Se acabó
una reflexión de Rodrigo Márquez Tizano
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JULIO 15
Los falsos extremos corren en diagonal de la banda hacia el centro y de ser posible, buscan la portería a pie cambiado. Cuando el pase al espacio tiene mejores perspectivas, filtran la bola para que el nueve resuelva. Su papel es desequilibrar, abrir defensas, gambetear, pasar, definir.

juanfutbol y La Ciudad Deportiva convocaron a siete falsos extremos (Guillermo Fadanelli, Rafael Peréz Gay, Javier García Galiano, L.M. Oliveira, Diego Rabasa, Rodrigo Márquez Tizano y Kyzza Terrazas) para que corran la diagonal del periodismo a la literatura. Con su prosa nos mostrarán otras bandas, otras áreas, otros regates del juego. Son más falsos que extremos, no habrá defensa que los resista.

KYZZA TERRAZAS

L.M. Oliveira

Javier García Galiano

Guillermo Fadanelli

Diego Rabasa

Rodrigo Márqiuez Tizano

Rafael Pérez Gay

JULIO 15
Se acabó
por Rodrigo Márquez Tizano
" Van Gaal es antipático, sería ridículo negarlo. La cosa es que, aunque muchos se empeñen en hacernos creer lo contrario, el futbol no es un concurso de popularidad "
Luego de 32 días de marchas forzadas, balones de broma, bromas arbitrales, árbitros espumosos, samba de musac, achaques de moralina, demasiada patria, goleadas, canciones que conmemoran las goleadas, paternidades perdidas, relaciones rotas, cortes aerodinámicos y más tatuajes de los que se hayan visto jamás en ningún barco pirata, los actores, sus comparsas y demás sablistas que los acompañaron durante un mes entero, a todo color o a control remoto, han levantado al fin la carpa y nosotros, los que nunca estuvimos ahí (y con ahí me refiero a la cancha, entre los veintidós, no causando desmanes en Manaus) regresamos al eterno domingo del que hemos perdido la cuenta, igual que con esos programas de Acción que al anochecer enumeraban, sin suerte, las horas más tristes de la vida.

Uno se aferra como puede: con los molares, retrasando las entregas, renunciando al anís del mediodía en favor de la caipirinha; aunque todo, en cierta medida, parece inútil. El trasiego a la realidad es duro. Para tratar de aliviar la ansiedad de separación, el analista serio se pregunta, con genuina vanidad, si acaso el que recién termina ha sido el mejor Mundial de la Historia, como si nos pudiera devolver 30 días atrás en un soberbio ajuste de cuentas o a la palabra historia le preocupara lo que el analista serio tiene que apuntar sobre ella. ¿A usted le importa? ¿Es más o menos sublime el pecho y escuadrazo de James por haber sucedido este verano y no, digamos, en 1970? Este juego es dadivoso, el país de la dádiva. Hoy más que nunca: si hablar de lo importante nos provoca grima, siempre nos quedará lo más importante de lo menos importante. Ahí el terreno es fértil. Pero el analista serio casi no pregunta sino afirma, ¡y con galones, que para eso es analista serio! igual que Blatter, (que para eso es Blatter) y claro, de igual forma redondean los decimales según conviene. ¿Cómo llegar a tal afirmación? ¿Contando memes? Conozco, por cierto, a un par de individuos que vieron el Mundial subtitulado en memes. Es el futbol que viene, afirman.

También queda el futbol ausente. El que no fue o se negó a aparecer. Para el otro tenemos Youtube o la memoria, que cada vez más son lo mismo. Blatter y compañía deben ampararse en la reinterpretación porque ahí pueden construir una realidad que los solape. Nosotros no. La FIFA es política, pero por fortuna la FIFA no es el futbol. ¿Qué más da si Messi levanta un trofeo que, merecido o no, importa muy poco? Quien considere una infamia que Messi recoja el Balón de Oro de Brasil 2014, debe preguntarse si no resulta más infame que la larga temporada, el desánimo, los compañeros, el calor, el momento, o vaya usted a saber qué carajos, haya hecho que nos perdiéramos al genio en el que debió ser su momento. No pudo ser. ¿Cuántos millones de veces se ha visto la repetición del Barrilete Cósmico en el mundo, traducido a distintas lenguas? ¿Cuántas memorias lo reproducen con mayor fidelidad que la filmación original? Nos perdimos algo así de grande. El manantial de historias que pudo ser. No echo de menos esa supuesta justicia en la repartición de unos galardones sin sentido, sino el futbol de Messi. El que se quedó en el tintero. Queda en cambio la imagen del mejor jugador del mundo sentado sobre un bidón que parecía el de Branco; encorvado, aislado, con una cinta al brazo que se negaba a amplificar sus cualidades de líder. El lugar común dice que nadie se acuerda de los segundos. Mentira. El recuerdo de los hipotéticos campeones alcanza honduras que la memoria no conoce.


JULIO 12
Futbol y democracia
por Diego Rabasa
El discurso fúnebre de Pericles es ampliamente considerado como uno de los textos más bellos y emblemáticos sobre los ideales de la democracia. En él, Tucídides retrata una sociedad en la que los intereses privados y públicos convergen por el bien común. Las leyes conducen una comunidad con justicia y la riqueza no generaba esas dinámicas sociópatas absolutamente distintivas de nuestro tiempo. “amamos lo bello con sencillez y la sabiduría sin complacencia. Nos servimos de la riqueza más como medio de acción que como motivo de jactancia”, dice el texto del que Hegel llegó a decir que “nos pinta el más hermoso cuadro de una constitución, donde los ciudadanos están educados y tienen ante los ojos el interés de la patria, donde la individualidad es culta y posee una conciencia desarrollada de los negocios públicos y los intereses generales”. Por si fuera poco, la dinámica social contempla la necesidad que tiene la mente y, sobre todo, el espíritu de esparcirse y gozar. “También nos hemos procurado numerosos descansos para el espíritu, ya que tenemos certámenes y fiestas anuales, así como hermosas casas particulares cuyo goce diario ahuyenta los pesares”. El mundial de futbol, como uno de esos espacios de abandono de la obligación y los pesares cotidianos, no juega un papel trivial. Esto, no obstante, no justifica los alarmantes grados de incidencia que tienen en el destino de una nación.

" Que el destino de un país se encuentre sobre los hombros de un grupo de futbolistas que no rebasan los veinticinco años de edad es un disparate monumental "
La democracia actual está tan alejada de lo que Tucídides esboza que resulta indigno si quiera utilizar la misma palabra para aludir a ambos sistemas de gestión política, social y económica. Los Estados Unidos, paladines contemporáneos de los ideales de “libertad” democrática, han visto como su sistema político se pudre desde dentro a través de la intervención decisiva y desmedida de las corporaciones en los financiamientos de las campañas electorales. Con la medida instrumentada por el gobierno de George Bush que le permite a las corporaciones formar comités de acción política (Super PAC) para donar cantidades ilimitadas de dinero a los candidatos en una contienda electoral, son ahora las corporaciones las encargadas de decidir quién debe contender por tal o cual escaño en el Senado o ser candidato por uno de los dos partidos políticos a la presidencia del país. El dinero, en su inmensa mayoría, va a la televisión. Minutos al aire igual a votos. Tan sencillo como eso.

Pongo ese ejemplo para demostrar que no sólo en nuestra suave patria se cuecen habas. Aquí la complicidad (o sumisión) del gobierno a los monopolios televisivos no pasa por la simulación de la inversión terciarizada de compañías en anuncios publicitarios. La conexión es directa. La fórmula la misma: la televisión manda.

En semejante escenario los espectáculos deportivos de la magnitud del mundial, adquieren un talante decisivo en las preferencias de un electorado sumido en la ignorancia, la pobreza y sujeto a la más vil de las manipulaciones por los grandes consorcios. De nuevo: sucede en todo el mundo. Las facciones separatistas escocesas quieren que el referendo que habrá de decidir su permanencia en el Reino Unido se celebre después de un torneo de golf en el que Escocia compite como país independiente. Si lo ganan las posibilidades de que triunfe el voto independentista son mayores. En Brasil, en cambio, la presidente Rousseff sentía que cada gol alemán se convertía en miles de votos para su adversario en las próximas elecciones presidenciales.

Después del inolvidable partido de las semifinales David Luiz apareció en televisión con el rostro absolutamente descompuesto para pedirle perdón a la nación. Que el destino de un país se encuentre sobre los hombros de un grupo de futbolistas que no rebasan los veinticinco años de edad es un disparate monumental. El verdadero motivo de vergüenza para los brasileños es que haya habido cientos de miles de personas que perdieron sus hogares para que los turistas pudieran ir a generar desechos a su país. Que haya decenas de millones de personas sumidas en la pobreza más absoluta. Que incluso héroes modernos de la izquierda como el ex presidente Lula da Silva se atreviera a decir previo al mundial que “hay momentos para protestar y hay momentos para ver futbol”. Estos son los verdaderos factores de humillación nacional y no el que su equipo, rancio, violento y tacaño con el deporte como jamás se había visto a un equipo con esa camiseta, haya sido rebasado desde todos los ángulos posibles en un partido de futbol.

JULIO 11
Klose y el caos
por Guillermo Fadanelli
Las preguntas comunes o inocentes no pueden responderse más que con un absurdo. Si un evangelista intenta convencerme para que me sume a su religión y me hace preguntas como: “¿Por qué no acudes al llamado de Dios?” Entonces le respondo: “Dios se ha quedado solo. Es un perdedor.” Cuando alguien me pregunta mi edad le ofrezco y prometo, a cambio, enviarle una muestra de mi ADN. Y si alguien me pregunta por qué me gusta el futbol diré a partir de ahora: “Porque Brasil perdió 7-1 contra Alemania.” Y la respuesta suena tan absurda porque no es más que la verdad. Es posible que el matemático francés René Thom hubiera tomado como ejemplo este partido para reforzar su Teoría de las Catástrofes. ¿Es posible imaginar una teoría de la discontinuidad o del cambio? Sí, antes de que los matemáticos llegaran a sus primeras hipótesis al respecto, ya Homero, Sófocles, Shakespeare, Dostoiewski, Gogol y los escritores rusos habían dibujado la sustancia y la imagen de la tragedia en sus libros. Algo mejor que una teoría: una realidad, una esencia del vivir.

" El siete goles a uno es lo más parecido al caos del cual uno quiere salvarse vía la normalidad. Nada. Mañana llega la muerte. En unos cuantos años Alemania será goleado. El niño esperado nace enfermo. El accidente aguarda a la vuelta de la esquina. Y por ello a mí me gusta el futbol. No porque es social, sino porque es humano "
Los siete goles que la armada alemana le disparó a Brasil son más reales que un árbol. El resultado podría explicarse por los errores de marca de David Luiz o Maicon, por el desconcierto de Dante o la ausencia de un medio campo inteligente y robusto: ¿dónde estaba Paulinho o Hernanes? Las ausencias de Neymar y Thiago Silva o el hecho de que Bernard se pasara el partido mordiéndose la cola, mientras el espectro de Fred vagaba por el campo, podrían valer también como intentos de explicación, pero serían parciales y no acabarían nunca. Los “expertos” se ahogan ya ofreciéndonos razones para justificar la catástrofe. Yo añadiría, mejor, algo tan estúpido como: “Así es la vida.” La normalidad es una invención, un recurso de la imaginación para construir una realidad. La normalidad no tiene que ver con la vida humana, sino con las sociedades que “progresan”, es una ilusión para soportar el día a día y albergar también una esperanza de futuro. El siete goles a uno es lo más parecido al caos del cual uno quiere salvarse vía la normalidad. Nada. Mañana llega la muerte. En unos cuantos años Alemania será goleado. El niño esperado nace enfermo. El accidente aguarda a la vuelta de la esquina. Y por ello a mí me gusta el futbol. No porque es social, sino porque es humano. “Las explicaciones llegan tarde” Lo primero es el siete goles a uno. ¿Cuánto dura un terremoto devastador? ¿En cuántos minutos los alemanes le metieron cinco goles a estos brasileños que juegan en Europa? En un lapso de tiempo que si bien se mide en minutos, también podría comprenderse por medio de una metáfora: esos goles entraron durante la brevedad que dura lo eterno. Y allí me quedo. Los minutos no transcurrían, sino los goles y la conciencia de la desgracia. ¿Quién es mi favorito entre Alemania y Argentina? Vaya pregunta sosa. Mi favorito es el árbitro. En la final del mundial Italia 90 no lo era, mas ya aprendí. El árbitro que ya tampoco se debe a sí mismo, pero que aún puede echar todo a perder. Él encarna el accidente preciso.

También parece un accidente que Miroslav Klose, ese acucioso, madrugador campesino católico polaco sea, desde el martes, el nuevo máximo anotador de las copas del mundo. Desplazó a Ronaldo. No es una estrella titilante. El gran público no lo conoce. Es un anciano de 37 años que juega en la Lazio y que mira a Neymar como se mira a una joven estrella de rock: lejana, habitante de un mundo distinto. A Luis Muñoz —y quizás al resto de los Falsos Extremos— debe parecerle un desacato y un insulto a la calidad e imagen del futbol que Klose esté por encima —como goleador de mundiales— de Ronaldo, Gerd Müller, Pelé, Lato, Baggio, Jairzinho, Maradona o Rivaldo, pero así están las cosas desde que un desgraciado se robó a Helena para llevarla a Troya.



JULIO 10
Infantes Mutilados
por Kyzza Terrazas
" Sospecho que se hablará mucho y durante bastante tiempo acerca de la masacre que tuvo lugar en el Mineirāo de Belo Horizonte "
Recuerdo un 11-0 que México le metió a San Vicente allá en la prehistoria cuando el flaco Menotti comandó nuestra selección. Hubo varios goles de Carlos Hermosillo y del inolvidable Marcelino Bernal —el de los trazos amplios y precisos, el de la crin grupera que un par de años después anotara un golazo contra Italia en el mundial de 1994. Pero eso no fue una semifinal, sino una eliminatoria de la CONCAKAFKA y los heroicos jugadores de San Vicente tuvieron que recurrir al oxígeno para soportar la altura de la gran Tenochtitlan. En otras palabras: aquel partido casi no contaba. Aunque recuerdo, eso sí, haber festejado todos y cada uno de los goles en un Estadio Azteca con un lleno casi total. Todavía se podían llevar banderas al estadio y todos aún éramos muy inocentes.

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Me acuerdo también que en aquellos años maravillosos cierto equipo en la preparatoria se llamaba Lluvia de Goles. Eran nuestros archirrivales, pero siempre les ganábamos porque ellos solían pasar su tiempo fumando mariguana en el cementerio que estaba a unas cuadras de nuestra escuela, el CIE, mejor conocida como el Centro de Investigaciones Espaciales. Nosotros teníamos en la delantera al César —SexArt lo apodamos—, unos de esos batos caracoleros que son buenos para cualquier deporte, un bully terrible que ni un solo día olvidaba joderme pero lo hacía con tal joie de vivre que vaya que se lo perdono. Y nuestra defensa estaba liderada por el Calacho —quizá debiera escribirlo con K: Kalacho—, el único punk verdadero que he conocido, un tipo que le daba al chemo como si no hubiera mañana y que no sé cómo hacía para escupir los gargajos más grandes y verdes que he visto en mi vida. El Kalacho siempre traía botas de obrero y con ellas despejaba con punterazos y cometía faltas arteras. (Con esas botas también jugaba basquetbol y caminaba por todos los rincones de RIS, la unidad habitacional donde vivía). Viene a la memoria alguna vez que nuestro equipo —los Infantes Mutilados, pueden imaginarse el banderín— remontó un 5-0 frente a un equipo de chicos mayores. Esos de tan pusilánimes ni nombre tenían.

Todos los equipos han recibido y propinado golizas. Hasta México, hasta los Infantes Mutilados. Pero lo que se vivió ayer —ese 7-1 de piedra sacrificial— es inédito y profundamente doloroso. Sospecho que se hablará mucho y durante bastante tiempo acerca de la masacre que tuvo lugar en el Mineirāo de Belo Horizonte. Por el momento, sin embargo, habrá que hacerle caso a Wittgenstein y guardar silencio porque sobre la semifinal Brasil-Alemania del 8 de julio de 2014 aún no se puede hablar.

Posdata: qué alegría la alegría argentina.



JULIO 9
Novelas posibles
por Javier García-Galiano
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Cada Copa del Mundo depara historias memorables por razones varias, tramas que no siempre obedecen a una épica deportiva, novelas posibles. La primera Copa en Uruguay parece una proeza hecha de desventuras e irrealidades. Menos los errores desde entonces sospechosos de los árbitros que la sombra de Mussolini marcaron el incipiente torneo en los años treinta, los cuales debía haber dominado un equipo fantasma: Austria, en el que jugaba Mathias Sindelar y Sesta, a la que eliminó Italia en semifinales en el Mundial del Duce y que no jugó el del 38 francés porque los nazis habían “asimilado” Austria a Alemania. La amenaza siniestra de los militares convertidos en dictadores también es un estigma del torneo de Argentina, en 1978. Antes de que empezara la Copa del Mundo de 1966, en Inglaterra, la prensa de diversos idiomas refirió la historia del robo de la copa Jules Rimet, la que se entregaba al ganador, la cual, como en una novela juvenil, encontró enterrada el perro Pickles. La copa, se sabe, desapareció definitivamennte después de 1970, cuando quedó en posesión de Brasil, donde acaso terminó convertida en bisutería o en amalgama para los dientes. Antes del Mundial setentero, en México, se cometió una intriga que pretendía involucrar al gran Bobby Moore en el robo de unas joyas en Colombia...

" Aunque seguramente será recordado por la mordida insólita del uruguayo Luis Suárez, la Copa del Mundo de 2014 puede sugerir varias novelas posibles "
Aunque seguramennte será recordado por la mordida insólita del uruguayo Luis Suárez, la Copa del Mundo de 2014 puede sugerir varias novelas posibles. Una de ellas podría proceder de los arreglos de los partidos. No se trata solamente de los arbitrajes, cuyos errores, como en el Mundial de Mussolini, han favorecido flagrantemente al equipo de casa: Brasil, sino de una trama de apostadores cuyo origen puede estar en geografías legendarias como Birmania, Macao o Hong Kong y que quizá intimidaban a algunos jugadores de Camerún para sobornarlos y para que lograran el resultado indicado por los momios.

A pesar de la colaboración de los militares, a los cuales ha recurrido la otrora perseguida Dilma Rousseff para contener a un país que algunos creen ejemplar, el crimen ha competido como algo más que una inminencia. Las estafas y el tráfico ilegal de boletos no ha sido monopolio natural de la reventa en connivencia con algunos padrinos y lugartenientes de la Federación Internacional, sino que en el robo de esas entradas acaso preciadas y deseadas también han contribuido delincuentes comunes. Ciertos reporteros han difundido la noticia que sostiene que cuando los simples aficionados se acercaban caminando anhelantes al estadio, quizá acompañando a sus hijos, aparecían porristas organizados, adictos a las gradas, que les robaban los boletos que necesitaban.

Existen asimismo historias que apenas se adivinan como una conjetura, que comienzan cuando el juego termina como la de los viajeros mexicanos atrapados en Fortaleza porque su avión no tenía permiso para volar en cielo brasileño. Algunas pueden adquirir formas similares a las de las tramas de intriga, espías e impacables justicias subrepticias. Después de la eliminación inmediata de Rusia, quizá Fabio Capello sea convertido en personaje de una de esas historias siniestras de las que no se puede escapar cuando deba entregar su informe al tribunal de la Federación Rusa de Futbol y deba explicarse ante empresarios eslavos y funcionarios del gobierno de Vladimir Putin . algunos de los cuales quizá todavía acostumbren una sonrisa inquietante con dientes de oro, acaso procedentes de la copa Jules Rimet.

Finalmente, una historia puede cifrarse en un nombre; el de un jugador de Costa Rica parece uno de esos nombres y esa historia hubiera podido escribirla un muerto: Celso Borges.



JULIO 8
El Especialista
por Rodrigo Márquez Tizano
Casualidad o no, los principales detractores de Van Gaal, quienes lo tachan de agrio, arrogante o libretero, son los mismos que le aplauden los exabruptos al Piojo Herrera. Como las frustraciones acumuladas nos han enseñado que para conseguir un lugar en la memoria mundialista debemos tomar el papel de los simpaticones, las comparsas o el recurso cómico, cuando aparece un tipo adusto que prefiere enseñarle los dientes a los periodistas que sacarse selfies con ellos, lo sentimos casi una ofensa. Van Gaal es antipático, sería ridículo negarlo. La cosa es que, aunque muchos se empeñen en hacernos creer lo contrario, el futbol no es un concurso de popularidad.

" Van Gaal es antipático, sería ridículo negarlo. La cosa es que, aunque muchos se empeñen en hacernos creer lo contrario, el futbol no es un concurso de popularidad "

Detestable cuando gana, tampoco cae en gracia su manera de perder. Y no es que los holandeses estén menos acostumbrados a quedarse a una cabeza de la felicidad. Dos escuelas opuestas de asimilar las derrotas: cuando Van Gaal pierde, reparte la culpa entre los jugadores y las decisiones propias. Permanecen el juego y la intención. Si la victoria no llega, será a causa de un plan fallido, nunca por falta de uno. En cambio, cuando Herrera sopesa la inferioridad, los dedos acusatorios siempre se dirigen al arbitro, al clima, al entrenador rival. El plan del Piojo, al parecer, se reduce a buscar culpables con antelación.


Guardarse el cambio para meter al arquero suplente en la tanda de penaltis contra Costa Rica pudo pasar a simple vista como un capricho, el golpe de autoridad de un necio que muere o vive aferrado a sus ideas, pero nunca como un golpe de suerte. De haber fallado, Krul tendría más enemigos que Aquino y Van Gaal sería el hazmerreír del torneo. Como funcionó ahora hay quien le da trato de genio. Naturalmente, los profetas del pasado se masturban con los hechos, pero el plan tuvo que ver con la fortuna tanto como la suerte en una tanda de penales. Es decir, casi nada.

Krul no es un especialista. Es más, en el papel ni siquiera parece un buen atajador de penales. De los veinte que disputó en los últimos cinco años como arquero del Newcastle, sólo atajó dos. Pero eso no lo sabía Bryan Ruíz y al parecer tampoco el Profe Pinto. La viveza de Van Gaal no fue meter a un guardameta mejor calificado, sino hacer pensar a los rivales que tenía un as bajo la manga. Seguro que ante la posibilidad de definir el pase desde el manchón, Costa Rica había estudiado los patrones de los posibles tiradores y del arquero titular. Krul, por su parte, era una incógnita, incluso para sus compañeros. Ante el misterio, se impuso la duda. Dante Panzeri decía que el jugador inteligente es el que sabe lo que no sabe y sabe al mismo tiempo en qué es flojo el adversario que sabe más que él. Krul sí tenía una característica única: funcionó como un especialista del momento. El que sabe o supo más que todos, al menos por una fracción de segundo. Fanfarronada o no, el gesto de guardar un valioso tercer cambio tras 120 minutos de calor y desgaste físico tenía pocas probabilidades de ser un bluff. No hubo tiempo de conjeturar la profundidad del escenario. Krul, único socio de Van Gaal en la faena, saltó al campo con ademanes gamberros para desestabilizar aún más a los confundidos ticos. ¿Cómo sedar la arrogancia propia de cualquier jugador que anhela la titularidad para prometerle cinco minutos eternos? Ahí reside la clave. Después de todo, el capataz resultó un seductor de primer orden.


JULIO 7
Semifinales
por Rafael Pérez Gay
Se ha impuesto la geopolítica del futbol en las semifinales de la Copa del Mundo de Brasil 2014. Pese a la rebelión de los débiles, la fuerza y la tradición se han impuesto: Brasil, Alemania, Holanda y Argentina velan las armas para encontrarse en semifinales. Los belgas no resultaron al final el caballo negro cuyo jinete Hazzard los llevaría más allá de los cuartos, aunque protagonizaron el mejor partido del torneo, o el más emocionante, contra Estados Unidos. Argelia hizo sudar a los alemanes, pero en dos o tres jugadas liquidaron la esperanza argelina. México le jugó a Holanda de frente y tuvo contra la pared quizá al mejor equipo de la copa, pero en cinco minutos holandeses, un error y una rapacería, los mexicanos se fueron al diablo. Brasil avanzó de nuevo a tropezones sobre Colombia y un rodillazo criminal le fracturó una vértebra a Neymar.

" No espero mucha emoción en los juegos de las semifinales después de lo que vi en los cuartos, partidos insípidos y aburridos aun con el sitio de Holanda sobre Costa Rica y el valor tico aguantando los embates de tres de los mejores jugadores del mundo: Roben, Van Persie y Sneijder "
No espero mucha emoción en los juegos de las semifinales después de lo que vi en los cuartos, partidos insípidos y aburridos aun con el sitio de Holanda sobre Costa Rica y el valor tico aguantando los embates de tres de los mejores jugadores del mundo: Roben, Van Persie y Sneijder. Si pienso en Brasil vs Alemania veo un encuentro nuclear, pero no han mostrado más que lo necesario para llegar a la ruta final del torneo. Preveo un juego egoísta, cerrado en constante desprecio con la emoción. Espero equivocarme.

Argentina vs Holanda suena a una final adelantada. La catastrófica perdida de Di María ha puesto a temblar a los argentinos, pues se había convertido en pareja natural de Messi y motor del equipo, el acto propiciatorio de la genialidad de Messi. No parece que Gonzalo Higuaín pueda tomar esa rienda, el control y el liderazgo no forman parte de su carácter. Soy de la opinión de que Holanda se ha llevado los méritos y las medallas de la emoción, el buen juego, la generosidad con el espectáculo. Si el futbol y la vida avanzaran de acuerdo a cierta justicia o cierto equilibrio, Holanda debería ser campeón. Ya es tiempo de que levante la copa.

JULIO 5
Justicia
por Diego Rabasa
Una de las cosas que hacen que el futbol cause fascinación tanto a aquellos que lo vislumbran desde la suspicacia intelectual como a aquellos que se anegan en la enajenación más profunda es que el juego tiene su propio sentido de la justicia. Decir que un equipo que perdió un partido fue mejor es un gesto estéril acaso útil para consolar la incapacidad del doliente de afirmar la realidad como es. En los 100 metros planos gana el más veloz, en el salto de altura el que consigue librar la barra más alta, muy simple. Pero ¿quién gana un partido de futbol? La respuesta de los “analistas” televisivos es tan simple como burda “el que mete más goles”. Pero esforcémonos un poco más. ¿Dónde yace el sentido de justicia en el futbol? El mundial se ha presentado como una opción inmejorable para hacernos esta pregunta. Los árbitros parecen tunantes disfrazados de negro, la tecnología se limita a decirnos si ese acto tan simple que despierta una algarabía tan compleja, el del balón rebasando la línea de gol en su totalidad, ha acontecido o no.

" Que pierdan eternamente si ese ha de ser nuestro destino, pero que en vida hablen con una voluntad más recia, menos pusilánime y encandilada ante la promesa del triunfo "
Los octavos de final fueron un desfile de tragedias en los que tristemente observamos que la Historia sigue empecinada en ser un epígono de sí misma. Equipos más débiles tuvieron en la lona o mínimo pusieron contra las cuerdas a sus mayores. Chile lo hizo con Brasil, México con Holanda, Argelia con Alemania y Suiza contra Argentina: todos perdieron. ¿Justa o injustamente? Ante los ojos del simple espectador la balanza de la dama de la justicia está peor calibrada que la que pesa las verduras en el mercado de la esquina. Sin embargo el desenlace de un partido, salvo por contadísimas ocasiones (el travesaño de Chile puede ser una de ellas) difícilmente depende del devenir de una sola jugada. Hace unos años escuché decir a un entrenador legendario de la NFL que cuando jugabas contra un equipo de tu mismo nivel el resultado dependía de una sola cosa: quien se sentía más convencido de obtener la victoria la conseguía. El aspecto mental del juego por definición es invisible. Las gambetas, los tiros a gol, los clavados, las pifias defensivas, las malas marcas, el cansancio y las mordidas son representaciones de un duelo mental colectivo que se fraga en los niveles más trascendentes de la competencia deportiva. Recién eliminada la selección de Estados Unidos Klinsman dijo que su equipo se había comportado a la altura de las expectativas que tenía de él y que ahora tenía cuatro años para convencerlos de que los ingredientes para dar un paso más elevado estaban puestos salvo por el convencimiento de los propios jugadores de que así era.

En las incontables borracheras en las que he hablado de la Selección Mexicana, las (pocas) victorias (como la medalla de oro) han sido tema mucho menos veces que las derrotas que tienen un sabor más real. La aproximación instrumental hacia el futbol que piensa que sólo el triunfo cuenta me parece insulsa y más propia de la mentalidad maniquea y trastornada de los norteamericanos que de nuestra estirpe melancólica y trágica. No creo que hayamos perdido injustamente. Perdimos porque nos venció una vez más la voluntad. Dice Montaigne al respecto: “Nuestra obligación no puede ir más allá de nuestras fuerzas y nuestros medios. Por tal motivo, dado que efectos y acciones en modo alguno están en nuestro poder, y dado que, si hablamos en serio, sólo la voluntad está en nuestro poder, todas las reglas del deber del hombre necesariamente se fundan y se establecen en ella”. Más que el triunfo sería importante, en el futuro, que México encontrara la voluntad de jugar, al frente, sin miedo, al margen del resultado. De vuelta a Montaigne: “Yo me guardaré –dice el pensador francés–, si puedo, de que mi muerte diga nada que primero no haya dicho mi vida, y abiertamente”. Que pierdan eternamente si ese ha de ser nuestro destino, pero que en vida hablen con una voluntad más recia, menos pusilánime y encandilada ante la promesa del triunfo. Y si esto no sucede, tampoco pasa nada. Como dice Milan Kundera: la vida está en otra parte.

JULIO 4
Canibal
por Guillermo Fadanelli
Escuché a un comentarista de televisión afirmar que la mordida de Luis Suárez a Giorgio Chiellini había sido un acto de canibalismo, nadie le respondió o contradijo. Tal vez nuestro escandalizado comentarista —el antiguo "joven" Murrieta— imaginó que si nadie hubiera detenido a Suárez, éste se habría comido allí mismo a Chiellini de cabo a rabo. La mordida que apenas y causó daño debió de castigarse como cualquier agresión normal dentro del campo de juego. En cambio, se hizo escarnio de Luis Suárez, se le desterró o exilió del futbol durante cuatro meses y se le señaló como a un enfermo necesitado de ayuda sicológica. El jugador uruguayo fue víctima de un verdadero y sibarita "canibalismo moral" por parte de sus detractores. ¿Tenía antecedentes penales en el futbol? Sí, como cualquier jugador que durante su carrera ha golpeado tobillos o se ha barrido de manera desleal. El mismo Chiellini, a quien sigo en los partidos de la "Vieja Señora", es un maniaco depredador del contrincante, uno de los defensas más aguerridos y mañosos del mundo: una bestia viciosa y acechante (utilizo este lenguaje para mantenerme a la altura de la represión que instituye la FIFA desde su absoluto control de lo que debe ser la justicia dentro y fuera del campo de juego).

" El jugador uruguayo fue víctima de un verdadero y sibarita "canibalismo moral" por parte de sus detractores. ¿Tenía antecedentes penales en el futbol? Sí, como cualquier jugador que durante su carrera ha golpeado tobillos o se ha barrido de manera desleal "
Ya hace 2500 años Aristóteles había escrito que no podíamos saber que es la justicia, pero sí los actos justos. Y para que estos actos pudieran ser declarados justos, tendrían que ser sopesados y discernidos desde diversas perspectivas. En efecto, se requiere de una conversación razonable para llegar a un acuerdo más o menos venturoso sobre lo que es justo o no. Algo que no sucedió con Luis Suárez, quien debió abandonar el mundial y dejar a su selección melancólica y huérfana en las garras de una hambrienta Colombia. Yo sugeriría, como lo hiciera ya Richard Rorty, tratar el concepto o la idea de justicia como lealtad ampliada hacia los que te rodean, es decir lealtad dirigida a procurar el bien común. En Filosofía y futuro, Rorty escribió: "El amor a la verdad es inclinación a la conversación: persuadir es bueno". Bueno es también impedir que los tiranos o abusadores institucionales (como parece ser el caso del trubunal justiciero de la FIFA) gobiernen sobre las vidas de terceros sin que medie la reflexión y la réplica. Una mordida no es una agresión común o habitual en el futbol. ¿Qué se castiga entonces? ¿la excentricidad? cualquier codazo bien puesto hace más daño que la mordida de Luis Suárez. Lo qué debería penarse, en todo caso, es el daño: si entre los dientes de Luisito se hubiera quedado la oreja del duro Chiellini, entonces habría un hecho que castigar de manera ejemplar. No fue así. El tope de Zidane a Materazzi en el mundial de Alemania 2006 tampoco fue un hecho común, mas estoy seguro de que la ofensa o insulto verbal del italiano causó daños intangibles en la susceptible mente del descendiente de argelinos. No hay manera de saberlo. Los topes, mordidas y escupitajos no son más violentos porque los registren cien cámaras dentro del estadio, son hechos que deben aquilatarse en la medida del daño que provocan. Uno busca ser justo, no hablar y actuar en nombre de la justicia. Yo prefiero recibir una mordida en el hombro a que me claven arteramente los tachones en mis tobillos. Cada quien tiene su propio estilo a la hora de ofender y hacerse valer dentro del campo de juego. ¿Qué harán los italianos para que todos sus contrincantes deseen embestirlos a topes y a mordidas? si quieren saber los motivos esenciales no tienen más que leer Pregúntale al polvo, de John Fante y terminarán con la impresión de que Luis Suárez y Zidane debieron comerse enteros a estos patanes cattive vestidos de azul. Y quien esto escribe es un simple fanático de la liga italiana. Alguien que no tiene más autoridad que sus palabras. Uno que abomina el disneylandia moral y aséptico de la FIFA. A fin de cuentas las mordidas son parte de la vida íntima de un jugador.



JUNIO 26
Soy un perdedor
por Kyzza Terrazas
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Durante la preparatoria coincidí con un gran tipo, Iván, que es genio. En aquel entonces él asistía a olimpiadas internacionales de química y si mal no recuerdo obtenía medallas o bien alcanzaba los primeros lugares. Compartir con él clases de matemáticas o física era experimentar el asombro a cada instante —su intelecto, pues, parecía operar como un perenne acto de magia. Sí, como en las películas. Encima de todo, poseía un gran sentido del humor y jamás se ufanaba de sus poderes; más bien los ponía al servicio de sus amigos y, claro, para evidenciar lo absurdo de ciertas creencias que tomábamos como verdades incontrovertibles. Por ello Iván solía decirnos que en el dominó el azar tenía un papel mucho mayor que el de andar contando fichas, que el de saber comunicarse en silencio, al paso de los turnos, con nuestras parejas de juego. Alguien podría argumentar que lo hacía para molestar a quienes se enojaban al perder después de tirar la ficha supuestamente incorrecta o por una mala movida del compañero. Yo sospecho, empero, que Iván tenía razón.

" La persona menos docta es perfectamente capaz de leer un partido, de discernir lo que en la cancha ocurre sin necesidad de que expertos se lo "expliquen", y de vivirlo como le venga en gana mientras sus actos no afecten a terceros "
Traigo a cuenta lo anterior porque resulta común que entren en discusión apreciaciones contrarias acerca de un partido de futbol, sobre el desempeño de tal o cual selección o equipo. Todos participamos en ese tipo de conversaciones; yo lo hago a menudo, incluso con varios de los que comparten este espacio. Debo decir, no es algo que esconda, que me cuesta mucho trabajo experimentar el futbol si no es desde la víscera. Eso no me impide aceptar que a veces mi juicio se nubla por la pasión del momento o que mis opiniones suelen ser innecesariamente extremas. Sin embargo, también estoy convencido que el futbol no es una ciencia. Aunque por supuesto cuenta la experiencia de haberlo visto o jugado durante años, la persona menos docta es perfectamente capaz de leer un partido, de discernir lo que en la cancha ocurre sin necesidad de que expertos se lo “expliquen”, y de vivirlo como le venga en gana mientras sus actos no afecten a terceros. Es un deporte tan visto quizá porque en él se juegan —y no sé por qué— muchos más asuntos de los evidentes; al apoyar a éste o aquel equipo entramos en un terreno ambiguo, un sitio donde proyectamos filias y fobias, probablemente tan hediondo como un pantano, una esfera de atavismos nacionalistas hecha de alegrías y tristezas y traumas personales e históricos insonsables. Por lo mismo duele cuando, ante ciertos exabruptos, alguien dice que aprendamos a ver futbol, como si aquello fuera un fenónemo astronómico o una derivación lógica. Por eso me resultan antipáticos aquellos técnicos que, como Van Gaal, están más preocupados por los diagramas en su cuaderno que por atender lo que sucede sobre el fresco pasto verde donde van a morir nuestras ilusiones. Por estas razones me enfurece cuando alguien quiere mostrar, con cierto aire de superioridad racionalista, que la selección se equivocó, que la culpa no es del árbitro ni de Robben ni de los malditos tlaxcaltecas. Necesito vivir y saborear la derrota y cantar en español “Looser”, la canción de Beck, cada que pierden los Pumas, que es bastante seguido. Tal vez después de eso, de la borrachera que ahogue mis penas y los insultos que profiera contra los hijosdeputa de la Federación Mexicana de Futbol y de la FIFA, llegue a esas mismas conclusiones sobre los errores tácticos y las corruptelas en el manejo de este deporte. O quizá me embarque en un intento de comprender por qué carajos me afecta todo esto —los festejos del Piojo Herrera y esa ira que comparto, la sonrisa de Gio dos Santos al festejar su gol, la lesión de Héctor Moreno, el adiós de Rafa Márquez— después de tantos años de vivir idénticas decepciones y aún sabiendo que es un opaco negocio que lucra con nuestra estulticia.

No sé exactamente qué diría mi amigo Iván acerca de todo esto, pero estoy casi seguro de que algo sencillo y esclarecedor como lo que afirmaba acerca del dominó: que nos inventamos algunas cosas para pasar el rato y combatir el tedio e hinchar nuestras emociones en este camino hacia la nada, pero que a fin de cuentas poco está bajo nuestro control. Que tal vez necesitamos algo de lo que teníamos en la era de las hordas y por eso estamos aburridos y somos violentos. El juego, ya lo mostró el pensador holandés Johan Huizinga —sí, carajo, holandés—, es parte fundamental de las culturas humanas; los juegos nos gustan y son importantes porque en ellos se nos va la vida. Dado que son lo más serio que hay, constituyen una fuente permanente de educación. En ese camino algo se ganará pero yo, nena, yo soy siempre un perdedor.



JULIO 2
El enemigo elegido
por Javier García-Galiano
" Los enemigos que se suponen menores con frecuencia resultan desconocidos y se vuelven insospechados y peligrosos. Una de sus armas consiste en estar destinados a la derrota, en que lo natural sea que pierdan, en que la victoria no les corresponde "
Hay quien no cree en el azar, quien sostiene que las circunstancias mínimas obedecen a una maquinación, que los imponderables son ilusorios y que, como decía Cristino Lorenzo, “en el futbol, el único honesto es el balón y a veces pica en falso”.

No falta quien asimismo considera que esa trama de engaños, errores falsos y coincidencias apócrifas ha obrado antes de que comience el juego con la elección de los favoritos en los sentimientos y las apuestas, con el nombramiento del árbitro, con la hora señalada para el partido, con el sorteo que determina a los contendientes. Esos escépticos conjeturan que la suerte beneficia sospechosamente a ciertos equipos, a los que se les elige rivales a modo en circunstancias venturosas.

Sin embargo, los enemigos que se suponen menores con frecuencia resultan desconocidos y se vuelven insospechados y peligrosos. Una de sus armas consiste en estar destinados a la derrota, en que lo natural sea que pierdan, en que la victoria no les corresponde, por lo cual sus adversarios ventajosos están obligados a ganar, deben hacerlo rutinariamente, pero en muchas ocasiones no pueden disimular que desesperan para poder con ese destino ordinario. La selección alemana hubiera querido eludir una venganza posible de los argelinos durante el Ramadán, para los holandeses México fue casi una ignominia, Argentina temió los penalties contra Suiza y acaso Brasil hubiera querido evitar a Colombia.

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Con menos temores y mayor certeza, también en la grada se elige al enemigo. No sólo los desamparados recurren a ese subterfugio cuando el equipo de su nacionalismo o de sus afectos elementales ha quedado eliminado –a veces el odio es un rencor en contra del equipo que ha transgredido sus afectos, a veces se trata de una costumbre-, sino que ciertas animadversiones surgen naturalmente. Un jugador como Luis Suárez, que atreve hechos insólitos como una mordida, incita malquerencias oprobiosas, aunque sus tarascadas resulten menos peligrosas que una planchita en la rodilla, a pesar de su vistoza dentadura. Un árbitro, aunque no se equivoque, mantiene el estigma del mal. Un jugador que se cree perfecto, como Cristiano Ronaldo, despierta nobles antipatías. Un entrenador soberbio, como Jose Mourinho, sabe propiciar aversiones. Pero, sobre todo, hay equipos que se detestan inexorablemente, por lo cual se les desean las peores desgracias, cuyas derrotas deparan una felicidad perversa, que hacen de la enemistad una devoción y que revelan algunos de los sentimientos oscuros del deporte, en los que la debacle del enemigo elegido puede regalar placeres más depurados que los de la victoria.



JUNIO 30
La soledad de las ruinas
por L.M. Oliveira
Lo malo de las ilusiones es que son efímeras y, peor, mientras más grandes, también son más frágiles. Construir una ilusión es como hacer un vitral que, ya en su lugar, pinta la luz de misterio y la disfraza de ensueño. Entonces resulta hermoso sentir la calma del espacio que embellece y que sorprende al corazón: hay algo místico en ilusionarse. Además, está lleno de comunión compartir esperanzas: por unos días los desencuentros se opacan y creemos, todos juntos, en otro futuro con menos decepciones. Pero las ilusiones, como los vitrales, se rompen. Y entonces la luz brutal de la realidad lo inunda todo y lastima.

Lo malo de las ilusiones son sus ruinas: pirámides tomadas por la selva, ciudades petrificadas bajo lava. Barcos en el fondo del caribe. Las ilusiones siempre terminan como la casa de Hernán Cortés en La Antigua: comidas por las raíces de un árbol inimaginado cuando se estaba en la gloria. Qué habrá sentido un habitante de la gran Constantinopla al ver su ciudad caída, al ver su Santa Sofia transfigurada en mezquita. Y qué habrá sentido el portugués que vio arder Lisboa. Yo digo que lo mismo que Rafa Márquez ante el gol certero. Las ilusiones se desmoronan.

" Lo malo de las ilusiones son sus ruinas: pirámides tomadas por la selva, ciudades petrificadas bajo lava. Barcos en el fondo del caribe. Las ilusiones siempre terminan como la casa de Hernán Cortés en La Antigua: comidas por las raíces de un árbol inimaginado cuando se estaba en la gloria "
Por supuesto, en lo más importante, la caída de la Selección no es como la caída de un imperio. A diferencia de las derrotas militares, las deportivas no vienen acompañadas de muerte ni de enfermedad ni de huérfanos. Pero se parecen en lo inmaterial, que es donde se caen las ilusiones. Las derrotas deportivas también duelen y dejan un vacío inabarcable: ya decía en otro texto que la inmensidad está en el corazón y el desmoronamiento de los sueños la muestra en plenitud: nunca estamos tan solos como cuando nos abandonan las ilusiones. Y el drama se incrementa cuando la meta estuvo a un soplo, México cayó como Aníbal frente a Roma, ya atrás los Pirineos.

Lo cierto es que en la derrota se ve el temple, y como no sabemos perder, muy rápido la culpa fue del árbitro y de la FIFA, que siempre está en contra nuestra. También del holandés tramposo. ¿No es irónico que expertos en la derrota no sepamos enfrentarla?

Me parece que el equipo perdió porque no pudo retener la bola, se la robaron los súbditos de los Países Bajos, que por 30 minutos apedrearon de tal forma las ilusiones que protegía Ochoa, que las despedazaron.

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Y cuando vimos los añicos de nuestras esperanzas, comenzó la indignación barata, quizá deberíamos preguntarnos ¿cómo fue que Sneijder entró solo y remató ese pase de Huntelaar? en lugar de culpar a la suerte, como hizo el Piojo, al transfigurar el pase planeado, en rebote azaroso. Y en vez de culpar al árbitro deberíamos preguntar ¿por qué permitieron, ya en los minutos añadidos, que Robben la pisara al borde del área, que picara a línea de fondo y regresara, sí, con el cuerpo flojo, esperando que alguien metiera la pierna, cuando ya no tenía a dónde ir? Y peor y más lastimoso, ¿por qué en lugar de aceptar la derrota salieron a montones los defensores del puuuuuto a ofenderse ante el anuncio inocuo de una aerolínea? qué fácil es defender la humillación ajena, y qué difícil aguantarla en piel propia.

A la mañana siguiente, hallamos el campo lleno de nuestros guerreros derrotados, y llueve. Pero a diferencia de la guerra, tras el Mundial la vida sigue: un equipo gana y el resto se enfrenta a la derrota, que sí, es muy dolorosa y nos deja solos, cada uno llorando su caída. Pero esa soledad apenas dura unos meses, pronto regresan las eliminatorias y con ellas, la ilusión de levantar la copa en el siguiente mundial.

Es fácil cultivar sueños, hace tres semanas no dábamos un peso por el equipo, lo duro está en cimentarlos adecuadamente, y dado que las ilusiones mexicanas, igual que la Ciudad de México, siempre se construyen sobre el lago seco, tierra sísmica, que vio caer a Tenochtitlán, más vale que tomemos estos cuatro años para levantar columnas menos endebles, quizá entonces, lleguemos más cerca del cielo.

JUNIO 29
Brasil sin Brasil
por Rafael Pérez Gay
" Los chilenos regresan a casa con una de las peores sensaciones que hay en el futbol y en la vida: pudimos ganar y no lo logramos, ¿qué hicimos mal? El tiempo no regresa, salvo como memoria, el polvo de la nada "
Un penalti mal cobrado en la ronda final permitió que Brasil siguiera en el torneo. El partido de octavos de final contra Chile fue un desbarrancadero brasileño. Si apartamos a Neymar y a Oscar, el resto del equipo deambuló a ciegas por la cancha, mal y de malas, sin la imaginación y el talento que se le atribuyen a Brasil. Miraron al abismo y sólo la suerte impidió que miles y miles de cariocas se tiraran al mar de la desesperación y la tristeza, y que la presidenta Dilma Rousseff se encerrara en su cuarto de guerra para contener los disturbios desprendidos de la ¬bcólera y la insatisfacción social.

Chile debió ganar. Hizo todo para llevarse la victoria y avanzar a cuartos, pero la fortuna les dio la espalda. Todavía en tiempo extra, Pinilla colgó un balonazo en el larguero que una fuerza invisible hizo que rebotara hacia la frustración y la desesperanza chilena. Con un buen equipo y dirigidos por el obsesivo Sampaoli que ve los videos de sus adversarios a las tres de la mañana, los chilenos regresan a casa con una de las peores sensaciones que hay en el futbol y en la vida: pudimos ganar y no lo logramos, ¿qué hicimos mal? El tiempo no regresa, salvo como memoria, el polvo de la nada.

Brasil ha avanzado a tropezones, sin lucir y sin convencer a nadie. Le regalaron un penalti contra Croacia, empató a duras penas con México, sacrificó a Camerún como lo hicieron todos los equipos del grupo y salvó el pellejo con Chile en un juego que terminó en penaltis, es decir, en la chocarrera decisión de la fatiga, de los calambres, del suplicio ante el manchón que se convierte en un pozo que se traga el carácter de los jugadores. Después del triunfo colombiano ante once uruguayos que patearon al contrario hasta cansarse, Scolari debería estar preocupado, insomne, preso en un mal sueño: la pesadilla de la eliminación en cuartos.

A estas horas, todos en oración. México enfrenta a una de las selecciones más potentes del torneo. La incorporación obligada de Salcido por la suspensión de Vázquez es la única salida sensata que Herrera tenía a la mano. Salcido tiene una larga experiencia, pero con experiencia no alcanzas a Van Persie, a Roben, a Schneider. El exceso de confianza holandés podría ser nuestra arma. Ganar minutos sin gol en contra. La desesperación aconseja mal. Un holandés impaciente e incrédulo, nuestro veneno. Veremos.

JUNIO 28
Cuatro octavos
por Diego Rabasa
Chile Brasil

Con gran sagacidad ayer Iván Zamorano, ese mítico 9 chileno que vino a encallar al América hace unos años, dijo “Brasil es nuestra piedrita en el zapato”. Eufemismo semejante se puede comparar con frases como “el crecimiento económico del país no es el óptimo” o “la legalidad en México tiene sus lagunas”. Las grandes narrativas en el futbol importan tanto como en el resto de las áreas de la vida. Si Chile y Brasil se enfrentaran sin el peso de sus respectivas historias posándose sobre sus conciencias los análisis especulativos serían otros. Sin embargo el encuentro de hoy tendrá una densidad simbólica importante que puede catapultar al equipo que lo sepa manejar. Será Brasil, me parece, pero si los chilenos logran mantener el partido equilibrado hasta territorio avanzado, los fantasmas comenzarán a ulular en las mentes cariocas.

" FIFA se muestra implacable en lo obvio y lo flagrante, opaco y siniestro en lo profundo y soterrado. Morder, se aprende desde niño, no es bueno. Pero las treinta patadas que recibe Luis Suárez por partido deben de doler más que la mallugada que le hicieron a Chiellini "


Colombia Ecuador

En la cantina en la que bebí el asueto mundialista de ayer escuché a un amigo decir “Y la mordida de Qatar a la FIFA cuántos juegos de suspensión le va a ocasionar a Blatter”. Que la FIFA utilice el Fair Play como bandera es tan absurdo como aquella marcha por la paz michoacana en la que desfiló la Tuta. El hecho de que el castigo a Suárez le impida si quiera acercarse a un estadio de futbol es un ejemplo de cómo las leyes que se castigan son las más fáciles de detectar no las más graves. FIFA se muestra implacable en lo obvio y lo flagrante, opaco y siniestro en lo profundo y soterrado. Morder, se aprende desde niño, no es bueno. Pero las treinta patadas que recibe Luis Suárez por partido deben de doler más que la mallugada que le hicieron a Chiellini. Creo que Uruguay saldrá motivado por este hecho y sacará a una de las selecciones más vistosas del mundial hasta ahora.

México Holanda

El técnico de la selección nacional suele ser uno de los hombres más vilipendiados y detestados en un país experto en producir especímenes abyectos que desfilan por la esfera pública con impune longevidad. La casi unanimidad con la que la gente se le ha entregado al Piojo permite advertir un extraño aire que podría desafiar el eterno retorno de los lugares comunes derrotistas. Después de Héctor Herrera el mejor hombre de México ha sido el Gallito Vázquez. Lo que haga Salcido (que los dioses nos agarren confesados) en su lugar será la clave.

Grecia Costa Rica

Los griegos han sido uno de los países que han padecido de manera más severa esa estafa épica que es el sistema financiero internacional. País en total desespero que juega como si tuviera algo que perder. El estilo griego es tan soso como el canal del congreso. Costa Rica ha tenido un mundial épico pero llegan a este partido con una etiqueta extraña que les puede quedar grande: la de favoritos. El mundo está de cabeza: en uno de los mundiales más espectaculares de los que se tenga memoria Concakafka tomará por asalto la ronda de los ocho mejores. ¿Qué sigue? ¿Nobel de la Paz para Bachar el Assad? ¿Medalla Belisario Domínguez para el Niño Verde? Este fin de semana nada me sorprende.



JUNIO 27
Viejo Lento
por Pablo Duarte
" Este Mundial, en un sentido, fue el inicio de la nostalgia por el tiempo aquel, cuando con una finta se sacudía de encima a nueve troncos. "
Pocos instrumentos más precisos para marcar el paso del tiempo que las rodillas. No hay calendario tan implacable o reloj de pulsera más infalible que esta articulación. Lo es para el deportista y para el sedentario. A su propio tiempo, los cartílagos se cansan de amortiguar. Entonces, uno advierte en el paso un saltito añadido, una cojera humillante como de oso amaestrado para andar en dos patas. Y aparece el dolor con sus gestos aledaños, los pujidos de esfuerzo, el constante traqueteo de las balatas: como tropezarse en una ladera hacia lo indigno.

En el campo de juego las fechas de caducidad aprietan más al jugador. Es una pena que la moneda corriente en los estadios sea la velocidad a tope en toda zona. Los de rodillas quebradas ni siquiera comen banco: rememoran a los treinta y cinco desde la sala de su casa el tiempo aquel, cuando con una finta se sacudían de encima a nueve troncos. Quizá por afinidad y cercanía, entiendo mejor ahora al viejo lento.

Hace días el arquero colombiano del Deportivo Cali, 43 años y tres días, dejó atrás a Roger Milla como el abuelo histórico de los Mundiales. La diferencia, si acaso hay que reparar en nimiedades, es que Milla a sus 42 jugó dos partidos y anotó gol. El Turco, en cambio, entró en el tercer partido al minuto ochenta y tres, con la clasificación el bolsillo y un Japón boqueante sobre la plancha. Es decir, puro homenaje y aplausómetro. Los Mundiales son escaparate del genio y, en un sentido, también es el perchero de los viejos lentos. Uno de los más notables que acudió a la Amazonía a colgar las botas internacionales, fue el italiano Pirlo. Él no se habló de tu con la aceleración porque no todo es diagonales centelleantes hacia el arco. El suyo era el talento moroso, casi displicente. Practicaba el engaño sutil del carterista y no el espectáculo de magos, elefantes y edecanes. En otras palabras, con Pirlo la rodilla es estilete, no carburador. Hizo tres fintas memorables, un puñado de pases de primera intención y poco más; lo suficiente. Porque su tiempo pasó. Este Mundial, en un sentido, fue el inicio de la nostalgia por el tiempo aquel, cuando con una finta se sacudía de encima a nueve troncos.

Abdón Porte, de entendederas cortas y patadas bravas, decidió que era mejor morir que ser indigno. Panzeri escribió: “…no es otra cosa que el amor a la dignidad. Y Abdón Porte la tuvo en el más alto nivel que podía ofrendar su desesperación en medio de su limitado alcance intelectual”. Lo apodaban “el indio” o “el canario”. Caminó la madrugada del 5 de marzo de 1918 al Parque Central, entró al campo y se ubicó en su posición de “centrojás”. Le habrán calado esas rodillas que lo estaban orillando a ceder su puesto titular como el 5 del Nacional de Montevideo. Del bolsillo sacó una pistola y se disparó en el corazón. Para los viejos lentos, junto al suicidio, tal vez la nostalgia sea el antídoto más elemental contra lo indigno.



JUNIO 26
GRitos
por Kyzza Terrazas
" La vida en los estadios es muy reveladora porque son, sin duda, termómetro de nuestras realidades. Aquello que se grita ahí, pues, se reproduce una y otra vez en las calles y en las casas, en la forma en que convivimos, en qué leyes hacemos y cómo las rompemos, en la forma en que se gobierna y se hace política "
Hace más de quince años que acudo al estadio de Ciudad Universitaria con cierta regularidad. A lo largo de todo este tiempo también he ido algunas veces al Azteca o al Hidalgo, y en el mundial de Francia 98 tuve la suerte de asistir a una semifinal (Francia contra la Croacia de Davor Suker, una Croacia mucho mejor y más humilde que la de este mundial) y a la propia final cuando Zinedine Zidane, Emmanuel Petit, Laurent Blanc, Lilian Thuram, Didier Deschamps, el grandísimo arquero Fabien Barthez y demás vencieron al Brasil de un desdibujado Ronaldo que, al parecer, había tenido ataques de pánico la noche anterior. En los estadios he vivido momentos gloriosos. Fui un radiante testigo de cómo aquella fina y multiculti selección francesa ganó la copa del mundo y también, con lágrimas en los ojos, vi a mis Pumas coronarse campeones en casa. En muchas ocasiones me he aburrido hasta desear una muerte lenta y he tenido que combatir el sol despiadado —¡en CU se sigue jugando a las 12 del día, carajo!— con una cantidad importante de cerveza. Me gusta el futbol, me gusta el estadio, generalmente me uno con gusto a la psicosis colectiva: grito disparates a los dioses del Olimpo, me lamento con férreo derrotismo, insulto a los futbolistas de mi equipo y a los contrarios y a los árbitros y casi siempre a los directivos, festejo los goles con alaridos ensordecedores —usualmente, claro, termino ronco y borracho.

Sí, experimento algo que tal vez podría llamar catársis. Me entrego al acto teatral que puede ser este deporte en un estadio con decenas de miles de personas. A menudo hago esto mismo pero frente a la pantalla del televisor. Fue el caso del México-Croacia, que con la mayor histeria y algarabía vi al lado de mi mujer, mi suegra, mi cuñado, mi hermana y mi madre. Proyectamos el temido y anhelado partido en una pared. Tomamos spritz, comimos cacahuates japoneses y sándwiches de rosbif. No pocas veces insultamos al árbitro uzbeko, al impasible (¿inhumano?) Nico Kovac y festejamos los goles con abrazos que jamás nos habíamos dado. Como si fuéramos los mismos jugadores, como si hubieran sido goles nuestros. Después respiramos la victoria en las calles. Fue una tarde redonda.

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En el estadio he visto cómo gente va y viene, alguna se muere (el estimado “Piyamitas”, líder de la porra EsPuma, murió de cáncer hace algunos años), otra crece y mucha continúa igual que hace diez años. En ese sentido, no es exagerada la metáfora de sentirme ahí como en mi propia casa. Son unas personas, un ambiente y un espacio que conozco bien. Y sé, por esto mismo, que también es un gran hervidero de bajas pasiones, de intolerancia y actitudes discriminatorias. El racismo, la homofobia y el acoso son moneda corriente entre los hombres, las mujeres y los niños —sí, los niños— que desfilan por el estadio de la UNAM, nuestra “máxima casa de estudios”. He estado cerca de ser golpeado por reclamarle a un tipo llamar “pinche negro” a un jugador visitante, he observado a mujeres ser hostigadas con crueldad y nunca jamás he visto a una pareja gay —hombres o mujeres— deambular por las gradas mostrándose afecto; he escuchado a niños espetar con voces agudas insultos profundamente hirientes; he hecho fila para ir al baño y una vez adentro he oido cómo decenas de hombres se gritan albures que casi siempre hacen alusión a prácticas homosexuales; los he mirado apagar la luz de ese mismo baño y gritarle a sus propios amigos que no les toquen la verga, que “no sean putos”, y luego reirse como si acabaran de hacer el chiste más ingenioso en la historia de la humanidad.

La vida en los estadios es muy reveladora porque son, sin duda, termómetro de nuestras realidades. Aquello que se grita ahí, pues, se reproduce una y otra vez en las calles y en las casas, en la forma en que convivimos, en qué leyes hacemos y cómo las rompemos, en la forma en que se gobierna y se hace política. Por eso resulta alarmante que tantas voces —muchas de ellas de amigos y amigas, de gente que respeto, u otras como la del propio director de selecciones nacionales, Héctor González Iñárritu— minimicen el asunto del grito de “puto” a los porteros contrarios. En México, dicen, “puto” significa muchas cosas, es como decir “güey”, es parte del clásico y siempre maravilloso folclor mexicano; además, se defienden con esa gran falacia argumental que es echarle la culpa a la FIFA por su corrupción y doble moral. A todos ellos los invito a que vayan al estadio y a los que tengan hijos que los lleven. Que le echen vistazo a las estadísiticas de crímenes de odio en el país. También a que vean la espiral de violencia en la que estamos sumergidos. Los insto a pensar que no se está atacando el uso legítimo de una palabra, sino la normalización de la violencia y la discriminación. A reflexionar sobre cómo las prácticas violentas, físicas o verbales, no son exclusivas de esos otros malos y ajenos que son los narcos, sino que vive dentro de cada uno y una de nosotros y nosotras.

Porque he de reconocer que mis gritos también están hechos de intolerancia. Porque, aunque no lo quieran, somos parte de la misma carne.



JUNIO 25
Memorial del tedio
por Javier García-Galiano
" En cada Copa del Mundo se suceden partidos que no pocos consideran vanos, carentes de interés, sin expectación, como un trámite innecesario "
Ciertamente no hay juegos inútiles, aunque algunos lo parezcan. Un match improvisado en la calle, en cualquier parque, en el llano, puede deparar emociones y jugadas admirables. Un mal partido que deriva en goleada propicia con frecuencia una curiosidad morbosa y cruel, y una felicidad despectiva semejante a la envidia satisfecha. En un entrenamiento suelen suscitarse combinaciones perfectas, intentos irrepetibles y audacias improbables. Sin embargo, aunque puedan resultar placenteros y espectaculares, en cada Copa del Mundo se suceden partidos que no pocos consideran vanos, carentes de interés, sin expectación, como un trámite innecesario. Quizá el más representativo de esos partidos es aquel en el que se disputa el tercer lugar, pero al final del primer round del torneo también se advierten convergencias que algunos creen irrelevantes como la de Australia con España o la de Inglaterra con Costa Rica.

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Existen asimismo juegos que se recuerdan por el tedio que produjeron. En esta Copa del Mundo, abundante en partidos entretenidos, los han cometido Japón y Grecia y, justificándose por el calor y la humedad de la Selva Cañera, Rusia y Bélgica, pero el match que se ha convertido en el más tedioso de la historia fue el que perpetraron Austria y Alemania en la Copa del Mundo de España, en 1982. El único resultado que les ganaba la calificación al siguiente round a los dos equipos, en detrimento de Argelia, era la victoria de Alemania por un gol contra cero. A los diez minutos Hrubesch anotó un gol que facilitaba ese marcador ideal. Desde ese minuto, alemanes y autríacos se dedicaron a sobrellevar el tiempo sin disimulo, a esperar el silbatazo final. Sólo el delantero austríaco Schachner intentaba jugar, según recuerda: “Yo quería jugar, pedía el balón para marcar gol, pero los demás me abroncaban. Briegel me decía: ‘¿Por qué corres tanto? Párate’ Y desde la banca de mi equipo me hacían señales para que me detuviera. Sólo claudiqué al final, cuando vi que era imposible y que en realidad el uno a cero nos servía”. Se sospecha que ese pacto de tedio puede reproducirse mañana jueves, cuando Alemania y Estados Unidos sólo necesitan un empate para calificar al cuarto partido, y hoy miércoles cuando el empate también les conviene a Nigeria y Argentina.

Sin embargo, los juegos insufribles no sólo suceden en los primeros rounds, en los que a veces impera el cálculo. De la final entre Alemania y Brasil en el Mundial asiático de Corea del Sur y Japón acaso sólo se recuerda un error de Oliver Kahn, que quizá fue víctima del aburrimiento y que fue nombrado ambiguamente el mejor jugador del torneo. Le decían King Kahn y tenía un grupo de rock’n’roll cuyo nombre ignoro y del que no he sabido nada. Brasil ha sido asimismo perpetrador de otra final tediosa, en los Estados Unidos de América, que se decidió en penalties, lo cual no deja de proponer una paradoja: un juego de asociación que se resuelve individualmente.



JUNIO 24
La inmensidad y el rizo
por L.M. Oliveira
Hay rizos que pueden cambiar la historia y también hay mares y desiertos que son como templos. Y hay templos que son como barrancas: a la vez que sorprenden, intimidan y dejan absorto.

" Hay rizos que pueden cambiar la historia y también hay mares y desiertos que son como templos. Y hay templos que son como barrancas: a la vez que sorprenden, intimidan y dejan absorto "
Una vez, en un caluroso día de verano, me escondí en una iglesia: San Severino. Estaba harto de turistas y sofocado por el inclemente temperamento de París. Entonces, a través de una puerta que no daba a ningún atrio, me escondí. Recuerdo que una reja que se abría fácilmente con la mano, separaba esa puerta de la banqueta. La abrí, crucé el umbral, y me topé con una nave de arcos góticos y vitrales azulados. Ninguna sorpresa, dirán, estaba en París. Pero, lo que importa, no es que estuviera en uno de los corazones del gótico, es que me topé con la inmensidad.

La inmensidad es un sentimiento y no un espacio: es mística, estruja y hace llorar: ¿cómo habrá perdido lágrimas el monje de David Caspar Friedrich frente al mar; o Ahab frente a la ballena blanca; o Schliemann ante Troya; o Neymar ante el canto a capela de su himno? La inmensidad está en el corazón, es un espacio que se abre ahí y que tiene límites difusos. ¿Cómo en un cuerpo cabe lo inconmensurable?

En San Severino caminé a la nave central y me senté en una silla de madera. Entonces, quizá por la forma en que me senté, el órgano sonó con todas sus gargantas (muchas menos de las que escucha Chicharito): las voces de los ángeles se posaban en mi cuerpo de poros dilatados por el calor de París y sí, me temblaron las rodillas, como predijo Niko Kovac mucho tiempo después (ya sé que los tiempos están disparatados, como piojo).

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El espíritu es inabarcable. No hay madurez ni enseñanza posible que nos ampare ante el temblor de las extremidades (por eso no hay “cartas a un joven futbolista”, aunque dicen que ya Valdano tiene unas listas) y el titilar de las pupilas: la inmensidad nos hace añicos y no hay tradición posible que nos ayude a resistir esa atracción que tiene el abismo. ¿Cómo se podría aprender a controlar el corazón desaforado? ¿Cómo el espíritu rampante? No se puede. Y entonces, aquel que de un plumazo tira a los jugadores a la basura es un insensato, no sabe de batallas, no sabe de humanidad. Los muchachos vestidos de uniforme se enfrentan a un vacío inexplicable: el grito del estadio lleno es, en algún sentido, como el rugir “lavadinoso” del Popocatepetl; como el vitral azul y gótico de San Severino; como el canto temible de unos vikingos que se acercan a Inglaterra; como el grito de unos guerreros aztecas, ya jaguares, ya águilas (mucho menos) a punto de tomar una fortificación tlaxcalteca.

Hay rizos que pueden cambiar la historia y también hay mares y desiertos que son como templos. Y hay templos que son como barrancas: a la vez que sorprenden, intimidan y dejan absorto.

Una vez me paré a la orilla temible de un precipicio del Cañón del Sumidero, mil metros de caída entraron por mis ojos cobardes . Y otra vez vi la inmensidad, que no estaba en la caída, estaba en mi corazón. La inmensidad es inabarcable: mucho más que los mares y los desiertos. ¿Y el rizo? Ese es asunto de físicos y de porteros.

JUNIO 23
Las entrañas del mall
por Rodrigo Márquez Tizano
Los aficionados hispanoparlantes que radican en los Estados Unidos pueden estar satisfechos: el elenco de narradores de Univisión Deportes para esta Copa del Mundo es cancán fino. A la cabeza del batallón se encuentra el eterno Perro Bermúdez, quien lejos de asumir su rol como pensionado en Florida parece gozar de una cuarta juventud frente al micrófono y ha de mirar satisfecho como sus hipérboles con tonite han vuelto a ser, igual que en los noventa, material de imitación en toda mesa y conversación que se precie, futbolera o no. Pura nostalgia para los que vemos con tristeza el body paint de la selección uruguaya y echamos de menos esos camisones de poliéster y nula ventilación que portaban Hristo Stoichkov, Ramón Ramírez y Marcelo Balboa, también comentaristas en UD. Entre la numerosa plana destaco a un hat-trick de locutores tapatíos –desconocidos para mí hasta ahora y víctimas por igual del síndrome Martinoli y la Dirección General de Bibliotecas Públicas– que llevan la famosa maldición del halago-pifia a lugares insospechados: cada vez que de sus bocas sale una loa a cualquiera de los veintidós en el campo, el adulado en cuestión comete, en el acto, un yerro mayúsculo. No hay que darle más vueltas: la zalamería es una infalible marca al hombre.

"Veinte años después del 94', lo que sobran por acá son tugurios con pantallas planas. No hay una sola hora feliz que por su noble vocación no lo sea, pero este mes la felicidad también la prometen los encuentros anunciados en las pizarras de los bares"
Tampoco me quejo. Univisión transmite todos los juegos por señal abierta y su streaming, lento pero constante, al menos no parece una tomografía a colores. Hace años, en esta nación de touchdowns y pañuelos de castigo, habría sido imposible pensar en algo así. La final de Estados Unidos 1994 me la perdí, vaya ironía, por andar en Estados Unidos. Tenía diez años y un ídolo: Baggio. Pero tenía también una familia que dilapidaba sus veranos atiborrando de fayuca la cajuela del coche. ¿Cómo imaginar que el evento deportivo más importante del mundo, con el poder probado de suspender clases y tareas, empleos y vidas, tendría en tierras del anfitrión menos rating que un amistoso de beisbol infantil. Por más que busqué en las entrañas del mall, fue imposible encontrar un lugar donde lo transmitieran. Cuando preguntaba por la calle el marcador final, había quienes contestaban: ¿Qué Copa del Mundo? Otros más alzaban los hombros, sin respuesta. Tuve que llamar a México para conocer la terrible noticia: a veces, también Baggio podía ser Aspe.

Veinte años después, lo que sobran por acá son tugurios con pantallas planas. No hay una sola hora feliz que por su noble vocación no lo sea, pero este mes la felicidad también la prometen los encuentros anunciados en las pizarras de los bares. Cada colectividad tiene un espacio propio, con brebajes, manjares y porristas oriundas. Si hay un premio de consolación por no estar ahora en Ipanema, debe ser este. A falta de los amigos de siempre y las cantinas que los incluyen, me he propuesto abrir un mapa y hacer buenas migas con las aficiones vecinas. Alguien tiene que jugar un quinto partido de vez en cuando.



JUNIO 21
Anarquistas
por Diego Rabasa
"La razón que explica a mi manera de ver las sorpresas mundialistas es ante todo la enorme dosis de irreverencia que han tenido los equipos cuando se enfrentan a rivales que en el papel son superiores a ellos"
Haciendo gala de una ignorancia y actitud reaccionaria, importantes medios mexicanos han optado por tildar de “anarquistas” a manifestantes encapuchados que han irrumpido en diversos actos públicos. En El banquero anarquista Pessoa muestra que la anarquía –antagonismo por excelencia al imperio de la ley que se supone erige la autoridad de los Estados modernos– es una teoría mucho más sofisticada que aquella que se asocia con estos rijosos que parecieran traer dentro de sí ese himno punk de Los Saicos llamado “Demolición”. Dice Pessoa: “En mí la teoría y la práctica del anarquismo se hermanan y hallan sentido. Usted me ha comparado con esos bobos de los sindicatos y las bombas para hacer ver que soy distinto (…). Ellos son anarquistas en la teoría; yo lo soy en la teoría y en la práctica”. La novela de Pessoa prefiguró la forma en la que los hombres y mujeres en las más altas esferas del poder financiero se han valido del andamiaje capitalista para dinamitar desde dentro esos vastos “imperios de la ley”.

Rescato, no obstante, la idea con otro propósito: romper las estructuras participando desde ellas y no al margen de ellas es la herramienta con la que equipos como Chile, Uruguay o Costa Rica han desafiado la hegemonía futbolística europea. Los equipos “chicos” solían tener como una de sus características principales un ímpetu sólo igualado por el desorden que lo impulsaba. En un texto sobre Angola, el periodista norteamericano Jon Lee Anderson dice: “Me di cuenta entonces de que a lo que Pepetela se refería cuando hablaba de colonialismo, era a un estado mental”. Pepetela, un novelista angoleño, intentaba así explicarle a Anderson fenómenos como el hecho de que en los mercados callejeros de su país había hombres y mujeres que vendían como curiosidades para turistas los grilletes que habían encadenado a sus antepasados. La razón que explica a mi manera de ver las sorpresas mundialistas es ante todo la enorme dosis de irreverencia que han tenido los equipos cuando se enfrentan a rivales que en el papel son superiores a ellos. Nada sería más refrescante para este mundial –emocionante sobre la cancha, abyecto en cuanto a sus implicaciones políticas y sociales– que el trofeo lo levantara un underdog.

Los verdes

Que tu portero sea el mejor jugador de tu equipo nunca será una señal demasiado prometedora. Sin embargo el equipo mexicano hasta ahora ha dado muestras de haber superado el mal mayor de nuestro balompié: los complejos. Lo que sí no ha podido superar este equipo es la maldición del balón parado: cada tiro de esquina o falta cercana al área se siente como un temblor de ocho grados en la escala de Richter. Croacia será un rival durísimo, pero si una vez más se dejan las cadenas mentales en los vestidores, creo que podremos disfrutar de un partido mundialista más.
JUNIO 20
Un portero: Corona
por Guillermo Fadanelli
" El portero se viste diferente al resto de sus compañeros: poco tiene que ver con ellos. Sus errores son los más llorados o celebrados. Posee una visión absoluta del campo de juego: a sus espaldas sola la red y la nada: allí donde nace o muere la vida "
No hay posición en el futbol que se preste tanto a las metáforas y al misterio como la de portero. Sus privilegios lo distinguen del resto de los jugadores. En el área chica no se le puede tocar sin despertar la ira del árbitro. Nadie como él tiene derecho a abrazar el balón con tanto sentimentalismo: abrazar a la novia con la resignación de quien sabe que debe compartirla con otros. El portero vela por la portería. sobre todo cuando no lo atacan pues el guardián del templo no sólo lleva a cabo una labor mecánica, sino principalmente simbólica. Se viste diferente al resto de sus compañeros: poco tiene que ver con ellos. Sus errores son los más llorados o celebrados. Posee una visión absoluta del campo de juego: a sus espaldas sola la red y la nada: allí donde nace o muere la vida. Cuando el árbitro marca un penalti es el portero quien sube al cadalso: se le mira con cierta compasión, conscientes los espectadores de que ocho o nueve de cada diez veces será vejado. Cuando el portero se viste de héroe su público le rinde tributo y le agradece haber cuidado la casa: haberla mantenido inviolada. Por ello el empate a ceros es la imagen misma de la virginidad. Y si está en la banca el portero es el que menos oportunidad tiene de entrar a la cancha. El utilero pisa más veces el pasto que el portero suplente. Si miran a los ojos de los porteros suplentes verán en ellos el origen de la melancolía y de la tristeza. En el mundial de Italia 1990 el portero titular de Argentina, Nery Pumpido se lesionó en un partido ante la U.R.S.S y su suplente, Sergio Goycochea, salió directamente de la banca hacia la gloria y a la exaltación pública. Detuvo tantos penales que desde entonces las estadísticas se volvieron aún más inútiles. Incluso estuvo a punto de detener el penalti que el árbitro Edgardo Codesal le obsequió a Alemania en los minutos finales del partido. Cuando Goycochea se retiró del futbol se volvió modelo de revistas: sus sonrisas detenían ahora el flash de las cámaras.

J.J. Corona
José de Jesús Corona es un portero confiable y suspicaz. Su temperamento se desborda una o dos veces al año y golpea o insulta a algún indecente. Comenzó su carrera en el Club Atlas y esa nube negra parece perseguirlo hasta nuestro tiempo. Unos días antes de comenzar el actual campeonato del mundo lo lesionó su propio compañero: un monstruo de piedra apodado “el Maza”. Se recuperó pronto vía su coraje y fortaleza, pero el entrenador lo sentó para poner en el su lugar a Guillermo Ochoa. Un buen guardameta y responsable de que se transmitieran en México los partidos de uno de los peores equipos de Europa: el Ajaccio. Ochoa es un negocio en todos los sentidos y quienes mueven los hilos del futbol mexicano no iban a desperdiciar esa veta. Ochoa debió ser el titular del mundial pasado en Sudáfrica, pero el entrenador, Javier el Vasco Aguirre enloqueció y lo envió a la banca.

Hoy Ochoa es un héroe y sufre de una efímera canonización. No sé si Corona habría detenido los tres letales balones que rechazó Ochoa, pero una especulación tal sería inútil porque comprobar su objetividad es imposible. Además de su innegable habilidad tuvo la fortuna de hacerlo ante Brasil en su propia casa. Las cámaras siguieron con el morboso entusiasmo que las caracteriza la figura de aquel visón desgreñado. La defensa mexicana se comportó de manera casi impecable e incluso el monstruo de piedra cobró vida y movimiento.

Es noticia triste que el portero y la defensa sean los miembros más notables de un equipo. Sabemos que ni siquiera Sergio Goycochea logró detener el ultimo penalti de sus enemigos. Tarde o temprano, si tu equipo no anota, tendrás que entregar el fuerte, la casa, el sexo que con tanto celo has cuidado. En el otro extremo un portero pasado de peso, el brasileño Julio César, se lanzaba al aire, no para detener los disparos mexicanos que carecían de puntería, sino para hacer un poco de ejercicio y equilibrar la envidia que le causaba el esbelto cuerpo de su contraparte mexicana. Croacia podría hacer que las carencias ofensivas mexicanas pesen más que la naciente e impúdica celebridad de Ochoa. Ya veo a ese dueto carnicero Mandzukic, Olic, atacar con sus hachas y rostros criminales al nuevo héroe mexicano. Y mientras tanto, el gran José de Jesús Corona, a sus 33 años, ingresará a la sala del olvido de los mundiales. Se sobrepondrá: es portero.



JUNIO 19
Futbol, deriva
por Kyzza Terrazas
Piernas de hombres recorriendo un campo verde. Pies pegándole a una cosa redonda, de cuero. Caras mirando aquello y quizá en cámara súper lenta. Las voces hinchándose. Un momento, pues, donde casi nada más existe —es decir: un rito, una pausa como pausas suelen ser las noches de copas. Y uno perdiéndose en ello con subjetividad tierna y alegre. Espetando opiniones radicales e hiperbólicas sobre jugadores, árbitros, equipos. Hermosos días de mundial.

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La deriva situacionista era un ejercicio vital que consistía en recorrer espacios urbanos, de manera individual o en grupos, e ir cambiando de rumbo conforme lo dictara la conciencia o el interés momentáneo. Aunque estaba orientado hacia la reflexión urbanística y arquitectónica, la deriva tenía la intención de romper con el orden establecido y crear otro tipo de flujo y movimiento, tanto mental como físico. Guy Débord, que se disparó en el corazón a los 63 años, el ideólogo detrás de la Internacional Situacionista, escribió al respecto: "Una o varias personas que se entregan a la deriva renuncian durante un tiempo más o menos largo a las motivaciones normales para desplazarse o actuar en sus relaciones, trabajos y entretenimientos para dejarse llevar por las solicitaciones del terreno y por los encuentros que a él corresponden. La parte aleatoria es menos determinante de lo que se cree: desde el punto de vista de la deriva, existe en las ciudades un relieve psicogeográfico, con corrientes constantes, puntos fijos y remolinos que hacen difícil el acceso o la salida de ciertas zonas.” El origen de esa práctica residía, quizá, en la necesidad de subrayar que el acto de ponernos de pie y mover las piernas —caminar— es parte esencial de lo que nos hace libres. Caminando podemos llegar de un lado a otro, dar el espacio merecido al pensamiento, comenzar revoluciones, ir a la tienda a comprar las necesarias latas de atún.

" En el caso de este futbol-deriva el fin último no es romper el orden urbano existente —y por lo tanto ir contra ciertas estructuras del poder—, pero sí quebrar otro tipo de sistema al provocar fisuras psicológicas y físicas en el equipo contrario "
Pienso que una deriva similar sucede al interior de una cancha de futbol. Que Ochoa saca de la línea de gol un cabezazo de Neymar, entrega el balón a Rafa Márquez, que decide salir jugando por el centro, se la pasa al Héctor Herrera, que a su vez —en una fracción de segundo— resuelve eludir a Luiz Gustavo y conducir el esférico un poco más adelante para después abrirlo hacia Andrés Guardado, que finalmente es derribado por Thiago Silva —y noventa minutos de acciones similares terminan en un hermoso 0-0 entre México y Brasil con los brasileños jugando en casa. Es decir: que los futbolistas se pierden en el campo, se dejan llevar por intereses momentáneos, improvisan y toman decisiones constantemente. A veces por azar o pura arbitrariedad, otras por inteligencia al anticipar el nacimiento de una jugada, algunas más tal vez animados por sentimientos de cariño o desilusión. En el caso de este futbol-deriva el fin último no es romper el orden urbano existente —y por lo tanto ir contra ciertas estructuras del poder—, pero sí quebrar otro tipo de sistema al provocar fisuras psicológicas y físicas en el equipo contrario.

Con cada mundial, es cierto, el futbol —el juego, pues, y la comunión con quienes lo vemos— va perdiendo terreno frente a los intereses comerciales y es verdad que el capital lo ha ensuciado como suele infectarlo todo. También que es fácil enajenarse y, por ende, desatender cuestiones fundamentales para el rumbo de nuestras sociedades. Pero es falso que el futbol sea una tontería. Es aberrante leer cosas como “prefiero la poesía al futbol” y es deleznable que haya tanta gente intentando hacernos sentir culpables por disfrutar este ritual que sucede cada cuatro años. Hay muy pocas cosas buenas en el mundo y el futbol, especialmente el mundial, es una de ellas.

Hans Georg Gadamer, el gran filósofo alemán que vivió literalmente todo el siglo XX (1900-2002), escribió en Elogio de la teoría un ensayo donde habla de la mano —sí, esa carne y esos huesos con la que escribimos y nos tocamos— como la herramienta de todas las herramientas: “Este órgano no es por sí mismo una herramienta, es decir, no sirve a fines especiales, sino que es capaz de transformar otra cosa de tal manera que ello sirve como instrumento manual para fines escogidos. Por eso es la mano un órgano espiritual, un miembro, útil para mucho y que hace útil muchas cosas.” Me pregunto si no podríamos decir lo mismo de nuestras piernas y pies. Valdría la pena hacer la reflexión sobre si el acto de caminar o correr es fundamental para el pensamiento y la creatividad. Examinar si es por ello —ese espectáculo de deriva— que el futbol nos hipnotiza y conmueve al grado en que lo hace. Hablar, pues, de la dimensión espiritual del futbol y entonces dejar de enjuiciarlo con la pobreza intelectual y petulancia como tantos lo hacen.



JUNIO 18
Los anecdóticos
por Javier García Galiano
Hay equipos que parecen reducirse a anécdotas. Como a algunos jugadores, existen equipos a los cuales los definen rasgos desacostumbrados, cierta excentricidad, algún comportamiento desaforado e incluso algo de exotismo. No siempre se trata de equipos malos. De aquella selección de Colombia, por ejemplo, que jugó en el Mundial americano de 1994, a la que se elogiaba promisoriamente, sólo quedó el recuerdo de los usos improbables de René Higuita, el humor inocentemente voluble de Faustino Asprilla, la cabellera del Pibe Valderrama y el asesinato del defensa central Escobar, que había cometido un autogol definitivo contra los Estados Unidos de América. Camerún parecía una anécdota desparpajada, en la que han abundado jugadores inverosímiles como N’Kono, Francois Oman Biyik y Roger Milla, pero con frecuencia se ha convertido en algo más que una amenaza.

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La selección mexicana de futbol suele ser una anécdota y una curiosidad que se resume en los inexorables penaties. Aunque en ella han jugado futbolistas admirables como Hugo Sánchez, Rafael Márquez, Manuel Manzo, Horacio Casarín o Juan el Trompo Carreño, se le recuerda menos por algunos momentos balonpédicamente asombrosos que por el síndrome del Jamaicón Villegas y la pregunta desesperada de Fernando Marcos, ilustrada por los impulsivos ademanes de Antonio la Tota Carbajal, en la que converge el destino del futbol mexicano; el “ya merito”, perder cuando casi se gana: “¡Qué asqueroso es todo esto! ¿Por qué siempre nos debe pasar a nosotros?” (Cito de memoria, acaso erróneamente).

" Quizá sin proponérselo, el entrenador Miguel Herrera intenta transformarse en una anécdota por su apodo: el Piojo "
Quizá sin proponérselo, el entrenador Miguel Herrera intenta transformarse en una anécdota por su apodo: el Piojo, por el espectáculo de sus gesticulaciones elementales, de sus reclamos envanecidos, de su reducido repertorio de insultos, de su euforia monstruosa, que ha devenido máscara de goma... Ciertamente, le ha conferido algo semejante a un estilo a la selección mexicana, pero el cual se parece al que practicaba cuando era jugador: con “garra”, como decían los clásicos, a empujones, a gritos, apatadas, pero con limitaciones evidentes. No por azar los llaman los Piojitos, aunque ese remedo de estilo les ha servido para contrarrestar a los impredecibles cameruneses y al juego sucio de Brasil...



JUNIO 17
Vasco da Gama o la revancha
por L.M. Oliveira
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La revancha es hermosa y, si lo vemos bien, quizá es el motor más enérgico del corazón de un combatiente. Correr en pos del desagravio, de la venganza, de limpiar el nombre, motiva más profundamente que la gloria: lo bueno de perder es que te puedes levantar de tus derrotas y dejar en la lona al que te robó el triunfo. No creo que los invictos corran como los derrotados, el corazón de los segundos tiene espinas.

La guerra permite menos venganzas que el futbol: los aztecas nunca podrán resarcirse de la derrota de agosto de 1521 ni podrá el imperio Otomano levantarse de sus hermosas ruinas. La historia no es un juego en el que se espere con ansias la revancha, al contrario, los victoriosos hacen todo para arrasar a sus adversarios: dejarlos vivir es vivir en peligro. Que no quede piedra sobre piedra. Bien podríamos leer la historia humana como la crónica de la humillación: eso es la pobreza, la enfermedad, el hambre. Y claro, no hemos puesto en marcha mecanismos para resarcirla.

El futbol, en cambio, es otra cosa y debe estar lleno de desquites, es parte del juego. Cuando se consigue, no me parece que celebrar la revancha implique ser mal ganador, hay que bailarla en las gradas y en la cancha. Desgraciadamente, cuando la violencia está a flor de piel, es posible que la burla juguetona no sea bien recibida: hay que saber con quién se bromea y ser prudentes hasta en el juego.

" Podemos hacer que Brasil nos tome coraje y eso es impagable. Si la revancha es hermosa y ellos la quieren después de perder en Londres, evitarla es como descubrir el paraíso "
Por supuesto, he estado a punto de ganarme varias tundas. Una vez, en una cantina, me burlé de unos cuantos aficionados de las Chivas, justo cuando el Gremio de Porto Alegre le dio la vuelta a un partido de la Copa Libertadores. En verdad sólo canté el gol de manera ruidosa (como gallo al amanecer), pero lo cierto es que me daba exactamente lo mismo. Hubiera sido muy ridículo que me tundieran por una bandera extraña del último confín de Brasil. Me salvaron, como casi siempre, mis amigos. Luego los meseros hicieron una barrera para protegernos, como si fuéramos visitantes en un estadio hondureño. Aprendí que no hay que burlarse en los bares: si bebe no se burle.

Sin duda, una sociedad donde la mofa se tolera sin furia, es una sociedad más sana. No se trata de insultar a nadie, sólo de provocarlo un poco, para salpimentar la rivalidad. Los gringos lo hicieron muy bien con su tuit en el que nos decían “de nada”, por ayudarnos a calificar a este Mundial. Gracias señores, ese es el tipo de rivalidad que se disfruta. Desafortunadamente parece difícil toparnos con ellos para devolverles las derrotas que nos clavaron en las eliminatorias. Tampoco veremos a Argentina, para intentar resarcirnos de la eliminación en los dos últimos mundiales, a menos que lleguemos lejísimos. Eso sí, podemos hacer que Brasil nos tome coraje y eso es impagable. Si la revancha es hermosa y ellos la quieren después de perder en Londres, evitarla es como descubrir el paraíso. Ya me siento Vasco da Gama.

JUNIO 16
Trescuartistas
por Rodrigo Márquez Tizano
La herramienta como trono

Qué ironía: nunca se escribió tanto sobre futbol ni se dijo tan poco. Menos aún, nadie depositó tanta fe en los números como la que hoy profesan algunos analistas, cuya fascinación por el dato duro puede explicarse solo como un atajo entre tener la razón a huevo y el argumento que les mete el codo para impedirlo. Este método no se inventó en México, qué va, pero nuestros comentaristas han hallado en él un antídoto ante la escasez de ideas.

El escritor argentino Dante Panzeri decía que antes el periodista era un fiscal de oficio que veía, pensaba y opinaba. Ahora es un negociante que oye y repite. Un showman saturado de información inútil. De algún modo, la mayoría ha asumido que el dato es irrefutable por naturaleza. Si la idea pretende disputarse un lugar entre las infografías, debe dar primero como hecho cualquier nimiedad que la estadística revele. Luego, ya se verá. Un juego que tiene como mayor virtud el imprevisto no puede calibrarse como si se tratara de una bujía.

" El escritor argentino Dante Panzeri decía que antes el periodista era un fiscal de oficio que veía, pensaba y opinaba. Ahora es un negociante que oye y repite. Un showman saturado de información inútil "
Durante el último Atlético de Madrid – Getafe de la Liga española, el Mono Burgos apareció por la zona técnica del Coliseum Alfonso Pérez muy metido en su papel de pionero tecnológico y modelo de Google Glass. Tenía la expresión congestionada de un médium en transe o un cobrador de peaje en puente. Mientras tanto, una cascada de números se interponía entre su atención y las piernas de los jugadores. Aún mantengo la tibia esperanza de que el ex arquero haya pasado los noventa minutos repasando viejos videos de AC/DC. Lo dudo. El rock and roll se le escapó con la melena. Supimos entonces que los dateros van en serio y están dispuestos a llevarse a nuestros mejores hombres.

Aparece el diferente

El diferente no tiene cupo en este régimen porque sus acciones escapan a la nómina. Fragmenta el juego en gestos e intenciones y se da a notar sin que medie la pelota. Ya es distinto desde la mirada. Para el esclavo de la cifra, toda jugada tiene sólo dos posibles finales: el gol o el fallo. Ambos pueden ser computados y por lo tanto, servirán para que un hombre muy serio pregone ante el micrófono una verdad tan rotunda como grotesca: “Ojo al dato: X es el primer zurdo, rubio, menor de 25 años y cuyo apellido empieza con S y termina con Z, que anota antes del minuto 15 en cualquier estadio de Sudamérica”.

Pero el diferente no sirve al sistema binario. Es un jugador en el sentido amplio de la palabra: no depende del precedente y se desentiende de la posición segura. ¿Cómo calcular una mueca del Mago Valdivia? ¿O el propósito de desaparecer la bola en cuanto recibe de espaldas? El amague, el pique, la pisada: incluso si no llegan a materializarse o suceden en ese espacio vacío donde sólo el diferente ve la posibilidad de futbol. Como no podía ser de otro modo, las cosas que hace o deja de hacer, casi siempre sin intención, lo distancian de sus compañeros. Al discrepar sus números con lo que prefieren no ver, los paladines del Excel suelen tachar al distinto, cuando menos, de intermitente, de manera que termina por convertirse en un ente solitario.

Juan José Saer, quien durante algún tiempo fue un ludópata implacable, escribió en Cicatrices que es imposible hablar de vicios solitarios y vicios que no lo sean. “Todos los vicios necesitan de la soledad para ser ejercidos. Todos los vicios asaltan en soledad. Y al mismo tiempo, son un pretexto para la soledad”. Jorge Valdivia tiene muchos otros vicios, además del futbol. Pero ninguno es peor que la obediencia. En Chile, despechados por el proyecto de astro que fue, le reclaman las salidas de tono, el poco interés, su predilección por la noche. Yo agradezco que entre la pléyade de jugadores rentables, útiles y profesionales que romperán todos los records este verano, exista al menos uno diferente. El que se acuerda que esto es, al fin y al cabo, un juego.

Preocupación

Por mi amigo Kyzza Terrazas, que ha hecho de los pectorales de Cristiano Ronaldo la imagen rectora e indispensable de todas sus apreciaciones mundialistas. No puedo dejar de advertir una urgencia desmedida porque el portugués meta gol y se descamise. Ya llegará el momento, compañero, pero con calma. Recuerde que las prisas son para los rateros y los malos futbolistas.


JUNIO 15
Con un huevo
por Rafael Pérez Gay
En el umbral de Brasil 2014 ocurrieron algunas de las escenas memorables del torneo mundialista. Me grabé en la mente el gol de Van Persie recibiendo un centro alto de Blind que sobrepasó a Ramos y a Piqué. Lo nunca visto: un remate en vaselina, un globo de palomita. Fue el vaticinio de la destrucción española que terminaría por encajar cinco goles en la cabaña de Iker Casillas.

El azar y el tiempo en primera fila. La venganza de la final del Mundial de Sudáfrica en la cual se coronó España sobre Holanda se coció a fuego lento. La velocidad de vértigo y la calidad futbolística de Robben cobrarían caro el agravio. Cuatro años de espera para dejar atrás a Piqué y a Sergio Ramos, hacerlos ver lentos, perdidos, ciegos. De Casillas, ni qué decir, Robben lo mandó al infierno de la humillación obligándolo a arrastrarse en el césped de Salvador de Bahía.

"Vi a Robben bajar un balón como si tuviera un poderoso imán en el zapato, quebrarle la cintura a Piqué, y hacer un gol de bandera"
Vi a Robben bajar un balón como si tuviera un poderoso imán en el zapato, quebrarle la cintura a Piqué, y hacer un gol de bandera. Volví a verlo correr detrás de Ramos, darle alcance, llevarlo de corbata en la carrera, recortarlo, darle a oler la carne de la vergüenza y clavar un gol con todas las de un gol demencial. El campeón del mundo por los suelos. También hay venganzas calientes en el plato, ésta ha sido una de ellas.

Cuando Robben ingresó al selecto grupo de los grandes futbolistas del mundo, un médico le diagnosticó un cáncer de testículo. La batalla contra el príncipe del mal le costó un testículo. Mientras veíamos al centrocampista de Bayern destrozar a la defensiva española, un amigo dijo, directo a la pantalla:

–Y todo esto que vemos, lo hace con un solo huevo.
JUNIO 14
Pensamientos al vuelo
por Diego Rabasa
" El Mundial de futbol, como toda muestra de representación cultural nacional, debería de mostrarnos las distintas maneras en las que los países comprenden este deporte "
A finales del siglo XIX una gran catástrofe ambiental ocasionó sequías, devastación y hambrunas más atroces que las imaginadas por cualquier guión hollywoodense. Millones de muertos y sociedades absolutamente devastadas fueron aprovechadas por potencias occidentales para instrumentar regios y salvajes cacicazgos que tuvieron como punta de lanza la disolución de todo tipo de instituciones sociales locales que pudiera generar a sus mandatos con puño de hierro la más tímida oposición. El miedo a lo diferente ha sido uno de los rasgos más característicos de las sociedades dominantes de los siglos XIX y XX. En su magistral libro La sociedad contra el Estado, Pierre Clastres describe que nada le causaba más terror a los europeos en sus aventuras coloniales que toparse con sociedades que no tenían régimenes verticales para administrarse y regularse.

La FIFA, como la peste del capitalismo, ha logrado llevar su producto a prácticamente todos los rincones del planeta. Hoy en día no es poco frecuente que niños mexicanos (sobre todo de clases acomodadas) se sientan más identificados con el Barcelona o el Real Madrid que con las Chivas y el América. Los futbolistas son ídolos modernos que exacerban el rasgo individualista que los teóricos del capital imaginaron sería el motor de la prosperidad colectiva.

El Mundial de futbol, como toda muestra de representación cultural nacional, debería de mostrarnos las distintas maneras en las que los países comprenden este deporte. La aplanadora comercial de la FIFA, sin embargo, insisto, de manera muy similar a como ha hecho la maquinaria neoliberal, ha homogeneizado la forma en la que se entiende el juego y estas diferencias hermenéuticas son hoy prácticamente indistinguibles fuera de ciertos lugares comunes que cada vez tienen menos valor como que los africanos son desordenados, los brasileños practican el jogo bonito, los alemanes no pierden y los mexicanos no saben ganar. El mundial de futbol como un instrumento comercial es cada vez más difícil de soportar. Y en medio de esta asfixia de lo original, de esta obsesión por homogeneizar el deseo y las formas sociales, cada vez es más difícil conectarse con el torneo.

Nuestro equipo

En La sociedad de consumo Baudrillard cuenta la historia de un corredor de pista que después de entrenarse obsesivamente, con el triunfo en sus narices, ante la línea de meta decide dejar de correr al caerle encima un insoportable baño de realidad que le permite entender en toda su dimensión la ridícula obsesión por el triunfo que tanta renta le ha dejado a los Estados Unidos. El triunfo es un gesto sobre valorado. Es falso que le puede imprimir a las sociedades fortaleza ante la adversidad. España ha ejercido una hegemonía total en el futbol mundial mientras el país se hunde en una crisis que tiene parados a uno de cada tres adultos con capacidad de trabajar. Grecia ganó la Eurocopa años antes de desplomarse como una de las primeras víctimas de los bandidos financieros interplanetarios. Que gane o no la Selección Mexicana es irrelevante. Si algo, lo trascendente sería que consiguieran zafarse de esta masa uniforme que la FIFA ha hecho del futbol y que lograran estamparle a su juego una personalidad propia. Lo visto contra Camerún, en esta línea, promete sin otorgar demasiadas esperanzas. Contrario a lo que históricamente hemos visto de nuestros combinados nacionales, éste parece tener confianza en sí mismo. Parece entender el valor del espíritu colectivo. Tiene en el centro del campo cuatro pulmones que se multiplican a lo largo y ancho de toda la cancha. Intentan, con sus limitados recursos, ir hacia el frente. Sufriremos, sin duda, contra equipos más dotados que Camerún. Si pasamos o no al quinto partido será algo que la historia guardará en esa Enciclopedia de los muertos de Danilo Kis que registra todos los instantes prescindibles de la historia. El objetivo, a mí entender, deberá ser procurar un espíritu más allá de la instrumental coincidencia de los resultados finales.

Post data

He evitado con mucha conciencia la primera persona en este texto. Pero me permito, aquí, en el pie de página, decir lo siguiente: ayer le anuncié al director editorial de este portal que la decepción del mundial sería nada menos y nada más que España. Espero, para la bienaventuranza de mis quinielas, que esta misma visión profética me acompañe a lo largo de todo el torneo.


JUNIO 14
Obesidad
por Guillermo Fadanelli
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En mi caso la literatura fue un accidente: algo que te sucede en cierto momento de tu vida. En cambio, el futbol nació conmigo en la cuna. Mi padre era centro delantero de la ATM (Alianza de Tranviarios de México). Siendo yo un párvulo lo vi anotar goles y maltratar a los árbitros. En nuestra precaria economía el balón fue la única constante. Un domingo sin futbol era de mal agüero, pues significaba que se casaba alguien, o se moría. Aún no tomaba conciencia de mi residencia en la tierra cuando ya tenía un equipo favorito: el Toluca. Y un héroe: Vicente Pereda.La primera vez que asistí a un estadio, a los diez años, sentí la emoción de un bárbaro entrando a Roma. Una vez relajada la tutela paterna y acompañado de mi hermano tomábamos un tranvía en Taxqueña que nos llevaba al Estadio Azteca para ver jugar al equipo de mi adolescencia: el Cruz Azul. Los tranvías estaban tan llenos que había que colarse por las ventanas para llegar antes de que sonara el silbato del árbitro anunciando el comienzo de la batalla. Cuento lo anterior a manera de presentación. Pese a no haber tenido el mal gusto de ser un experto o un especialista en nada sé bien cuando un jugador se sabe parar dentro de la cancha. El mismo olfato que me previene de un ladrón cuando camino en las calles de esta ciudad, es el mismo que me alerta cuando veo, por ejemplo, a un extremo derecho aproximarse al área contraria. Basta verlo encarar al defensa para saber si es capaz de hacer daño o si sólo alardea, o si está en ese puesto sin merecerlo.

"Pese a no haber tenido el mal gusto de ser un experto o un especialista en nada sé bien cuando un jugador se sabe parar dentro de la cancha"

Cuando entré a la universidad practiqué el único deporte para el que yo no poseía ningún talento: el basquetbol. Había pateado una pelota durante quince años de mi vida así que era momento de comenzar a botarla. Allí se concentró mi rebeldía juvenil: en ir a la contra de la tradición que desde niño me heredaron mis padres. Hoy la característica del futbol es la obesidad. Los fanáticos están gordos de estadísticas inútiles e información vacua. Una vez que la televisión recluta a un fanático lo toma como rehén hasta dejarlo seco en todos los sentidos. La obesidad es elocuente pero carece de sustancia. La FIFA ha reemplazado al Vaticano y extiende su negocio religioso por todos los continentes: la obesidad de los fanáticos va en aumento.

Ha comenzado el mundial y el número de jugadores ausentes por lesión o agotamiento es excepcional: son los primeros millonarios explotados que conozco. Malas noticias para la calidad de un torneo. Ahora bien: no permitiré que nadie me eche a perder el futbol: veré sólo algunos partidos que he elegido de antemano y cerraré los oídos a esa red empalagosa que teje la publicidad y el fanatismo religioso y nacionalista. Me tomaré las cosas con mucha calma. Me gustaría trotar pausadamente como lo hace Andrea Pirlo, quien pese a estar jugando se da tiempo para observar el partido. En fin, eso ya es mucho pedir.

JUNIO 12
Mundial-melancolía
por Kyzza Terrazas
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Meses —quizá 48— esperando que inicie el mundial. Un torneo de futbol que cada cuatro años se erige como bálsamo frente al tedio. Pretexto —como si hiciera falta— para juntarse con los amigos, a comer y beber mientras conversamos sobre uno y otro equipo o jugador. El espacio ideal para discusiones enmarañadas —más urgentes que la meditación sobre la cansada sociedad o la metafísica de las costumbres— que terminan por ser el pan y la sal de la existencia: que si Héctor Herrera es el mejor jugador mexicano, que si, a pesar de las ausencias por lesión de tantas figuras, cuidado con Colombia o Uruguay, que si el rostro y pectorales de Cristiano Ronaldo son claro ejemplo del mal rumbo de la Unión Europea, que si su jeta es la encarnación de la macroeconomía burlándose de nuestro destino —ah, el odio delicioso a ciertos bribones del balompié—, que si sería hermoso que ganara un equipo africano, que si, contrario de lo que dice Maradona —“la pelota no se mancha”—, el juego ha sido mancillado para siempre por la publicidad y los medios y los millones de eurodólares que supuestamente valen los futbolistas. Todo por extirparle savia y sentido a noventa minutos de ilusión, ese necesario paréntesis en la espesura de los días que frente a nosotros pasan sin que nada podamos hacer. Días raudos como gambetas de Messi y nosotros sin intervenir en ellos, ni siquiera cometiendo alguna buena falta (moral o física). El mundial como ese sol negro que, cual posible verdad redentoria, anima los torpes pasos de los que amamos el futbol. En otras palabras: el mundial cual antídoto frente a la melancolía y el inevitable curso agusanado de las breves cosas de este mundo. Porque las preguntas se arremolinan —¿cuántas copas del mundo me tocarán ver?, ¿sirve el futbol para algo?, ¿debo sentirme culpable de entregarme a esta pantalla más que a mi propia vida? Etcétera.

Será lo que sea.

"si hacemos a un lado a quienes permanecen indiferentes ante el mundial, para el resto de las personas algo trastoca. Incluso para aquellos que lo desprecian o critican"
Es decir: si hacemos a un lado a quienes permanecen indiferentes ante el mundial —muy pocos, creo— para el resto de las personas algo trastoca. Incluso para aquellos que lo desprecian o critican. Porque resulta sensato coincidir con los que se manifestarán en contra (#NaoVaiTerCopa) reclamando inversiones similares para empleos y educación en un país con índices de pobreza y desigualdad tan brutales como Brasil. También con quienes subrayan que se trata del mejor momento para la manipulación masiva, para la aprobación de leyes sin un debate público real y a espaldas de la ciudadanía: yo también seré un zombi durante el próximo mes. Y sí: en el futbol, como en el cine, como en la fiesta y como en casi todo: los contrarios en un solo asunto —la vida buena y el asco infinito.

El asunto es que por fin hoy comienza esta versión edulcorada de la guerra. En mi caso la precede una muerte terrible, la de Simón, el gran perro negro que me acompañó durante los últimos seis años, un tipazo que vivió los primeros tres mundiales de este milenio apocalíptico y que murió ayer —por vía de la eutanasia— en la camilla cromada de una veterinaria. Siempre que nos acompañaba viendo los partidos de futbol se sobresaltaba cuando festejábamos un gol y yo a veces intentaba dirigir, sin éxito, su atención hacia la tele: “Mira, Simón, ¡es que están jugando los Pumas!” Pero él solo me devolvía esa mirada indiferente tan propia de los perros buenos. Su único ojo me hacía volver a la tierra, a redescubrir que aquello era solo en juego y entonces mi interés regresaba a los objetos que pueblan mi casa, a veces a los recuerdos de la infancia —tardes infinitas de golparas, de insultos y driblings y túneles humillantes— y a la posibilidad de una vida digna.

Que ruede el balón, pues, y que su vuelo por los turbios aires nos traiga un viento fresco.

JUNIO 11
El Mundial del suspenso
por Javier García-Galiano
Como el cinematógrafo, en el que abundan críticos ocasionales que elogian un filme porque “tiene buena fotografía”, como la gastronomía, en la cual se alude a “maridajes” para impostar un vago gusto dizque erudito, como el arte, en el que se habla de conceptos y “texturas” para justificar ocurrencias, el futbol recrea lugares comunes que se repiten como principios irrefutables. Algunos proceden de las declaraciones de entrenadores y jugadores antes y después de cada juego, y en los cuales persisten con un habla tan torpe como su pensamiento cuando se les contrata como “comentaristas” de radio, televisión, espectáculos y comedia. Su remedo de sabiduría se reduce a frases huecas que no dejan de reverberar entendidos y legos como “no hay rival pequeño”, ”nosotros hicimos el futbol y ellos los goles”, “el futbol siempre da revanchas”, “son cosas del futbol”, “así es el futbol...”

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"Parece sobrevenir el Mundial del suspenso, que abundará en imponderables que pueden propiciar incluso que no puedan jugarse algunos juegos y que el torneo lo gane una selección inverosímil"


A pesar de que algunas de esas falacias perduran, como la de creer que los brasileños son simpáticos, divertidos, solidarios y juegan bonito, cada campeonato mundial de futbol parece crear tópicos y misterios que suelen olvidarse, como el de la llamada Ola Mexicana, que los regiomontanos plagiaron del beisbol de los Estados Unidos, como los personajes que, en el Mundial americano de 1994, aparecieron en las tribunas con un cartel que hacía una escueta referencia a ciertos versículos del Evangelio según San Juan, como esas trompetas sudafricanas de plástico, más grandotas y molestas que las del Estadio Azteca, que tenían el nombre de Vuvuzelas.

Mucho antes del silbatazo inicial, la segunda versión de la Copa del Mundo en Brasil ya ha deparado distintos tópicos que repiten los locutores de radio y televisión del mundo conocido, que se imprimen reiteradamente en periódicos de distintos idiomas, que comentan con faltas de ortografía los adictos a la red del telefonito: estadios inconclusos destinados a quedar abandonados, protestas, amenazas, jugadores lesionados, selecciones que deben trasladarse en taxi porque se descompuso el camión... Parece sobrevenir el Mundial del suspenso, que abundará en imponderables que pueden propiciar incluso que no puedan jugarse algunos juegos y que el torneo lo gane una selección inverosímil.
JUNIO 10
BRUMA
por L.M. Oliveira
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La infancia es un lugar mitológico: en ella habitan mis héroes y mis demonios. Casi puedo asir esos fantasmas. Yo creo que así sentían los griegos el Olimpo: un lugar real en la imaginación. En ese recoveco brumoso mi juego favorito era el futbol, mentiría si dijera que mis batallas eran entre los piratas de Salgari y los de Stevenson. No, eran cascaritas en la calle de adoquines o en los entrenamientos de la escuela o en el grueso césped de Cuernavaca. Cómo corríamos los fines de semana. Los niños son incansables, como son incansables sus esperanzas. Y en esas canchas se perdía y se ganaba sin demasiado drama.

Pero en la televisión la vida era distinta, las tragedias futboleras se sucedían una tras otra: recuerdo aquella final que se fue a un tercer juego, en Querétaro, donde el eterno rival de los Pumas, no lo quiero ni nombrar, se levantó con el campeonato en un partido polémico, al menos para mis ojos infantiles. Y también tengo grabado el dramático partido entre Brasil y Francia de 1986, que dejó fuera a la entonces tricampeona amarilla. Ese día Zico falló un penalti en los últimos minutos del segundo tiempo, lo que le abrió la puerta a mi particular ocaso de los ídolos, y es que ya en la tanda definitiva, también Sócrates falló el tiro desde el ombligo del área.

Unos años después, la tragedia salió de la tele y nos alcanzó en el grueso césped de la ciudad de la primavera. Mientras jugábamos un partidazo, la Nova, una pastor alemán de unos cinco años, que muy educada corría la banda por afuera, como si pudiera alcanzar la pelota desde ahí, cayó fulminada de un ataque cardiaco. Eramos muy niños y la muerte ya comenzaba a mostrarnos sus colmillos. No puedo quitarme del corazón los ojos de mi amigo Vania, ni cómo lloraba a su perra en la que hasta ese día fue la cancha de nuestros sueños. Pronto volvimos a jugar sobre ese pasto, pero con una sombra en el recuerdo.

Los años noventa lo transformaron todo, me volví un nuevo rico del triunfo futbolero, mis equipos se coronaron uno tras otro, tanto en la liga local como en el mundial. Qué fácil es pavonearse cuando se está en la cima.

"¿cómo era posible que me gustaran a la vez Kant y el futbol? Y peor: ¿Cómo podía ser de izquierda y solapar el nuevo opio del pueblo? Hoy me da risa"
Luego descubrí a las mujeres. Durante algunos años dividí mi corazón entre el futbol y ellas. Pero esa lucha estaba perdida para el juego de las oncenas y poco a poco fui dejando las canchas. Luego apareció la literatura, que me llevó a varios excesos poéticos: era un adolescente sin pudor y ya sabemos adónde llevan esas plumas sin recato de jóvenes poetas. Nunca le escribí unos versos ni a la pelota ni al gol, seguramente hubieran sido menos corrientes que mis odas al amor. Qué razón tenía Rilke: joven poeta, no le cantes a esa euforia.

Pronto mis compañeros de universidad comenzaron a preguntarme que ¿cómo era posible que me gustaran a la vez Kant y el futbol? Y peor: ¿Cómo podía ser de izquierda y solapar el nuevo opio del pueblo? Hoy me da risa, pero la pregunta me dejó apesadumbrado ¿de verdad era mala persona por disfrutar del futbol en el canal de las estrellas? Me tomó un tiempo resolver ese falso conflicto, afortunadamente conocí a muchas personas que a la vez que se entregaban a su pasión por un mundo menos injusto, gritaban gol. Así que pronto entendí que el problema no estaba del lado del futbol. Hay una forma de luchar contra la desigualdad que ya no comparto: más retórica y estridente que sincera.

Sin duda en el ámbito del futbol hay personas e instituciones opacas y abusivas. Además, no podemos dejar de asquearnos por todas las evidencias de corrupción que rodean el gasto público en infraestructura mundialista. Brasil tiene que juzgar y castigar a los corruptos. Pero eso no es futbol. Por otro lado, también hay que decir que sin duda está mal regulado un mercado que permite los ingresos de los futbolistas de élite, nadie puede ganar tanto en un sistema económico que pretende ser justo. Pero ese debate rebasa la cancha, está fuera de lugar, o mejor, en fuera de lugar.

Después del año 2000, los viajes, el estudio, el amor, pusieron al futbol en el lugar que hoy ocupa en mi corazón: ni es sacrosanto ni se me va la vida en las derrotas de mis escuadras. Pero al mismo tiempo es parte de lo que soy. Los mundiales irremediablemente me llevan a los orígenes de mi carácter. Y para mí, el futbol, por más que hoy lo transmitan en Alta Definición, tiene los colores y la calidad de imagen del siglo pasado. Y mi infancia, ya que estamos en eso, al ser un país de añoranzas, tiene que estar cerca del mar. El mar tiene ese poder, también lo tienen los años, de hacerlo todo más melancólico: Montevideo y La Habana jamás me dejarían mentir.
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