pero que le enseñó algo importante, la necesidad de volver a Colombia para redescubrirse. El Once Caldas de Manizales fue entonces el laboratorio ideal. Primer título y el estreno en la Copa Libertadores.


Dos experiencias que lo potenciaron. Tanto, que llegó al equipo colombiano que le garantizaba todo lo necesario para triunfar: estabilidad, nómina y tiempo. Atlético Nacional fue la consagración para Osorio. Lo ganó todo en Colombia. Léase tres Ligas, dos Copas Colombia y una SuperLiga.


Era entonces obligatorio buscar la vuelta olímpica internacional. Y la tuvo cerca, cerquísima. En diciembre se le escapó la Sudamericana en el Monumental de Buenos Aires. En Núñez entendió que era el momento de irse. No porque hubiese cumplido un ciclo. Tampoco porque los directivos le pidieran la carta. De hecho la renovación estaba sobre la mesa. Al ver aplazado el objetivo, supo que había que buscar unos nuevos. Aceleró la partida.


Ya a nivel continental el estilo del verde era reconocido. Sumaba adeptos. Y desde el Morumbí lo siguieron. Sao Paulo lo eligió para cambiar el molde. Y en Brasil, renuentes a entrenadores extranjeros, volvieron a cuestionar. ¿Quién es Osorio? El mismo que por más que tuviese a Ganso, Pato o Luis Fabiano en el plantel, no tuvo inconveniente alguno en mandarlos al banco.


La rotación de nómina es principio básico de su filosofía. Para él no existen titulares y suplentes. Simplemente un plantel que debe estar apto para competir ante cualquier circunstancia. Le ha costado hacérselo entender a la torcida tricolor y por consiguiente a un sector de la prensa que le reclama resultados y nunca encuentra respuesta cuando le preguntan qué tanto apunta durante los partidos.


Obsesionado por el detalle, no sale al banquillo sin cuatro cosas. Un escapulario, la imagen del santo de su devoción, la libreta y dos lapiceros. Uno de color rojo y el otro azul. Con el primero anota las fallas de sus dirigidos y con el otro destaca los aciertos. También de vez en cuando arranca trozos de papel para que el jugador que entra de cambio redistribuya funciones en la cancha. Tan sencillo es en su personalidad y forma de ver el fútbol, que puede decirse que es un técnico de papel y lápiz.


En Brasil ha gastado de ambas tintas por igual. Pero cuando empezaba a darle forma al famoso club paulista, surgió la oferta de México, esa que había esperado durante años de la Federación Colombiana de Fútbol. “Dirigir en un Mundial es más que la graduación de un entrenador, es el mayor desafío que se puede afrontar y si es la selección de tu país, ni hablar”, me dijo en la sala de prensa del Maracaná en la pasada Copa del Mundo, la primera que vivió.


En calidad de analista para una radio y un canal de televisión colombianos, disfrutó esa experiencia. Fue un contacto desconocido con el micrófono, aunque suficiente para prometerse a sí mismo, a su esposa, dos hijos, padres y hermanos, que a la próxima irá con escarapela… ¡Pero de seleccionador!


La esencia de Osorio es innegociable. Podrán haber tabletas, pantallas táctiles, programas que desnuden al rival, pero él seguirá con su tablero para llenarlo de flechas. En distintas direcciones pero con un destino fijo: llevar a México a la semifinal del Mundial. 


Lo que está claro es que en esa mutación de técnico a seleccionador la rotación siguió imperando. Osorio lo tiene claro aunque se diga que es recreacionista, que inventa por momentos, que es demasiado frontal a ratos. Pero en definitiva, de que sabe, sabe.



Autor: Fabián Mauricio Rozo Castiblanco


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